HALLOWEEN
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ISBN.: 978-980-12-7757-6
Esa tarde me pareció
particularmente fresca. Sus colores eran sosegados y tranquilos, y su calma…
El sitio te embriagaba el alma,
no sé si me entiendes.
Decidido a pernoctar en lo
alto del risco, recuerdo que una deliciosa brisa marina me acercaba el canto de
las aves, a veces, o el sonido de la bahía de Puerto La Cruz que se divisaba a
lo lejos.
Por la noche esperaba
capturar su esencia, memorizar cada detalle de su aspecto y de la infinidad de
luces que titilaban, como una serpiente luminosa, allende la mar que nos
separaba. Pretendía motivar mi mente, darle material para sus historias y
escribir, quizás, loas sobre Piratas y Bucaneros, guerreros de antaño,
orgullosos de pelear por su libertad y su futuro.
Suponía también, en mi
ingenuidad, que mi entorno tenía una majestad propia, rodeado de costas
vírgenes, limpias de todo desecho; playas de un hermoso y ensoñado color marfil,
oportunas más que todo para el romance, el sexo y el amor.
Lo cierto del caso es que,
nunca he vuelto.
En aquellos años, la vida
cotidiana siempre me creaba estrés. El contacto con las personas, con los
compañeros de trabajo y los vecinos, con mi familia. Y es que, me parecía que
sustentaban sus vidas en chismes, medias verdades o descaradas mentiras, y
tomaban sus decisiones más importantes sobre criterios que me eran totalmente
ajenos (la ignorancia, como elemento fundamental en las relaciones); deducir
eso me exasperaba, y prefería la soledad que la mala compañía, los demás por
supuesto, explicaban que lo que sucedía era que yo era un antisociable o un
sabelotodo.
Ignorarlos sin embargo,
tampoco parecía una buena idea, porque en medio de su locura (una locura
socialmente aceptada) tenían el descaro de ofenderse, y me los echaba de
enemigos.
Así, se me hizo casi
desesperante encontrar gente igual a mí, y con ese firme objetivo, continuaba
con mi vida, de un paso a la vez.
Pero el entorno era algo
obligado, necesitaba trabajar para comer, intentar convivir socialmente con mis
vecinos, con mi casera y su familia; para lograrlo, generalmente me veía
obligado a encerrarme, guardando el poeta, el erudito, el escritor y, disfrazándome
de mediocre, ocultarlo todo hasta que llegaba alguna amiga (vecina, compañera
de trabajo o cliente) que, con su dulzura y sinceridad, sacaba mis sentimientos
en tropel, emocionados por (siendo una rareza) contemplarla.
Durante esos pequeños
lapsos, consideraba el mundo un poco más amable. Así, guardaba los recuerdos (fugaces
por demás) en un rincón junto a mi alma, y los etiquetaba como “reservas” para que, luego, durante épocas de
tormenta, me ayudaran a salir adelante.
Empeñado en esto de entender
mi entorno y mis pesares, deambulaba cuando podía, tomaba mi morral y algunas
cosas, me acercaba a la terminal de autobuses de la ciudad, y según lo que
estuviera por salir hacia la costa o al sur, tomaba camino.
Vagabundear sin rumbo fijo
y sin responsabilidad laboral por unos días, era mi única intención. Compartir
con los locales, ver el mundo desde su óptica. Reírme con sus chistes,
intercambiar cuentos y leyendas. Observar y aprender algo de su cotidianidad.
El contacto por lo general
no daba pie a entrar en detalles, así que no me inundaban con las mentiras
cotidianas, ni con las intrigas de pueblo chico.
Fue así como aprendí a
querer a mi País, de playa en playa, o pidiendo aventones desde el Kilómetro 88
hasta la frontera con Brasil.
Pero volviendo a aquella
tarde.
En alguna parte debo haber
escrito:
“Si
eres sensible, romántico quizás, te parece de pronto que el mundo es algo muy
hermoso, y terminas sintiéndote bien contigo mismo y con el universo”.
