martes, 13 de enero de 2015

La ética como forma de vida, ensayo

Parte I


La principal virtud del futuro es que lo puedes cambiar: si sabes cómo, si las condiciones están disponibles, si estás en el lugar correcto, y si tienes los pies en la tierra.
Define tu propio rumbo, tus objetivos y metas, y trabaja sobre ti mismo para lograr las herramientas que te permitan lograr lo que te planteaste. La clave del éxito está en no pretender llevarte a nadie por delante, para llegar a donde quieres.
Recuerda las máximas: de un escalón a la vez se llega más alto, y nada produce verdaderos cambios, si no se predica con el ejemplo.

Por otra parte, lograr algo de un día para otro –que es lo que la mayoría busca- da el 99% de las veces, un resultado efímero, peor aún, cuando menos lo piensas, te puede estallar en la cara.

Una de las decisiones más importantes que he tomado, habiendo conocido el “bajo mundo” -por curiosidad o porque, fuera del entorno familiar era lo más inmediato, - fue decidir si quería o no pertenecer a él.

Optando por la opción que me alejaba de las cárceles (en las cuales probablemente vegetaría las 24 horas en un lugar muy reducido y sucio, junto a otros 16 o 32 sujetos, sin ningún tipo de seguridad, higiene personal o privacidad); evitando la “esclavitud” que implica pertenecer a una banda, al Narco o consumir drogas (legales o no), decidí –en verdad lo único que tenía bien claro era “lo que NO quería”- que la honestidad iba a ser mi norte.

(Fue harto difícil, trabajé en una Compañía de Caramelos, donde el resto de los analistas anulaban mis asientos contables para “no tener tiempo muerto en sus labores”; el mayor reto de los obreros era llegar a sindicalistas, luego, una vez en el cargo, cobraban más que el resto y trabajaban mucho menos; la mitad de los productos desaparecía misteriosamente del Almacén de despacho, y un año después de haberme promovido a Jefe de Almacén, una componenda gerencial logró que me despidieran, esto, bajo el argumento de que mi éxito en el cargo seguramente era sólo una fachada. De allí pasé a otras empresas en donde la corrupción era consentida (o impulsada) por el Cargo administrativo más alto; una vez graduado logré tres clientes que, cuando no se aprovechaban de mi fama para engañar a los gestores de impuestos locales y nacionales, me exigían que manipulara mis conocimientos legales a fin de saltarse (o minimizar) los montos a pagar  y/o las multas por falta de pago. Al último, un ingeniero de dudosa reputación, cuando me negué a sus sucios manejos [su capital personal no era producto de los beneficios de su empresa, sino de la evasión de impuestos nacionales] pretendió obligarme a mudar mi oficina al sótano del edificio. Finalmente trabajé en un hotel cinco estrellas, y allí me fue peor, el nivel medio de auditoría llevaba dos años intentando salir del contralor principal (quien los entrenó a todos bajo estándares internacionales) para quien fui contratado como apoyo en el área financiera. Una vez demostrada su total honestidad, renunció sin ratificarme en el cargo. Poco tiempo después –con un nuevo contralor traído de México- trataron de realizar una falsa transferencia multimillonaria al exterior en mi ausencia (los investigadores criminales le perdieron la pista al intento de hurto, más allá de Curazao). Y aunque no se completó dado que no contaban con mi autorización (prerrogativa que exigía a la entidad bancaria) el gerente y la subgerente del banco fueron despedidos. Más tarde el “contralor traído de México”, se aprovechó de un asiento contable mal hecho (por el cual se le cobró al embajador de los Estados Unidos dos veces un mismo importe) y argumentó que debía aceptar la culpa porque el documento tenía mis iniciales colocadas con máquina de escribir, al no hacerlo me sacó del cargo.

Luego, cuando llegué a Playa El Agua, totalmente desmoralizado y enfermo (por exceso de trabajo,  mala alimentación y haber perdido a una niña que, a pesar de no ser mía me afectó de igual modo) encontré todo un universo diferente, y entendí que el bien y el mal está en todos nosotros, y que por lo general, tiene sus propias explicaciones: en lo cotidiano, el bien y el mal parecen ser las dos caras de una misma moneda: nosotros.
Y tal y como lo dijo el maestro Lao-Tse alguna vez, vivimos en un constante tira y encoje entre ambos lados.

