La ética como forma de vida, ensayo
Parte I
La
principal virtud del futuro es que lo puedes cambiar: si sabes cómo, si las
condiciones están disponibles, si estás en el lugar correcto, y si tienes los
pies en la tierra.
Define tu propio rumbo, tus objetivos y metas,
y trabaja sobre ti mismo para lograr las herramientas que te permitan lograr lo
que te planteaste. La clave del éxito está en no pretender llevarte a nadie por
delante, para llegar a donde quieres.
Recuerda
las máximas: de un escalón a la vez se llega más alto, y nada produce
verdaderos cambios, si no se predica con el ejemplo.
Por otra
parte, lograr algo de un día para otro –que es lo que la mayoría busca- da el
99% de las veces, un resultado efímero, peor aún, cuando menos lo piensas, te puede estallar en la cara.
Una de las
decisiones más importantes que he tomado, habiendo conocido el “bajo mundo” -por
curiosidad o porque, fuera del entorno familiar era lo más inmediato, - fue decidir
si quería o no pertenecer a él.
Optando
por la opción que me alejaba de las cárceles (en las cuales probablemente vegetaría
las 24 horas en un lugar muy reducido y sucio, junto a otros 16 o 32 sujetos,
sin ningún tipo de seguridad, higiene personal o privacidad); evitando la “esclavitud”
que implica pertenecer a una banda, al Narco o consumir drogas (legales o no), decidí
–en verdad lo único que tenía bien claro
era “lo que NO quería”- que la honestidad iba a ser mi norte.
(Fue harto difícil, trabajé en una Compañía de
Caramelos, donde el resto de los analistas anulaban mis asientos contables para
“no tener tiempo muerto en sus labores”; el mayor reto de los obreros era
llegar a sindicalistas, luego, una vez en el cargo, cobraban más que el resto y
trabajaban mucho menos; la mitad de los productos desaparecía misteriosamente
del Almacén de despacho, y un año después de haberme promovido a Jefe de
Almacén, una componenda gerencial logró que me despidieran, esto, bajo el
argumento de que mi éxito en el cargo seguramente era sólo una fachada. De allí
pasé a otras empresas en donde la corrupción era consentida (o impulsada) por
el Cargo administrativo más alto; una vez graduado logré tres clientes que,
cuando no se aprovechaban de mi fama para engañar a los gestores de impuestos
locales y nacionales, me exigían que manipulara mis conocimientos legales a fin
de saltarse (o minimizar) los montos a pagar y/o las multas por falta de pago. Al último,
un ingeniero de dudosa reputación, cuando me negué a sus sucios manejos [su
capital personal no era producto de los beneficios de su empresa, sino de la
evasión de impuestos nacionales] pretendió obligarme a mudar mi oficina al
sótano del edificio. Finalmente trabajé en un hotel cinco estrellas, y allí me
fue peor, el nivel medio de auditoría llevaba dos años intentando salir del
contralor principal (quien los entrenó a todos bajo estándares internacionales)
para quien fui contratado como apoyo en el área financiera. Una vez demostrada
su total honestidad, renunció sin ratificarme en el cargo. Poco tiempo después
–con un nuevo contralor traído de México- trataron de realizar una falsa transferencia
multimillonaria al exterior en mi ausencia (los investigadores criminales le perdieron
la pista al intento de hurto, más allá de Curazao). Y aunque no se completó dado
que no contaban con mi autorización (prerrogativa que exigía a la entidad
bancaria) el gerente y la subgerente del banco fueron despedidos. Más tarde el “contralor
traído de México”, se aprovechó de un asiento contable mal hecho (por el cual
se le cobró al embajador de los Estados Unidos dos veces un mismo importe) y
argumentó que debía aceptar la culpa porque el documento tenía mis iniciales
colocadas con máquina de escribir, al no hacerlo me sacó del cargo.
Luego,
cuando llegué a Playa El Agua, totalmente desmoralizado y enfermo (por exceso
de trabajo, mala alimentación y haber
perdido a una niña que, a pesar de no ser mía me afectó de igual modo) encontré
todo un universo diferente, y entendí que el bien y el mal está en todos
nosotros, y que por lo general, tiene sus propias explicaciones: en lo cotidiano, el bien y el mal parecen
ser las dos caras de una misma moneda: nosotros.