Podías asomarte al risco
por cierto, con precaución para no caer, y observar, a poco más de cien metros,
la Mar horadando las rocas con fuerza; las olas estallaban contra el acantilado
y su espuma saltaba dos o tres metros.
A veces salpicaban hasta donde
yo estaba.
Bajo la superficie se
distinguían, cuando la marea se alejaba, grandes farallones apiñados y oscuros.
El agua era cristalina, azul verdosa, bella.
Recuerdo que pensé que no
había espacio para nada si saltas.
Aunque la gente dice que
en esas fracciones de segundo (justo antes de morir) recuerdas toda tu vida, y eso es bastante si quieres saber lo que puedes hacer, con el espacio que te queda
si saltas.
Cuando tenía 16 quise suicidarme.
Mi primer amor murió al
poco de darnos los besos, éramos apenas un par de niños y nuestros parientes se
alarmaron, y es que, de solo vernos, temblábamos.
Cuando pedí permiso para
visitarla en su lecho de muerte, mis padres se burlaron abiertamente, ahora,
con el tiempo, entiendo que era su manera de relacionarse, pero en aquel
momento, el golpe (o la bofetada) marcó mi vida posterior y mi independencia.
Mi soledad, acentuada
desde entonces, no era soberbia, no era que me sintiera superior al resto de
los que me rodeaban. Como digo, era que no entendía su forma de compartir y de relacionarse.
Cuando la Muerte te da una
palmadita en el hombro, y te enseña que lo único que te queda es llorar, la
experiencia se afianza en tu corazón a fuego, y cambia totalmente toda tu
perspectiva sobre el mundo y la vida.
Nunca vuelves a ser el
mismo.
Pero eso no hay manera de
explicarlo.
En mi total ignorancia del
porqué de lo sucedido, con un dolor tan fuerte que me hundió en la desesperanza
y el pesimismo, llorando todas las noches durante largo tiempo, comencé a considerar,
no sé por qué, que quizás era yo de algún modo el causante de tal suceso (y de lo
que aconteció posteriormente con algunas de mis vecinas o compañeras de estudio,
que tuvieron a bien amarme por lapsos muy cortos, y desaparecieron de mi vida
abruptamente).
Llegó un momento en el que
no me atrevía a tocar a nadie.
Pero mi soledad desde niño
creó adicionalmente un mundo muy personal, un mundo paralelo en donde,
indiferentemente de factor religioso alguno, descubrí una presencia espiritual muy
dentro de mí, a quien constantemente –tanto entonces como ahora- consulto.
Cuando le pregunté su
opinión sobre una decisión tan importante, me preguntó a su vez: ¿cuántos a tu
edad han sido amados tan profundamente?
Fue algo así como “no veas la mitad del vaso vacío, ve la
mitad que está llena”.
Así que, en el risco, tres
años después, ni pensaba de lejos en arrojarme al vacío, todo lo contrario, buscaba
(bien oculto en mi caparazón) el amor verdadero, ese que dicen que dura toda la
vida.
Quizás sea bueno agregar
que el lugar, a pesar de todo su encanto inicial, de vez en cuando se me
antojaba extraño.
El Sol por ejemplo, se
ocultó de forma muy engañosa; lo hizo rápido pero pareció muy lento,
inundándolo todo con infinidad de colores. Hermosos matices que por un instante
no más, te invitaban (como si eso fuera posible) a querer cambiar las cosas.
Y fue tan fuerte la
sensación, que llegué a imaginar que era un dios particular, diferente al de
todas las culturas existentes y por venir.
Un ser
extraviado en un mundo que no conoce, un mundo ambiguo, indecente a veces,
insoportable otras.
Un mundo
que, aunque no sepas como, debe ser corregido.
Sin embargo, cuando más perdido estaba en dicha ensoñación, el Sol se
ocultó sin tomarme para nada en cuenta, y me devolvió a la realidad, porque es
que hay cosas que no puedes cambiar.