Cuando conoces a alguien, resulta imposible que no se establezca una conexión, y ello, en Playa El Agua, comenzó a replantearme la manera de percibir y entender las cosas.
Algo que ya venía sucediendo de mi colaboración con la Iglesia (asunto que pretendo asumir próximamente) y que me dio a entender que hay terribles tragedias en el mundo, que se puede morir por amor, que Pueblos enteros a veces deben huir para mantener sus vidas. Hechos que minimizaron de alguna manera mis devaneos, en un mundo que siempre me resultó extraño.

Antes de continuar debes saber que todos tenemos una historia (no nacimos ayer ni esta mañana) y, la mayoría, tenemos una familia (natural o adoptada).
Cuando digo “todos” me refiero también a los criminales, a los ladrones de cuello blanco (privados y públicos), y a los depredadores sociales (aquellos que hacen daño cuando [y sobre todo porque] tienen la oportunidad de hacerlo).

Circunstancias de vida me trajeron a la Playa más internacional del País, repito.

Por la noche –siendo que por criarme solo me vi obligado a aprender a estudiar mi entorno constantemente y  a descifrarlo- protegía a las Prostitutas (que generalmente eran jóvenes y bonitas, e intentaban cuidarse por sí mismas, y desde el punto de vista de “zona roja”, me parecían de lo más vulnerables). Así fue como me enteré que la mayoría ejercía por problemas personales: unas por negocio (porque soñaban con algo mejor y los estudios, en su visión del mundo, no les ofrecían alternativas); otras porque tenían a quien mantener (padres o hijos pequeños), y unas cuantas sencillamente porque estaban cansadas de las palizas que les daban sus parejas.
Un grupo más reducido aún,  ejercía la prostitución como una manera de estafar a los hombres, como una manera de castigarlos por alguna u otra cosa.
Y a pesar de la tan cacareada creencia masculina, apenas conocí a una o dos que lo hacían por placer.

Compartí con Artesanos, y aprendí que la razón por la que resulta imposible introducirles en el mercado laboral, es que necesitan ser libres: no aceptan ni órdenes ni ataduras de nadie. Me llamaron poderosamente la atención dos casos porque lo único que les importaba era criar a sus hijos (eran padres solteros) y recuerdo que si tenían que arriesgarse a vender droga para alimentarlos, lo hacían.

Conocí a Drogadictos foráneos y locales, hombres y mujeres esclavizados con el vicio (trabajas para los vendedores, o robas para los vendedores, o les satisfaces sexualmente cuando no tienes qué negociar). Y descubrí que para muchos resultó que las drogas ilícitas eran –como el alcohol- la única manera que tenían de “olvidar” sus penas.

Convivía en la Playa un veterano de Vietnam que lo único que le quedaba en la vida era la pensión del gobierno norteamericano: no familia, no pareja, apenas dos o tres amigos regados por el mundo (comenzamos a ignorarlo al descubrir que, delante de un bebé desnudo, le costaba controlarse. Eso –para quienes compartíamos con él- echó por tierra sus medallas al honor, y sus referencias al valor, en libros que sus compañeros de armas escribieron sobre la guerra).

Hubo un nacionalizado Belga, buena gente como nadie, que consumía drogas fuertes porque nunca pudo superar la pérdida de su hermana menor, muerta de cáncer (fue asesinado de un tiro en la frente una madrugada, cuando compartía con “amigos” –que estando a su lado nunca vieron nada- en un festejo cerca del boulevard).

Y un caraqueño criado en el Bronk según él mismo decía. Sus mentiras eran lo cotidiano, una manera de entretener a las turistas durante un par de semanas. (Recuerdo que muchos argumentaban ser narcotraficantes de alto nivel, solo para granjearse algo de respeto. Lo cierto del caso era que si no respetabas, nadie te respetaba).
En su desesperación –la del caraqueño-  cuando no tenía qué consumir, entraba a las tiendas de artesanía para robarse pequeñas muestras de “yopo”, un alucinógeno indígena que viene con algunos artículos elaborados por nuestros autóctonos, y traídos a la zona para su venta.
Cuando sus mentiras eran descubiertas, se hacía la víctima, por cierto. Es una habilidad de muchos locales que no son nativos de la Isla, hombres y mujeres por igual.
Le vi perder oportunidades a montón.