Y tal y como lo dijo el maestro Lao-Tse alguna
vez, vivimos en un constante tira y encoje entre ambos lados.
Cuando
conoces a alguien, resulta imposible que no se establezca una conexión, y ello,
en Playa El Agua, comenzó a replantearme la manera de percibir y entender las
cosas.
Algo que
ya venía sucediendo de mi colaboración con la Iglesia (asunto que pretendo
asumir próximamente) y que me dio a entender que hay terribles tragedias en el
mundo, que se puede morir por amor, que Pueblos enteros a veces deben huir para
mantener sus vidas. Hechos que minimizaron de alguna manera mis devaneos, en un
mundo que siempre me resultó extraño.
Antes de
continuar debes saber que todos tenemos una historia (no nacimos ayer ni esta
mañana) y, la mayoría, tenemos una familia (natural o adoptada).
Cuando
digo “todos” me refiero también a los criminales, a los ladrones de cuello blanco
(privados y públicos), y a los depredadores sociales (aquellos que hacen daño
cuando [y sobre todo porque] tienen
la oportunidad de hacerlo).
Circunstancias de vida me trajeron a la Playa más
internacional del País, repito.
Por la noche –siendo que por criarme solo me vi
obligado a aprender a estudiar mi entorno constantemente y a descifrarlo- protegía a las Prostitutas (que generalmente eran
jóvenes y bonitas, e intentaban cuidarse por sí mismas, y desde el punto de
vista de “zona roja”, me parecían de lo más vulnerables). Así fue como me
enteré que la mayoría ejercía por problemas personales: unas por negocio (porque
soñaban con algo mejor y los estudios, en su visión del mundo, no les ofrecían
alternativas); otras porque tenían a quien mantener (padres o hijos pequeños),
y unas cuantas sencillamente porque estaban cansadas de las palizas que les
daban sus parejas.
Un grupo
más reducido aún, ejercía la
prostitución como una manera de estafar a los hombres, como una manera de
castigarlos por alguna u otra cosa.
Y a pesar
de la tan cacareada creencia masculina, apenas conocí a una o dos que lo hacían
por placer.
Compartí
con Artesanos, y aprendí que la
razón por la que resulta imposible introducirles en el mercado laboral, es que necesitan
ser libres: no aceptan ni órdenes ni ataduras de nadie. Me llamaron
poderosamente la atención dos casos porque lo único que les importaba era criar
a sus hijos (eran padres solteros) y recuerdo que si tenían que arriesgarse a
vender droga para alimentarlos, lo hacían.
Conocí a Drogadictos foráneos y locales, hombres
y mujeres esclavizados con el vicio (trabajas para los vendedores, o robas para
los vendedores, o les satisfaces sexualmente cuando no tienes qué negociar). Y
descubrí que para muchos resultó que las drogas ilícitas eran –como el alcohol-
la única manera que tenían de “olvidar” sus penas.
Convivía en la Playa un veterano de Vietnam
que lo único que le quedaba en la vida era la pensión del gobierno
norteamericano: no familia, no pareja, apenas dos o tres amigos regados por el
mundo (comenzamos a ignorarlo al descubrir que, delante de un bebé desnudo, le
costaba controlarse. Eso –para quienes compartíamos con él- echó por tierra sus
medallas al honor, y sus referencias al valor, en libros que sus compañeros de
armas escribieron sobre la guerra).
Hubo un nacionalizado Belga, buena gente como
nadie, que consumía drogas fuertes porque nunca pudo superar la pérdida de su
hermana menor, muerta de cáncer (fue asesinado de un tiro en la frente una
madrugada, cuando compartía con “amigos” –que estando a su lado nunca vieron
nada- en un festejo cerca del boulevard).
Y un caraqueño criado en el Bronk según él
mismo decía. Sus mentiras eran lo cotidiano, una manera de entretener a las
turistas durante un par de semanas. (Recuerdo que muchos argumentaban ser
narcotraficantes de alto nivel, solo para granjearse algo de respeto. Lo cierto
del caso era que si no respetabas, nadie te respetaba).
En su desesperación –la del caraqueño- cuando no tenía qué consumir, entraba a las
tiendas de artesanía para robarse pequeñas muestras de “yopo”, un alucinógeno
indígena que viene con algunos artículos elaborados por nuestros autóctonos, y
traídos a la zona para su venta.