Y la desesperanza, desde un rincón en mi corazón, levantó su mano para
decirme “aquí estoy, aquí estoy”.
Los cuentos del Llano, de
La Gran Sabana, de Los Andes y de muchos, muchísimos otros lugares, advierten que
a veces, en ese pequeño lapso entre el atardecer y la noche, las puertas del bien
y el mal se confunden, y “seres” que no son de este mundo, te visitan.
De eso es lo que trata
esta historia.
Justo cuando percibía la
oscuridad avanzando rápidamente a mis espaldas, justo cuando el sol se ocultó
de un todo, llegó hasta mí un mal olor de gato, un hedor que espantó de pronto
todos los demás aromas.
No advertí nada más, pero
supe que alguien estaba detrás de mí, además del gato.
Levanté la botella que
llevaba y tomé un trago.
Aún no entraba en la
universidad, y el trabajo que tenía por entonces no me daba para más, así que
los días de descanso prosperaban con algo de alcohol y actividades del hogar.
Eran tiempos difíciles, y
es que –como creo que nos sucede a todos alguna vez- los ingresos no alcanzaban
para nada, y cuando intentaba socializar, siempre había alguien más vivo que
yo, empeñado en gastarse mis recursos.
Para eso hay amigos a
montón, aunque supongo que ya lo sabes.
Si alguna inquietud me
persiguió desde niño, fue el hecho de que mi madre vivía para hacerme la vida
imposible. Amargarlo todo parecía ser su razón de ser.
¿Su manera de lidiar con
el fastidio de la rutina diaria?
¿O acaso me catalogó “objetivo
táctico” cuando botó definitivamente a mi padre de casa?
En verdad nunca he dado
con la razón de su enemistad, a no ser por el hecho de haber nacido.
Cuando niño suponía que
era que le había desbaratado algún plan.
Una vez arengó que mis
notas escolares, por demás excelentes, lo único que buscaban era humillarla.
Mi madre.
Hay heridas que no sanan.
En su desesperación por
anularme socialmente, si me veía con muchachos, decía que de seguro tenía
inclinaciones homosexuales; si me veía con muchachas, entonces explicaba que
eran chicas fáciles, cuando no prostitutas. Porque era imposible que yo pudiera
lograr algo mejor. Y si andaba sólo, les rogaba al entorno jocosamente que
entendieran, que con eso de tanto leer, seguramente estaba un poco loco.
Siempre me asombró esa
capacidad suya, de tener, para “todo”, una explicación.
Siendo que la madre es la
que “mejor” lo conoce a uno, el panorama familiar emigró al resto de mi vida
–nadie quiso escuchar nunca ni mis quejas ni mis defensas; madre es madre,
decían- así que, como digo, cultivar mi soledad terminó consolidándose como la mejor
opción, la única.
¿Entiendes ahora por qué
mis amigas eran tan importantes?
¿Por qué sus recuerdos
eran pequeños salvavidas de los que me aferraba para no morir?
Cuando niño y adolescente me
pareció todo ello una total desdicha, luego, con el tiempo, descubrí que en la vida
hay quien sufre cosas peores. Y eso, aunque no me sentí en modo alguno aliviado
por supuesto, cambió poco a poco mi perspectiva.
Cada cual, pienso yo, tiene su
manera de olvidar, de bloquear el dolor, de ahuyentarse.
Algunas personas crean un ciclo, y en el giran una y otra vez, como si fueran granos en un molino, torturándose sin saberlo. O sin importarles.
Otras sencillamente se
desquitan con el menos indicado.
En el norte por ejemplo, durante
la época a la que me refiero, los excombatientes entraban a una heladería o a
algún lugar público, y atacaban a varios inocentes. Las autoridades estadounidenses
le llaman a eso “daño colateral”.
El resto de las personas, que
nos consideramos normales, le llamamos “tragedia”. Y no siempre nos
recuperamos.
Los más introvertidos
sencillamente no aguantan y, bueno, hacen
lo que yo pensé hacer a los 16.