Para otros, la droga era una manera de ser aceptados socialmente o de despreciar el entorno (era su manera de ser rebeldes).
Algunos sólo querían salirse del fastidio cotidiano (no olvido a un joven europeo que me dijo, emocionado: “en  Holanda nunca matan a nadie, nunca sucede nada”).
O consumían por la novedad (argumento común de todos los que deciden saltarse la legalidad sin pensar en las consecuencias; la vida es una sola, dicen).

En lo único en lo que todos coincidieron, fue en que estaban conscientes del vicio: sabían lo que hacían, y a donde los llevaba (dato curioso: los extranjeros apostaban por el auxilio de la sociedad y del gobierno –en sus países de origen- para recuperarse si se les pasaba la mano. Los locales por su parte, imitaban lo que veían, o consumían para integrarse más fácilmente con ellos).

Sin embargo, a lo largo de los años, tres o cuatro cayeron en “malas manos” (hay crimen dentro del crimen, te cuento) y probaron cocteles de droga, combinaciones que les saltaron literalmente los tapones.
Recuerdo a un artesano que planeó acostarse con la mujer de un alemán y terminó, la madrugada siguiente, corriendo desnudo por la arena. Más de cinco policías hicieron falta para someterlo (a golpe limpio) y en la cárcel estaba tan rabioso que se vieron obligados a esposarle el tobillo a un barrote para proteger a los demás internos. Casi pierde el pie intentando arrancárselo.
Por aquellos primeros años, pernoctaba yo dentro de un restaurant a orillas de la playa, y cuando el dueño aceptó que se quedara para ayudarlo en su recuperación (yo dormía en un catre con un bate a un lado, pendiente) el tipo pasaba las noches junto a la entrada del anexo, mirándome  fija e intensamente mientras yo trataba de descansar. Meses después aún se me acercaba a la barra y, con un susurro, me advertía que nos vigilaban desde el tope de las palmeras, veinte metros sobre nosotros.

A la mulata más hermosa, joven y promiscua de todas, la encontré una mañana dando tumbos en una de las calles principales (hay cinco que suben del boulevard a la 31 de julio) la ropa desgarrada, totalmente sucia, balbuceando por ayuda mientras una baba desagradable y pegajosa, le corría desde las comisuras de los labios hasta el pecho.

El artesano abandonó el boulevard poco después, si se recuperó, lo hizo a medias. A la mulata sé que la Policía la recogió, pero no la volví a ver hasta hace poco, 6 años después: algo pasada de kilos y sumamente seria. Hubo un brillo en su mirada, sé que recordó aquel día.

Uno al menos, quedó tan desconectado de la realidad, que lo mataron en Porlamar cuando se paró sin pagar un plato de comida, y el dependiente, creyendo que lo estaba robando, le abrió el cráneo –según cuentan en la playa- con un trozo de tubo.

Viví la Corrupción de la Policía local, que se aprovechaba de los “vendedores de la playa que trabajaban sin permiso de la Alcaldía”, para hacerse con lentes, prendas o efectivo, o timando a los desprevenidos “turistas extranjeros”.
Una práctica se hizo común en aquella época (ahora la seguridad es manejada por la Policía Nacional): sacaban delincuentes de la cárcel municipal por las noches, le daban droga y lo soltaban en el boulevard, una vez realizada la transacción, le caían al turista que había comprado. Entonces, después de amedrentarlo (casi siempre mientras daban vueltas con él en la patrulla) le ponían un precio a su libertad, por lo general lo que llevaba encima (joyas o efectivo).
Por la madrugada ingresaban al delincuente de nuevo a la prisión, compartían las ganancias (el interno recibía ciertos privilegios, protección contra el resto de los presos, y algo de dinero para cigarrillos y comida) y los policías corruptos –que por supuesto no eran todos- guardaban la droga para una próxima vez.