Cuando sus mentiras eran descubiertas, se
hacía la víctima, por cierto. Es una habilidad de muchos locales que no son nativos
de la Isla, hombres y mujeres por igual.
Le vi perder oportunidades a montón.
Para
otros, la droga era una manera de ser aceptados socialmente o de despreciar el
entorno (era su manera de ser rebeldes).
Algunos
sólo querían salirse del fastidio cotidiano (no olvido a un joven europeo que
me dijo, emocionado: “en Holanda nunca matan a nadie, nunca sucede nada”).
O
consumían por la novedad (argumento común de todos los que deciden saltarse la
legalidad sin pensar en las consecuencias; la
vida es una sola, dicen).
En lo
único en lo que todos coincidieron, fue en que estaban conscientes del vicio:
sabían lo que hacían, y a donde los llevaba (dato curioso: los extranjeros
apostaban por el auxilio de la sociedad y del gobierno –en sus países de origen-
para recuperarse si se les pasaba la mano. Los locales por su parte, imitaban
lo que veían, o consumían para integrarse más fácilmente con ellos).
Sin
embargo, a lo largo de los años, tres o cuatro cayeron en “malas manos” (hay
crimen dentro del crimen, te cuento) y probaron cocteles de droga, combinaciones
que les saltaron literalmente los tapones.
Recuerdo a
un artesano que planeó acostarse con la mujer de un alemán y terminó, la madrugada
siguiente, corriendo desnudo por la arena. Más de cinco policías hicieron falta
para someterlo (a golpe limpio) y en la cárcel estaba tan rabioso que se vieron
obligados a esposarle el tobillo a un barrote para proteger a los demás
internos. Casi pierde el pie intentando arrancárselo.
Por
aquellos primeros años, pernoctaba yo dentro de un restaurant a orillas de la
playa, y cuando el dueño aceptó que se quedara para ayudarlo en su recuperación
(yo dormía en un catre con un bate a un lado, pendiente) el tipo pasaba las
noches junto a la entrada del anexo, mirándome
fija e intensamente mientras yo trataba de descansar. Meses después aún
se me acercaba a la barra y, con un susurro, me advertía que nos vigilaban
desde el tope de las palmeras, veinte metros sobre nosotros.
A la
mulata más hermosa, joven y promiscua de todas, la encontré una mañana dando
tumbos en una de las calles principales (hay cinco que suben del boulevard a la
31 de julio) la ropa desgarrada, totalmente sucia, balbuceando por ayuda
mientras una baba desagradable y pegajosa, le corría desde las comisuras de los
labios hasta el pecho.
El
artesano abandonó el boulevard poco después, si se recuperó, lo hizo a medias. A
la mulata sé que la Policía la recogió, pero no la volví a ver hasta hace poco,
6 años después: algo pasada de kilos y sumamente seria. Hubo un brillo en su
mirada, sé que recordó aquel día.
Uno al
menos, quedó tan desconectado de la realidad, que lo mataron en Porlamar cuando
se paró sin pagar un plato de comida, y el dependiente, creyendo que lo estaba
robando, le abrió el cráneo –según cuentan en la playa- con un trozo de tubo.
Viví la Corrupción
de la Policía local, que se aprovechaba de los “vendedores de la playa que
trabajaban sin permiso de la Alcaldía”, para hacerse con lentes, prendas o
efectivo, o timando a los desprevenidos “turistas extranjeros”.
Una
práctica se hizo común en aquella época (ahora la seguridad es manejada por la
Policía Nacional): sacaban delincuentes de la cárcel municipal por las noches, le
daban droga y lo soltaban en el boulevard, una vez realizada la transacción, le
caían al turista que había comprado. Entonces, después de amedrentarlo (casi
siempre mientras daban vueltas con él en la patrulla) le ponían un precio a su
libertad, por lo general lo que llevaba encima (joyas o efectivo).
Por la
madrugada ingresaban al delincuente de nuevo a la prisión, compartían las
ganancias (el interno recibía ciertos privilegios, protección contra el resto
de los presos, y algo de dinero para cigarrillos y comida) y los policías corruptos
–que por supuesto no eran todos- guardaban la droga para una próxima vez.
Algunas
pocas prostitutas “en problemas” tenían sus particulares chulos y practicaban
versiones parecidas; a veces eran funcionarios policiales que intentaban trabajar
a la sombra, otras eran taxistas, llegué a conocer esposos inclusive, con hijos
de por medio (él la trasladaba junto al cliente, y ella le prestaba servicios
sexuales). La mayoría de las prostitutas que conocí intentaban no caer en eso.