Mi
independencia me libró de muchas cosas.
Quizás fue
por eso que, a los 10 años, una niña de 11 se desvivió por mí sin yo haber
hecho nada para merecerlo: para guardar su recuerdo, y tener de que aferrarme
cuando la locura se acercara en madrugadas llenas de insomnio, y pretendiera de
mí daños colaterales.
En la escuela media una profesora
nos dijo una vez que, cada quien hacía con su vida un saco, y se lo cargaba al
hombro como mejor le parecía. Por mucho
tiempo pensé que la mayoría de nosotros, lo único que lleva en su saco
particular es un montón de desperdicios:
Prejuicios, penas, rencores. Miedos.
Luego, con la experiencia como
digo, entendí que era una visión bastante pesimista del mundo. Lo que creo que sucede
es que muchos nos tragamos el cuento de que no podemos perseguir nuestros
sueños. Porque por sueños, son quimeras inalcanzables.
Y resulta que de eso (de
perseguir sueños) es de lo que está hecha la vida.
Ya de adulto un compañero de
trabajo me explicó (nunca supe si porque era consumidor de marihuana, y por
ello se consideraba parte de un “gremio de felices”, apartado del resto de la
humanidad) su particular visión del mundo:
La mayoría
de las personas sólo comen –me dijo- duermen y van al baño.
Todos los
días es igual.
Toda su vida
es igual.
Respiran
porque no tienen nada mejor que hacer.
Ese o eso que estaba detrás de mí, se tomó su tiempo. Continué ligeramente recostado
sobre mi bolso de viaje, mirando a lo lejos sin mirar. Impasible, alerta,
pensativo.
Inquieto.
No sé por qué, pero cuando vagas por parajes solitarios, por sitios como
La Gran Sabana que tienen una belleza especial, o como este risco al cual subir
era toda una proeza, el corazón aletea. Se excita ligeramente, es como si
supiera, sin tener qué preguntártelo, que aquel o aquella que creó el Mundo, es
un ser (o una energía) muy, pero muy sublime.
Sin ningún tipo de aviso
la mascota saltó a mis pies, justo al borde del risco. Aún hoy no puedo
explicar cómo fue que no pasó al otro lado.
Del tiro olvidé todas mis
cavilaciones.
Luego apareció el dueño.
Y por Dios que me
arrepentí de no haber huido.
Su rostro, como lo vieras,
te gritaba a los cuatro vientos llamados de alerta.
Viejo y desaseado; sus
ojos eran amarillentos e, inyectados de sangre, enfermizos. Su mirada, fija,
parecía querer hipnotizarte. El sólo saberlo cerca te inquietaba. Su cabello, negro
como el azabache, estaba, aunque ligeramente canoso, ensortijado, formando
rulos en la parte de atrás de su cabeza, que terminaban en una cola amarrada con
un trozo de tela sucia y ruinosa.
Era bajo, corpulento, falto
de modales, fuerte.
Sonrió.
Y su sonrisa fue más
desagradable aún.
La muerte misma (recuerdo
haber pensado entonces) debe sonreír algo mejor.
-
Buenas tardes. - Susurró, escupiendo las palabras con
voz ronca y penetrante. De otras dimensiones no específicas.
-
Buenas tardes.
- Respondí, con un tono grave,
el mismo que aprendí cuando era adolescente y (escondido de mi madre) compartía
con la gente de otros barrios, y la policía o las bandas rivales acechaban.
Lo miré, me miró. Luego,
aparentando indiferencia, volví a contemplar a lo lejos, pendiente, por
supuesto, de cada uno de sus movimientos.
Si algo me desagrada es
que interrumpan mi soledad.
Verás, como ya dije, es lo
único que considero realmente mío.
Sus ropas parecían hechas
a mano, de lana o algo así. Colores sobrios, negros y grises mayormente, a
diferentes tonos.
También me llamó la atención
la forma en que se cubría, era de lo más inquietante pensé, y es que no hacía
frío.