Algunas pocas prostitutas “en problemas” tenían sus particulares chulos y practicaban versiones parecidas; a veces eran funcionarios policiales que intentaban trabajar a la sombra, otras eran taxistas, llegué a conocer esposos inclusive, con hijos de por medio (él la trasladaba junto al cliente, y ella le prestaba servicios sexuales). La mayoría de las prostitutas que conocí intentaban no caer en eso.
Algunas, sobre todo las que no sabían negociar, intentaban enamorar al cliente, y cuando estos no parecían caer en la trampa, les lloraban; la táctica les resultaba muchas veces, pero sólo  cuando se trataba de turistas holandeses o  alemanes (en cuyos países la prostitución parece ser una profesión como cualquier otra, y la libertad sexual es parte de lo cotidiano) y con italianos, que eran sumamente amistosos y gentiles, sobre todo con las mujeres.
Con los españoles el desprecio me pareció que era mutuo.

Hubo un jíbaro de lo más curioso, porque, para no llamar la atención, vendía su “merca” por las noches vestido de tal manera que sólo podías verle los ojos (como si esperara una nevada). Era fijo, siempre pasaba en su moto, a la misma hora por el mismo lugar y por supuesto, como siempre había calor hasta bien entrada la madrugada, el efecto era que “todos” volteábamos a mirarlo, y como mínimo, sonreíamos, burlándonos de su extraño intento de “no” ser descubierto.

Mucha gente por cierto (tanto turistas como “navegaos”) lo perdieron –absolutamente- todo en una noche de drogas o placer, o por mala administración, o porque escogieron mal a sus parejas. Y es que, después de desplumarlos, él o ella desaparecían.

La playa por la noche se llenaba de depredadores, no hay duda, pero estábamos conscientes.
Nos cuidábamos, ayudábamos a quien pedía ayuda, y si descubríamos que alguien no era transparente, o soplaba para quedarse con un negocio o un área específica, el resto lo execrábamos, y alertábamos a los turistas (que bien tratados, eran una excelente fuente de ingresos).
Así, todos los negocios se le caían y terminaba emigrando.

No sé si te has percatado, pero los ladrones (los estafadores, los mal intensionados) comen una sola vez.

Para la mayoría de los que vivíamos del turismo nocturno, la playa era sólo un negocio (información, seguridad, drogas, alcohol, compañía, preservativos).
Pero para otros era la oportunidad de arrebatarlo todo, y eso alejaba a los turistas, que se contaban todo entre ellos.
Cuando los detectábamos como digo, un alerta corría como pólvora a todo lo largo de la playa, y comenzábamos a proteger a nuestros propios grupos.


El día sin embargo no resultó tan diferente, porque a pesar de las quejas continuas en cuanto a las características de “zona roja”, que identificaban al boulevard durante las noches, encontré mucho crimen “de otro tipo”: algunos dueños de negocios se aprovechaban de la ignorancia de sus trabajadores, pagándoles de muy mal modo o desconociéndoles sus derechos laborales, cuando no, gritándoles hasta el cansancio, o insultándoles delante de todo el mundo.

Una característica de los restaurantes brilló con luz propia: en muchos casos el interés al montar un negocio en la playa no era prestar un servicio turístico (esa era la tapadera) sino construir una bienhechuría para venderla (en dólares) a algún inversor desprevenido que llegara con ganas de instalarse.  

Estafas fueron y vinieron, y no sólo con los locales, sino con las residencias aledañas al boulevard. Los más ricos simplemente se fueron.

Había un dueño, al principio de la playa, que recibía a sus clientes tambaleándose, totalmente ebrio; los turistas foráneos gozaban de lo lindo, e iban para tomarle fotos y videos.

Y llevarse recuerdos de un país llamado Venezuela.  
Los turistas nacionales ni se acercaban.

Algunos empleados (incluyendo carismáticos líderes naturales) tenían por práctica común,  robar o estafar a los demás, incluyendo al dueño del negocio o a sus compañeros. Los mesoneros, en ausencia total de “cultura de Servicios”, o porque por viveza desempeñan mal su oficio para engañar a los clientes, hacerse las víctimas, o brillar poniendo a unos contra otros, ejercían una práctica que se ha hecho bastante usual: dejaban de facturar algunos toldos, alimentos o bebidas; esta trampa a veces era consentida, y los clientes daban como “propina” poco menos del importe de lo consumido, y no facturado.
Con ello se convertían  en cómplices de lo que consideraban un castigo para el dueño (igual, tanto el cliente como el empleado obtenían algún beneficio).