Algunas,
sobre todo las que no sabían negociar, intentaban enamorar al cliente, y cuando
estos no parecían caer en la trampa, les lloraban; la táctica les resultaba muchas
veces, pero sólo cuando se trataba de
turistas holandeses o alemanes (en cuyos
países la prostitución parece ser una profesión como cualquier otra, y la
libertad sexual es parte de lo cotidiano) y con italianos, que eran sumamente
amistosos y gentiles, sobre todo con las mujeres.
Con los
españoles el desprecio me pareció que era mutuo.
Hubo un
jíbaro de lo más curioso, porque, para no llamar la atención, vendía su “merca”
por las noches vestido de tal manera que sólo podías verle los ojos (como si
esperara una nevada). Era fijo, siempre pasaba en su moto, a la misma hora por
el mismo lugar y por supuesto, como siempre había calor hasta bien entrada la
madrugada, el efecto era que “todos” volteábamos a mirarlo, y como mínimo,
sonreíamos, burlándonos de su extraño intento de “no” ser descubierto.
Mucha gente
por cierto (tanto turistas como “navegaos”) lo
perdieron –absolutamente- todo en una noche de drogas o placer, o por mala
administración, o porque escogieron mal a sus parejas. Y es que, después de
desplumarlos, él o ella desaparecían.
La playa
por la noche se llenaba de depredadores, no hay duda, pero estábamos
conscientes.
Nos
cuidábamos, ayudábamos a quien pedía ayuda, y si descubríamos que alguien no
era transparente, o soplaba para quedarse con un negocio o un área específica,
el resto lo execrábamos, y alertábamos a los turistas (que bien tratados, eran
una excelente fuente de ingresos).
Así, todos
los negocios se le caían y terminaba emigrando.
No sé si
te has percatado, pero los ladrones (los
estafadores, los mal intensionados) comen una sola vez.
Para la
mayoría de los que vivíamos del turismo nocturno, la playa era sólo un negocio
(información, seguridad, drogas, alcohol, compañía, preservativos).
Pero para
otros era la oportunidad de arrebatarlo todo, y eso alejaba a los turistas, que
se contaban todo entre ellos.
Cuando los
detectábamos como digo, un alerta corría como pólvora a todo lo largo de la
playa, y comenzábamos a proteger a nuestros propios grupos.
El día sin embargo no resultó tan diferente,
porque a pesar de las quejas continuas en cuanto a las características de “zona
roja”, que identificaban al boulevard durante las noches, encontré mucho crimen
“de otro tipo”: algunos dueños de negocios se aprovechaban de la ignorancia de
sus trabajadores, pagándoles de muy mal modo o desconociéndoles sus derechos
laborales, cuando no, gritándoles hasta el cansancio, o insultándoles delante
de todo el mundo.
Una
característica de los restaurantes brilló con luz propia: en muchos casos el
interés al montar un negocio en la playa no era prestar un servicio turístico (esa
era la tapadera) sino construir una bienhechuría para venderla (en dólares) a
algún inversor desprevenido que llegara con ganas de instalarse.
Estafas
fueron y vinieron, y no sólo con los locales, sino con las residencias aledañas
al boulevard. Los más ricos simplemente se fueron.
Había un
dueño, al principio de la playa, que recibía a sus clientes tambaleándose,
totalmente ebrio; los turistas foráneos gozaban de lo lindo, e iban para
tomarle fotos y videos.
Y llevarse recuerdos de un país llamado
Venezuela.
Los
turistas nacionales ni se acercaban.
Algunos empleados
(incluyendo carismáticos líderes naturales) tenían por práctica común, robar o estafar a los demás, incluyendo al dueño
del negocio o a sus compañeros. Los mesoneros, en ausencia total de “cultura de
Servicios”, o porque por viveza desempeñan
mal su oficio para engañar a los clientes, hacerse las víctimas, o brillar
poniendo a unos contra otros, ejercían una práctica que se ha hecho bastante
usual: dejaban de facturar algunos toldos, alimentos o bebidas; esta trampa a
veces era consentida, y los clientes daban como “propina” poco menos del
importe de lo consumido, y no facturado.
Con ello
se convertían en cómplices de lo que
consideraban un castigo para el dueño (igual, tanto el cliente como el empleado
obtenían algún beneficio).