-
¿Qué bebes? -
Preguntó.
Pasaron unos segundos,
largos, tensos:
-
Brandy… De Jerez. - Le
pasé la botella, y la mitad del contenido se lo bebió de un trago.
Me la devolvió, se sentó cruzando las piernas y, moviendo
afirmativamente la cabeza, comenzó a acariciar al gato que, con un suave
ronroneo, se acurrucó en su regazo sin dejar de mirarme.
Era un gato negro. Grande.
Y me miraba igual que el viejo.
-
Hoy es el
día –mencionó- ¿No tienes nueces,
manzanas?
-
Brandy. - De
pronto sentí el cambio en la atmósfera, de pronto hizo mucho frío.
-
¿Esperarás
hasta la media noche? – Negué con la cabeza.
-
Un taburete
de tres patas tampoco tienes, ¿verdad?
-
¿Qué le pasa
hombre? – Amenacé sin alzar la voz,
mirándole a los ojos - Ya se tomó su
trago, por qué no nos hacemos un favor y desaparece.
-
Quería
conocerte… –Titubeó- Antes.
-
¿Antes de
qué? –
Soltó
una carcajada muy fuerte, todo a mi alrededor pareció estremecerse, traté de
mantener la calma.
Continué sin moverme.
-
Yo logré
engañarle. - Agregó, al
cabo de un rato.
Me miró, divertido, y me
estudió con más cuidado, como si no se decidiera a contar lo que había venido a
contar:
-
Si me das otro trago...- señaló finalmente.
Tomó
la botella, con cuidado, esperando a que lo detuviera, no lo hice.
La
terminó en un par de segundos.
En
esos momentos el cielo comenzó a llenarse de estrellas.
Y
cuando es así, siempre me pregunto si en alguna otra parte, allá arriba, no hay
alguien pensando lo mismo que yo, y sonrío.
Pero
no pensé en nada de eso entonces.
Y
por supuesto, tampoco sonreí.
El
olor de la Mar también sufrió cambios, ahora era un vaho como de algas muertas
lo que llegaba hasta mí.
- Fue una noche como esta –comenzó
de pronto- Aunque no había estrellas, ni
Luna. El Maldito, Lucifer, no es tan listo como ustedes piensan, lo que pasa es
que les lleva en algo la delantera. -
Se
iluminó de nuevo, mostrándome, en una macabra morisqueta, su dentadura
incompleta, podrida en algunos lados.
- No es tan listo...- Repitió,
con cierto regocijo, como si su suegra le acabara de decir que estaba enamorada,
y finalmente se iba de casa.
- Yo he visto a un bebé ahuyentarlo
con una sonrisa. Se parece a tanta gente. Tanta gente se parece a él. Son
ustedes los Seres Humanos tan ingenuos, tan arrogantes. Temen tanto, sin darse
cuenta, sin percatarse de que son sus propias debilidades, sus propios temores,
los que utiliza para vencerlos. Apenas los empuja un poquito, y terminan
cayendo donde “él” los quiere. -
Volvió
a reírse con ganas, volvieron a estremecerse las cosas.
No
aguanté más el frío y saqué, del morral, otra botella, la compré para
aprovechar una oferta que había en el pueblo, en verdad nunca bebo tanto, me
gusta disfrutar de la bebida, no que la bebida disfrute de mí.
Su
mirada atravesó el licor. No pudo o no quiso ocultar su inquietud, la boca se
le hizo agua.
-
Esta no, viejo.- Susurré de mal modo. Tomé un sorbo, lo suficiente para calentarme, aunque
según los médicos es más bien un efecto psicológico, y puse la botella entre
las piedras, más cerca de él que de mí, pero no la tomó.
-
¿Cuando termine?