Conozco personas con marcadas “doble cara”: por delante parecen una monja, totalmente dispuestos a colaborar con una sonrisa y un excelente trato, y por detrás, maldicen si no les dan buena propina, y a escondidas escupen las bebidas y las revuelven, o se roban las carteras y los celulares (cualquier cosa que esté mal puesta) y luego acompañan al cliente hasta su automóvil, o le recomiendan un taxista conocido para que los traslade por un “cobro a destino”.

Mi consejo si eres turista, es que observes el local, los uniformes, la seriedad con que atienden, buscar los lugares más concurridos o de mayor categoría (no siempre los más caros). Y prestar atención al tipo de clientes que lo frecuenta; a veces funciona conocer la fama que rodea al dueño –si es él quien lo atiende, mejor-  indiferentemente de lo que sus empleados digan.
Si el servicio es malo o deficiente, la gente sencillamente dejará de frecuentarlo.

Por cierto, aunque los altos precios por sí solos no garantizan evitar esta malas prácticas, me llamó poderosamente  la atención que a medida que el target de los visitantes es más alto, este “pagar como propina, por un consumo NO facturado (una manera solapada de robar)” resulta menos común.

Los empleados que ejercen esta práctica se dicen a sí mismos que están haciendo negocios, convencen a los turistas del carácter dictatorial de su jefe, y presionan a sus compañeros a integrarse (mientras más, menos culpa y mayor protección). He conocido líderes cuyos jefes les han dado la potestad para decidir a quién contratar, y contratan sólo a quienes saben que les serán totalmente “fieles” ( a ellos, no a la empresa): hacen desastre cuando los dejan a cargo.
Esto ha dado pie para cualquier cantidad de situaciones en donde “trabajar mal”, robarse las cosas del negocio, de los clientes y de los compañeros, son la norma.

Los clientes que aceptan, y que,  inmersos en su mediocridad, se consideran más vivos que el resto, y estallan cuando caen en cuenta de que también son víctimas, entonces enfurecen, amenazan e insultan. 
Sencillo: quien roba a uno roba a otro.
Es un problema parecido al de comprar cosas robadas “por lo barato”, las personas no se percatan de que son parte importante del problema, hasta que las roban.

Una vez un compañero le cobró a un turista una botella de vino sin que este se percatara ni la consumiera (el tipo nunca revisaba la cuenta) y más tarde trató de vendérsela a otro cliente para quedarse con el importe, que resultó sobrino del dueño del restaurant.
Esa noche nos reunieron y delante de todos, se le pidió que explicara su particular concepto de negocios.
Al despedirlo amenazó al dueño con represalias, juró, gritó, y les dijo a todos, después, que lo que sucedió fue que el patrón era un loco de atar, y otras cosas por el estilo.

Le dimos el premio al “burro” del año.

Lo otro que sucede mucho es que el personal se roba las cosas del local: suministros, alimentos, licor, servilletas, artículos de limpieza, y un impresionante etcétera. Cuando no, los consume a escondidas (me dicen que sucede mucho con los trabajadores domésticos). La mayoría de los dueños acepta estoicamente la situación, y para nivelar sus costos “trampean” de algún modo los beneficios que le dan al empleado. Esto crea un círculo vicioso que, por lo general, obliga a los dueños a vender o a cerrar, y al personal, a buscarse otra plaza donde sus manejos sean comunes, o no se conozcan.
En esto el “buen corazón” del venezolano actúa en su contra; porque se deja llevar por las cosas que quien busca el empleo le dice, sin chequear referencias ni realizar otras pesquisas. La ley tampoco ayuda, porque actualmente no admite que se contrate a nadie por un corto período de prueba, ni permite que los motivos del despido sean del conocimiento público. Los principios que inspiran la ley son loables, a mucha gente la han despedido por meros caprichos de quien está al mando, pero mucha gente se aprovecha para hacer y deshacer a su antojo.