Conozco
personas con marcadas “doble cara”: por delante parecen una monja, totalmente
dispuestos a colaborar con una sonrisa y un excelente trato, y por detrás,
maldicen si no les dan buena propina, y a escondidas escupen las bebidas y las
revuelven, o se roban las carteras y los celulares (cualquier cosa que esté mal
puesta) y luego acompañan al cliente hasta su automóvil, o le recomiendan un
taxista conocido para que los traslade por un “cobro a destino”.
Mi consejo si eres turista, es que observes el
local, los uniformes, la seriedad con que atienden, buscar los lugares más
concurridos o de mayor categoría (no siempre los más caros). Y prestar atención
al tipo de clientes que lo frecuenta; a veces funciona conocer la fama que
rodea al dueño –si es él quien lo atiende, mejor- indiferentemente de lo que sus empleados
digan.
Si el servicio es malo o deficiente, la gente
sencillamente dejará de frecuentarlo.
Por
cierto, aunque los altos precios por sí solos no garantizan evitar esta malas
prácticas, me llamó poderosamente la
atención que a medida que el target de los visitantes es más alto, este “pagar como propina, por un consumo NO
facturado (una manera solapada de robar)” resulta menos común.
Los
empleados que ejercen esta práctica se dicen a sí mismos que están haciendo
negocios, convencen a los turistas del carácter dictatorial de su jefe, y
presionan a sus compañeros a integrarse (mientras más, menos culpa y mayor
protección). He conocido líderes cuyos jefes les han dado la potestad para
decidir a quién contratar, y contratan sólo a quienes saben que les serán
totalmente “fieles” ( a ellos, no a la empresa): hacen desastre cuando los dejan a cargo.
Esto ha
dado pie para cualquier cantidad de situaciones en donde “trabajar mal”,
robarse las cosas del negocio, de los clientes y de los compañeros, son la
norma.
Los clientes
que aceptan, y que, inmersos en su
mediocridad, se consideran más vivos que el resto, y estallan cuando caen en
cuenta de que también son víctimas, entonces enfurecen, amenazan e insultan.
Sencillo: quien roba a uno roba a otro.
Es un
problema parecido al de comprar cosas robadas “por lo barato”, las personas no
se percatan de que son parte importante del problema, hasta que las roban.
Una vez un
compañero le cobró a un turista una botella de vino sin que este se percatara ni
la consumiera (el tipo nunca revisaba la cuenta) y más tarde trató de
vendérsela a otro cliente para quedarse con el importe, que resultó sobrino del
dueño del restaurant.
Esa noche
nos reunieron y delante de todos, se le pidió que explicara su particular
concepto de negocios.
Al
despedirlo amenazó al dueño con represalias, juró, gritó, y les dijo a todos,
después, que lo que sucedió fue que el patrón era un loco de atar, y otras
cosas por el estilo.
Le dimos
el premio al “burro” del año.
Lo otro
que sucede mucho es que el personal se roba las cosas del local: suministros,
alimentos, licor, servilletas, artículos de limpieza, y un impresionante
etcétera. Cuando no, los consume a escondidas (me dicen que sucede mucho con
los trabajadores domésticos). La mayoría de los dueños acepta estoicamente la
situación, y para nivelar sus costos “trampean” de algún modo los beneficios
que le dan al empleado. Esto crea un círculo vicioso que, por lo general,
obliga a los dueños a vender o a cerrar, y al personal, a buscarse otra plaza
donde sus manejos sean comunes, o no se conozcan.
En esto el “buen corazón” del venezolano actúa
en su contra; porque se deja llevar por las cosas que quien busca el empleo le
dice, sin chequear referencias ni realizar otras pesquisas. La ley tampoco
ayuda, porque actualmente no admite que se contrate a nadie por un corto período
de prueba, ni permite que los motivos del despido sean del conocimiento público.
Los principios que inspiran la ley son loables, a mucha gente la han despedido
por meros caprichos de quien está al mando, pero mucha gente se aprovecha para hacer
y deshacer a su antojo.
Por
cierto, un hecho que me llamó poderosamente la atención, es que aquellos que
atendían al público con ropas muy humildes o rotas –generalmente la gente que
limpia el local o atiende los baños- se
llevaban las mejores propinas, no digamos si le faltaban los dientes, porque se
llenaban.