-
-
Si me gusta la historia. -
Tragó saliva, impaciente, y continuó:
-
El Maldito es muy hábil negociando, pero tiene un solo
objetivo: hacerse con vuestras almas, es lo único que le interesa. Y no es
eterno, como les ha hecho creer, sobre él pesa una sentencia. La está
esperando. Pero cree que para salir airoso, basta con demostrarle al “Hacedor”
de todas las cosas, que tiene suficientes adeptos como para crear su propio
mundo; aunque él lo que en verdad quiere es disputar el tesoro más grande de
todos: la silla del Hacedor… El Maldito, a su manera, quiere ser Dios. -
Miró
pensativamente, hacia ningún lugar en particular.
-
En eso se os parece mucho. Es egoísta. Y está tan
imbuido en sí mismo, que no acepta otras realidades. Pero el Universo tiene un
orden, un orden que él, como muchos de ustedes, no quiere aceptar. A él solo le
interesa él.-
La
brisa me golpeó de nuevo, ya la había olvidado. Pero esta vez era seca,
cortante. Y no venía de la Bahía.
La
luna, en lo alto, estaba redonda y llena, con ese plateado triste que tanto se
parece al blanco. Se había movido lentamente desde detrás de las montañas, y
ahora su luz llegaba hasta mis pies, a pesar de aquel sujeto, que estaba
sentado justo frente a mí, y no producía sombra.
-
¿Para qué es la butaca? ¿Por qué tiene que ser de tres
patas? – Traté de ganar tiempo, necesitaba
entender qué era lo que estaba sucediendo, qué era lo que aquel extraño y su
espantoso gato, pretendían de mí.
Le brillaron los ojos:
-
Si te sientas en un cruce de caminos, justo a la media
noche y escuchas con atención, oirás los nombres… -Otra risa mortificante- Los
nombres de las personas que morirán entre esa madrugada, y el próximo treinta y
uno de octubre.
-
¿Y si no les conozco? - Molesté, recordando la fecha, hilvanando, con
desesperación, una cosa y otra. Titubeó ante la pregunta, desconcertado, de
pronto señaló, con disgusto:
-
Tan solo escuchas los nombres de aquellos a quienes conoces,
de otra no tiene sentido. -
Guardé
silencio. Me estudió nuevamente, movió su mano hacia la botella, con cuidado.
Continué sin cambiar la expresión. Soltó una risita tonta y retomando su
postura, prosiguió con el relato:
-
Está bien...- Su voz,
anteriormente profunda, se hizo un susurro, quebradizo, nervioso. Era evidente
que necesitaba un trago.
Algunos años
más tarde, cuando finalmente pude convivir con mi padre, descubrí que mi héroe
de la infancia era un ser por demás normal, un hombre que arrastraba en su
dolor por haber perdido al gran amor de su vida (mi madre), a toda su nueva
familia.
Por las
tardes, cuando llegaba del trabajo, caía junto a las escaleras totalmente
borracho. Su mujer lo cargaba, lo subía hasta su precaria vivienda, lo
desvestía, bañaba, daba de comer, y finalmente lo acostaba.
Todos los días
del mundo era lo mismo.
Tuve que
abandonar mi futuro por un tiempo, hacerme alcohólico para que viera lo que yo
veía en él.
Y fue así entonces,
como entendí la desesperación que sientes cuando necesitas un trago.
Luego de
arreglar en algo su vida, sacarlo de la enfermedad y guiarlo para que hiciera
algunas buenas inversiones (un pequeño gesto por atenderme durante 18 años) retomé
mi independencia. Como en todo, mi madre lo convenció de que mi interés era
manipularle, levantarlo emocional y económicamente para luego arrebatarle lo logrado.
“No seas tonto -le dijo- te está engañando”, y, decepcionado, dejé
de visitarlo.
Quitarme la
adicción fue harto difícil, me llevó años.
-
El Maldito –continuó– Me dio poder para conseguir lo que quisiera,
¿te imaginas? En todo triunfaba. Y mis enemigos, ah... -Suspiró- Él se encargaba de mis enemigos. Me hice
rico muy rápido. Todo lo que deseaba: dinero, poder, la flor de las doncellas, ¡todo!