Por cierto, un hecho que me llamó poderosamente la atención, es que aquellos que atendían al público con ropas muy humildes o rotas –generalmente la gente que limpia el local o atiende los baños-  se llevaban las mejores propinas, no digamos si le faltaban los dientes, porque se llenaban.

Y hay un dueño de local (generalmente todos viven cerca o en el mismo sitio) famoso debido a que por las madrugadas, cuando no hay nadie, recoge los vasos desechables (incluso los saca de la basura), los lava y los embolsa para usarlos al siguiente día.

Creo que está demás decirlo, que cualquiera que no compartiera estos manejos, si eran del dueño perdía su trabajo automáticamente, y si eran de los empleados, generalmente el resto formaba una cofradía en su contra, se le acusaba de los malos manejos, se regaba algún chisme mal intencionado, o sencillamente se le etiquetaba como el “pajúo” (soplón) de la zona.

Cierto o no, esto ponía a todos –igual que en la noche- alertas, y si el acusado no tenía buena reputación, terminaban execrándole, finalmente él o ella, en el mejor de los casos, se integraba de alguna manera a la corrupción (no veo ni oigo ni hablo), se convertía en vendedor ambulante, o se iba del lugar.

También me topé con depredadores sociales, tanto hombres como mujeres, pero en el día su habilidad para mentir, engañar y estafar tiene más que ver con problemas personales y “mentales” (traumas con sus parejas, desesperación por triunfar de un día para otro, intento de ser aceptados, etc.), que con los motivos económicos que impulsan al criminal propiamente dicho (estafar como una manera de vivir).
Estos depredadores sociales son tan buenos en lo malo, que cuantiosas personas (inclusive gente importante y educada) les creen sus mentiras al pie de la letra, y peor aún, cuando no les apoyan de alguna u otra manera, toman acciones en consecuencia.
Muchos, al observar cómo eran manipulados los dueños y sus familias por los líderes locales (cocinera (o)s, capitanes de salón o jefes de playa), optábamos por ignorar la situación, y es que no entendíamos cómo gente con estudios universitarios, con riqueza y poder, permitía que otros –de muy bajo nivel moral y educativo- tomaran el control.

Y en el día mucha, muchísima gente achaca falsedades, solo para divertirse

Algo aprendí a fuego desde que entré al campo laboral: no hacer nada para contrarrestar los chismes malintencionados que por una u otra razón algunos dicen (y los consideras estupideces o locuras, nada importante para ser tomados en cuenta) puede acarrear terribles consecuencias para uno, ya que los que las dicen –al ver que no reaccionas- como que se sienten alentados y a una mentira le montan otra. Por eso es que los considero de alguna manera “enfermos mentales”.
Parte de la violencia cotidiana en el país –sospecho- nace de allí: hay quien no se la cala.
Lo mejor es, cuando te enteras, cortar la relación, poner en evidencia la falsedad de los argumentos, si puedes, o reclamar abiertamente –si no te acarrea males mayores-  la situación.
Aunque esto no es  garantía de que las malas intenciones no continúen, generalmente cambian de táctica, o de chisme.
Por otro lado, nada más triste que descubrir que quienes supuestamente te han dado su amistad y su confianza (personas en base a los que construyes tu barrera de defensa) son parte de algún modo u otro, del embuste. Para mí al menos, esto rompe cualquier compromiso, laboral, social o emocional, y sencillamente continúo con mi camino.

Los Turistas generalmente son los que llevan la peor parte.
Para ellos todos los precios son exagerados.
Los taxistas, los artesanos, los vendedores ambulantes, los restaurantes, todos aumentan el valor de sus servicios u ofertas durante las temporadas (creo que comenzó como una estrategia para recuperar los meses muertos) hasta llegar a niveles exagerados, como si fuera una competencia: ver quién engaña más y mejor.
Supe de algunos lugares en donde, a veces, los visitantes consumieron (sin saber) pescado con tres meses en el congelador; mariscos en sopa o crema, guardada por la noche y recalentada por las mañanas; o cocteles elaborados con alcohol de muy baja categoría, o frutas y concentrados no del todo frescas. Esto es harto peligroso, porque pone en riesgo la vida del cliente.