Y hay un
dueño de local (generalmente todos viven cerca o en el mismo sitio) famoso
debido a que por las madrugadas, cuando no hay nadie, recoge los vasos desechables
(incluso los saca de la basura), los lava y los embolsa para usarlos al
siguiente día.
Creo que
está demás decirlo, que cualquiera que no compartiera estos manejos, si eran
del dueño perdía su trabajo automáticamente, y si eran de los empleados,
generalmente el resto formaba una cofradía en su contra, se le acusaba de los
malos manejos, se regaba algún chisme mal intencionado, o sencillamente se le
etiquetaba como el “pajúo” (soplón) de la zona.
Cierto o
no, esto ponía a todos –igual que en la noche- alertas, y si el acusado no
tenía buena reputación, terminaban execrándole, finalmente él o ella, en el
mejor de los casos, se integraba de alguna manera a la corrupción (no veo ni oigo ni hablo), se convertía
en vendedor ambulante, o se iba del lugar.
También me
topé con depredadores sociales, tanto hombres como mujeres, pero en el día su
habilidad para mentir, engañar y estafar tiene más que ver con problemas
personales y “mentales” (traumas con sus parejas, desesperación por triunfar de
un día para otro, intento de ser aceptados, etc.), que con los motivos
económicos que impulsan al criminal propiamente dicho (estafar como una manera
de vivir).
Estos
depredadores sociales son tan buenos en lo malo, que cuantiosas personas (inclusive
gente importante y educada) les creen sus mentiras al pie de la letra, y peor aún,
cuando no les apoyan de alguna u otra manera, toman acciones en consecuencia.
Muchos, al observar cómo eran manipulados los
dueños y sus familias por los líderes locales (cocinera (o)s, capitanes de salón
o jefes de playa), optábamos por ignorar la situación, y es que no entendíamos
cómo gente con estudios universitarios, con riqueza y poder, permitía que otros
–de muy bajo nivel moral y educativo- tomaran el control.
Y en el
día mucha, muchísima gente achaca falsedades, solo para divertirse…
Algo aprendí a fuego desde que entré al campo
laboral: no hacer nada para contrarrestar los chismes malintencionados que por
una u otra razón algunos dicen (y los consideras estupideces o locuras, nada
importante para ser tomados en cuenta) puede acarrear terribles consecuencias
para uno, ya que los que las dicen –al ver que no reaccionas- como que se
sienten alentados y a una mentira le montan otra. Por eso es que los considero
de alguna manera “enfermos mentales”.
Parte de la violencia cotidiana en el país
–sospecho- nace de allí: hay quien no se la cala.
Lo mejor es, cuando te enteras, cortar la
relación, poner en evidencia la falsedad de los argumentos, si puedes, o
reclamar abiertamente –si no te acarrea males mayores- la situación.
Aunque esto no es garantía de que las malas intenciones no
continúen, generalmente cambian de táctica, o de chisme.
Por otro lado, nada más triste que descubrir
que quienes supuestamente te han dado su amistad y su confianza (personas en
base a los que construyes tu barrera de defensa) son parte de algún modo u
otro, del embuste. Para mí al menos, esto rompe cualquier compromiso, laboral,
social o emocional, y sencillamente continúo con mi camino.
Los Turistas generalmente son los que llevan la
peor parte.
Para ellos
todos los precios son exagerados.
Los
taxistas, los artesanos, los vendedores ambulantes, los restaurantes, todos
aumentan el valor de sus servicios u ofertas durante las temporadas (creo que comenzó
como una estrategia para recuperar los meses muertos) hasta llegar a niveles
exagerados, como si fuera una competencia: ver quién engaña más y mejor.
Supe de
algunos lugares en donde, a veces, los visitantes consumieron (sin saber)
pescado con tres meses en el congelador; mariscos en sopa o crema, guardada por
la noche y recalentada por las mañanas; o cocteles elaborados con alcohol de
muy baja categoría, o frutas y concentrados no del todo frescas. Esto es harto
peligroso, porque pone en riesgo la vida del cliente.
Y no sólo sucedió
en Playa El Agua.
Playa Guacuco,
El Tirano y Parguito ofrecían experiencias parecidas, cuando no, eran objeto de
las bandas de atracadores, que venían de afuera o del otro lado de la Isla para
mezclarse con los locales, y atracar a pleno día, a quien consiguieran
ostentando una guaya de oro en su pecho, o pagando a los vendedores ambulantes
con un fajo de billetes.