Siempre y cuando no hubiera sentimientos de por medio. Nada de sensiblerías
baratas, me pidió el Desgraciado: ¡ESTO ES UN CONTRATO! -
Su
tono burlón me dio escalofríos, soltó otra vez aquella carcajada. Abajo, en la
bahía, pequeñas luces llamaban mi atención, pequeños cocuyos a lo lejos, que ya
no me interesaban. Pensé
en mis padres, en mi novia aniquilada en 6 meses por una leucemia infantil para
la que aún no existía cura, en la corta edad que tenía yo, cuando el destino me
alzó por un tobillo y me arrojó de boca contra el piso.
A pesar de todo debo decir, emanciparme
física, mental y espiritualmente de mis padres, ha sido una de las cosas más
dolorosas y traumáticas que me ha tocado hacer.
-
Pero las
cosas, una vez que las tienes, te fastidian, siempre es así, y terminas
aburriéndote… –Bajó la mirada, pensativo, mimando al felino- Y él disfruta, observa cómo te diviertes en tu pequeño mundo; cómo,
durante ese corto lapso de tiempo en que tu cuerpo quizás sirve para algo,
disfrutas. Y piensas, tú, mientras todo te sale bien, que eres el mismo Creador.
Eterno en tu miserable vida “no” eterna. Y cuenta los días, porque el tiempo no
se detiene, y el contrato tiene un vencimiento, nadie mejor que él lo sabe. Y
se burla, mientras tanto, de tu ingenuidad y de tu estupidez. -
Otra vez aquella maldita risa. Le pasé la botella:
-
Corto. - Obedeció a
duras penas. Limpié el borde con mi mano, le saqué sonido al pico con un dedo,
y me tomé un trago bien largo, sin dejar de observar su mirada de reproche.
El frío me helaba los huesos, y el
hedor del gato me disgustaba en extremo, no impregnaba el ambiente, “era” el
ambiente.
-
Hice un par de sacrificios en su nombre –dijo- hice más
de un par de cosas en su nombre. Y se emocionó, en eso, en eso es como un niño
malcriado. -
Esta
vez cacareó como una vieja bruja, suave, cortamente.
-
O era...- Tomó aire y
peló de nuevo los pocos dientes que le quedaban. Un viejo engarce de oro me
llamó la atención cuando la Luna le sacó brillo.
-
Le pedí un favor. Que me esperara en lo alto del
manzano, a las afueras del pueblo, justo en el cruce de caminos. Donde siempre,
desde hacía casi ya veinte años, nos encontrábamos. Necesitaba hablar con él
esa noche. ¿Sabes? Le gustan los
manzanos, el veneno que hay en sus semillas, le gusta comerlas y botar la
pulpa. ¿Estás allí?, pregunté. Si, respondió, escondido entre las ramas. Me
incliné al pie del árbol y puse un crucifijo de plata, cuando lo solté comenzó
a brillar. ¿Puedes creerlo? Entonces me
senté. Bebí un poco de jarabe, no tan bueno como tu…, brandy…, de jerez. Y
esperé. Lo tenía atrapado, el manzano es un árbol divino, por esas estupideces
de Adán y Eva, tú sabes. Solo podía escapar bajando por el tronco, y el Cristo
se lo impedía. Le tiene miedo al Hijo del Hombre. ¿Qué digo? Le tiene pánico,
porque el Príncipe de la Paz siempre cumple sus promesas. A la media noche
justo, me dijo, con voz de trueno: ESTÁ BIEN JACK. ¿QUÉ ES LO QUE QUIERES? Que
me devuelvas mi alma, susurré. Promete que nunca, ¡nunca!, cobrarás tu parte
del trato. PERO YO CUMPLÍ, agregó. Pero yo-no-quiero-cumplir maldito, le dije,
y continué aguardando, la noche se movía, ya te dije, el tiempo “no” se
detiene. Ni siquiera por él. -
Si
quedaba algo vivo por allí, de seguro huyó cuando escuchó de nuevo aquella
carcajada, si es quedaba algo vivo por allí.
Jack me acercó el rostro y su fétido aliento, parecido
al de una cañería vieja por la que han botado mucho alcohol barato, se añadió a
su desagradable tono conspiratorio:
-
¿Me creerías que escuché risas a lo lejos? Lo tenía
atrapado. Pude haberlo abandonado allí y librar al mundo de tan miserable
plaga, pero ¿qué sería de los Seres Humanos sin su inspiración más poderosa? Además,
¿cómo podría alguien como yo, vivir en un mundo enteramente bueno? No... ¿A quién se le ocurre? Entonces, avanzada
la madrugada, gritó: ¡ESTÁ BIEN! Y yo grité más
fuerte: ¡promételo! Y lo prometió, con mucho
desprecio pero lo hizo. Y yo, entonces, solo entonces, quité el crucifijo.
Después bajó, con soberbia y repugnancia, perdida-ya-hace-mucho su belleza de
ángel, y desapareció en medio del cruce de caminos. Desde entonces... - Otra vez la
mirada pensativa, perturbadora.- Desde
entonces no le veo. -
Jack rió fuerte y con ganas. Tomé otro trago. Me miró
con interés:
-
¿Cuándo lo
vas a hacer? Muchacho. –Preguntó.
El viento
silbó con júbilo de vieja bochinchera, y lo comprendí todo.
Los ojos
volvieron a brillarle.
-
No lo voy a
hacer, viejo. – Traté de parecer firme, y era la verdad, como dije al principio, mi
necesidad de vagar tiene otras explicaciones, pero no me sentí muy seguro.
El
gato saltó a un lado y el hombre se levantó suavemente, encorvado, alerta,
sorprendido:
-
¿No lo vas a
hacer? -Repitió, perplejo, ofendido.- Pero... ¿Por qué?
-
Por Él –susurré- El
Hijo del Hombre. – Y levanté la botella para brindar.
El gato
maulló y, erizado, sin dejar de observarme, saltó, fue como si alguien le
hubiese pisado la cola.
Jack me miró
con sus ojos amarillentos, inyectados de sangre, enfermizos. Con un odio y
rencor tales, que hubieran partido una roca. Se enderezó, hasta donde pudo, con
todo el orgullo que aún le quedaba, y, sin mediar palabra, su cuerpo se perdió
rápidamente en los colores de la noche. Como si fuese una mancha negra, un
cuerpo que no era cuerpo y que la brisa, como a las cenizas, terminó
dispersando.
Una de mis amigas me contó una vez, acurrucada
entre mis brazos, que en Norteamérica la fiesta de brujas es el treinta y uno
de octubre, el día de Halloween.
A las calabazas en forma de cabeza,
con ojos y sonrisa macabra, a esas calabazas les llaman las lámparas de Jack,
en honor al único ser, del que se tenga conocimiento, que ha logrado burlar al demonio.
Cuenta la leyenda que anda por allí,
ayudando entre otras cosas, a todo aquel que decide suicidarse. A todo aquel
que por eso, o por razones como las que me acababa de contar, quedan atrapados
entre un mundo y otro, penando, sin muchas esperanzas de salvación, y será así hasta
que el destino de su amo, Lucifer, sea decidido.
Sentí
una inmensa necesidad, casi desesperante, de asomarme al risco, de ver la
espuma de la Mar con sus piedras al fondo.
Pero sabía que si lo hacía, el gato me
empujaría.
Tomé un trago mucho más largo de lo que es mi
costumbre, terminé la botella de un todo; me arrellané dentro del saco de
dormir, pensando en los pequeños y efímeros recuerdos que ellas me han
obsequiado.
Recordé que cuando estoy muy cansado, no sé por qué, me da miedo.
Es algo que viene de niño.
De cuando tenía diez años.
Y como si tuviera mucho, mucho frío, comencé a temblar.
Esa noche no dormí.
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