Como nadie sabía quién había dado el pitazo,
nadie intervenía.
Cuando
algún cliente se quejaba, por cualquier razón de lo dicho, los locales
(personal y dueños por igual), los taxistas, los vendedores de la playa, “todos”
argumentaban con jocosidad:
es que este “Gobierno” e m…
Hay
revisiones, controles, pero los fiscales se enfocan en los locales más famosos,
creando la duda de si en verdad están chequeando el servicio, los certificados
de salud, los productos vendidos y los impuestos, o por el contrario el
criterio de selección es “llamar la atención de la comunidad de turistas que
nos visita, para que vean que se está
haciendo algo”.
Algunos de
los que convivimos en el sector, hasta nos hemos preguntado si los grandes
negocios no son en verdad objetivos tácticos: para negociar las multas si los fiscales encuentran algo.
La
seguridad en la Isla por cierto, se maneja con un criterio por demás extraño.
Solo se
entra por Ferry (cinco horas de travesía) o barcos pequeños desde Cumaná.
Pero en
vez de chequear a los visitantes durante el recorrido, se llenan las calles y
avenidas de controles (policiales y de tránsito) cada ciertos kilómetros, esto
congestiona de tal forma las vías, que el criterio pareciera ser más bien “maltratar
al turista” durante las temporadas.
Poco a
poco, este desdén contra el negocio turístico (que bien manejado puede sostener
países enteros) fue tomando fuerza, y como para mantener el “argumento de que todo
es culpa del gobierno”, nadie hizo nada, la playa más famosa del país comenzó a
ser mal vista, y las embajadas de aquellos ciudadanos que nos escogían para
pasarse unos días, comenzaron a advertir, que todo el que viniera, lo hacía a
riesgo propio.
Los vuelos
directos desaparecieron, y los autobuses repletos de jóvenes y sus familias (“carne
fresca” según los más vivos), dejaron de pintar las deliciosas mañanas del
boulevard.
La
infinidad de oportunidades que el turismo foráneo ofrece –nunca me cansaré de
repetirlo- desapareció.
En cuanto
a los visitantes venezolanos, para evitar ser víctimas (de alguno u otro
depredador), optaron por reunirse en 3 o 4 restaurantes de alto nivel, y
hospedarse sólo en hoteles y posadas reconocidas o recomendadas por sus amigos
y/o familiares.
Volviendo
al motivo del presente ensayo, ¿recuerdas?
Desde niño he cambiado de rumbo varias veces.
En medio
de este universo de victorias y tragedias, de aciertos y malos manejos, intenté
continuar siendo fiel a mis principios (es
por ello que no trabajo con todo el mundo) procurando ayudar en la medida
de mis posibilidades.
Cuando en
el día me invitaban a compartirlos, me negaba, o sencillamente explicaba que:
si no robo o engaño a uno, no robo ni engaño al otro.
Por la
noche me esmeraba un poco más (quizás porque la “doble cara” en el día se
castiga con un despido, la ausencia de propina o el no regreso del cliente, pero
en la noche la “doble cara” genera siempre y de algún modo, violencia). Algunos por cierto, no escucharon mis consejos
para que se alejaran del crimen, y sucedió que el crimen terminó acabando con
ellos: uno murió por sobredosis, otro fue golpeado hasta agonizar y luego
rematado a tiros, y un tercero cumple una fuerte condena, por ayudar a una
hermosa canadiense a intentar traficar drogas.
No
obstante otros y otras si me escucharon, y lograron irse al exterior,
construyeron familias, consiguieron trabajos estables y formalizaron sus
estadías. O volvieron a sus vidas anteriores. Hasta donde sé, a todos les va relativamente bien.
Después de
algunos años vagabundeando, busqué el restaurant que a mi criterio tuviera
menos vicios sociales y laborales. Un lugar que me permitiera cubrir mis gastos
cotidianos, terminar de recuperarme física y emocionalmente y ¿por qué no?, aprender
“calidad de servicio”.
Luego me
di cuenta de que, “actuar éticamente” ha resultado ser la opción más acertada.
Me costó mimetizarme, lo reconozco, porque lo
primero que dicen cuando no consumes, es que eres un “encubierto”. Luego de un
par de años, cuando los turistas foráneos me ofrecían droga, los panas se
burlaban y les decían que no perdieran el tiempo, que mejor me obsequiaran una
botella de vodka.
Con las prostitutas, algunas de las cuales no
confiaban en más nadie, fue más difícil decirles que no. Muchas se molestaron
por mi supuesta arrogancia, pero lo que sucedió es que hay líneas que nunca
pude cruzar, para mí el sexo es algo íntimo y especial.
Al menos así me enseñaron.
Las prostitutas se enamoran igual que todas por
cierto, con intensidad y pasión.
Recuerdo que hubo muchos comentarios
intentando poner en duda mi inclinación, pero como también le decía que no a
los hombres que me abordaban, en ese punto el desconcierto sobre mi persona resultó
más evidente.
Las
referencias de uno, malas o buenas, siempre llegan antes que uno, no lo olvides.
Con los
años, mi ética personal ha producido respeto, aunque no sé si admiración.
A donde
quiera que vaya, casi siempre encuentro a alguien dispuesto a ayudarme. Y si
hay excepciones, es de parte de aquellos que han tenido malas experiencias con
otras personas o en otros lugares, así que por lo general, su falta de
gentileza no me la tomo a pecho.
Por
supuesto, a veces me veo obligado a devolver el golpe, y es que, no sé por qué,
repito, pero hay personas que creen que cuando uno trata de mantenerse al
margen de los comentarios, he inclusive ignorar las ofensas, los está invitando
a profundizar sus ataques.
Es por
ello que digo que no todo es blanco o negro, todos somos de algún modo buenos y
malos. Sin embargo, cuando lo hago (lo de devolver el golpe) me gusta –antes- estudiar
bien la situación, y si veo que no puedo mantenerme dentro de lo legal, prefiero
no hacer nada e irme, si no ¿para qué entonces la memoria fotográfica y los
estudios?
La filosofía
del Kung-Fu se aprende –a pesar de lo que digan las películas - para no tener
que pelear, es algo que tomaron del budismo creo.
Generalmente
lo que sucede es que quien te ataca te ha tomado como su particular motivo de
vida (eres su centro, por alguna u otra razón) y nada más poderoso para
desarmarlo, que –ignorándolo por completo, o sencillamente cambiando de
ambiente, de amigos, o mudándote- tengas éxito por tu cuenta: le quitas su razón de ser, y no hay nada
que lo desequilibre más.
Hoy día,
mis buenas costumbres han logrado que para los dueños de los restaurantes, que
me ofrecen trabajo continuamente; para sus líderes, quienes me ven como un
potencial para sentirse respaldados en su gestión; e inclusive para los turistas,
soy alguien en quien se puede confiar,
cosa muy extraña en este país, donde la premisa parece ser, optar no por lo
bueno, sino por lo “menos malo”.
De igual
modo soy optimista.
A pesar de que muchos digan lo contrario,
porque por idiosincrasia tenemos que ser “vivos” y aprovecharnos de los demás, los venezolanos honestos me parece que somos
la mayoría.
Toda esa
respuesta que he recibido, tanto de ricos como de pobres, tanto de gente
socialmente aceptable, como de quienes no lo son, me lo ha demostrado, y me ha
llevado a concluir que la honestidad como forma de vida lo protege a uno de
muchas cosas, pero sobre todo, le mantiene
-en todas partes- las puertas abiertas.
Quizás no
sirva para hacerte rico muy rápido te advierto, pero funciona excelentemente
para esperar respeto y cordialidad de cualquiera, para vivir sin estar cuidándote
las espaldas por las cosas que has hecho, y sobre todo, para cambiar tu futuro
cada vez que necesites hacerlo.
El secreto
parece estar en aquel mandamiento: sed dóciles
como las palomas y astutos como las serpientes.
Alguien puso en palabras de Jesús de Nazareth:
“el amor es el negocio más rentable del
Universo”, y el amor –en sociedad- me parece a mí, que es básicamente eso, “ética
personal” y lo que significa: honestidad (contigo mismo, con tu entorno, con
quienes compartes a diario, con tu trabajo, con tu familia) transparencia en
todo lo que haces, cautela en todo lo que dices, y lo más difícil: la
responsabilidad de mantenerte firme en tu propio camino, y de no hacer a otros, lo que no quieras que te
hagan a ti.
Próximo post: Febrero 13
Próximo post: Febrero 13