Y no sólo sucedió en Playa El Agua.
Playa Guacuco, El Tirano y Parguito ofrecían experiencias parecidas, cuando no, eran objeto de las bandas de atracadores, que venían de afuera o del otro lado de la Isla para mezclarse con los locales, y atracar a pleno día, a quien consiguieran ostentando una guaya de oro en su pecho, o pagando a los vendedores ambulantes con un fajo de billetes.

Como nadie sabía quién había dado el pitazo, nadie intervenía.

Cuando algún cliente se quejaba, por cualquier razón de lo dicho, los locales (personal y dueños por igual), los taxistas, los vendedores de la playa, “todos” argumentaban con jocosidad:
es que este “Gobierno” e m…

Hay revisiones, controles, pero los fiscales se enfocan en los locales más famosos, creando la duda de si en verdad están chequeando el servicio, los certificados de salud, los productos vendidos y los impuestos, o por el contrario el criterio de selección es “llamar la atención de la comunidad de turistas que nos visita, para que vean que se está haciendo algo”.

Algunos de los que convivimos en el sector, hasta nos hemos preguntado si los grandes negocios no son en verdad objetivos tácticos: para negociar las multas si los fiscales encuentran algo.

La seguridad en la Isla por cierto, se maneja con un criterio por demás extraño.
Solo se entra por Ferry (cinco horas de travesía) o barcos pequeños desde Cumaná.
Pero en vez de chequear a los visitantes durante el recorrido, se llenan las calles y avenidas de controles (policiales y de tránsito) cada ciertos kilómetros, esto congestiona de tal forma las vías, que el criterio pareciera ser más bien “maltratar al turista” durante las temporadas.

Poco a poco, este desdén contra el negocio turístico (que bien manejado puede sostener países enteros) fue tomando fuerza, y como para mantener el “argumento de que todo es culpa del gobierno”, nadie hizo nada, la playa más famosa del país comenzó a ser mal vista, y las embajadas de aquellos ciudadanos que nos escogían para pasarse unos días, comenzaron a advertir, que todo el que viniera, lo hacía a riesgo propio.

Los vuelos directos desaparecieron, y los autobuses repletos de jóvenes y sus familias (“carne fresca” según los más vivos), dejaron de pintar las deliciosas mañanas del boulevard.
La infinidad de oportunidades que el turismo foráneo ofrece –nunca me cansaré de repetirlo- desapareció.

En cuanto a los visitantes venezolanos, para evitar ser víctimas (de alguno u otro depredador), optaron por reunirse en 3 o 4 restaurantes de alto nivel, y hospedarse sólo en hoteles y posadas reconocidas o recomendadas por sus amigos y/o familiares.

Volviendo al motivo del presente ensayo, ¿recuerdas?
Desde niño he cambiado de rumbo varias veces.

En medio de este universo de victorias y tragedias, de aciertos y malos manejos, intenté continuar siendo fiel a mis principios (es por ello que no trabajo con todo el mundo) procurando ayudar en la medida de mis posibilidades.

Cuando en el día me invitaban a compartirlos, me negaba, o sencillamente explicaba que: si no robo o engaño a uno, no robo ni engaño al otro.
Por la noche me esmeraba un poco más (quizás porque la “doble cara” en el día se castiga con un despido, la ausencia de propina o el no regreso del cliente, pero en la noche la “doble cara” genera siempre y de algún modo, violencia).  Algunos por cierto, no escucharon mis consejos para que se alejaran del crimen, y sucedió que el crimen terminó acabando con ellos: uno murió por sobredosis, otro fue golpeado hasta agonizar y luego rematado a tiros, y un tercero cumple una fuerte condena, por ayudar a una hermosa canadiense a intentar traficar drogas.

No obstante otros y otras si me escucharon, y lograron irse al exterior, construyeron familias, consiguieron trabajos estables y formalizaron sus estadías. O volvieron a sus vidas anteriores.  Hasta donde sé, a todos les va relativamente bien.

Después de algunos años vagabundeando, busqué el restaurant que a mi criterio tuviera menos vicios sociales y laborales. Un lugar que me permitiera cubrir mis gastos cotidianos, terminar de recuperarme física y emocionalmente y ¿por qué no?, aprender “calidad de servicio”.

Luego me di cuenta de que, “actuar éticamente” ha resultado ser la opción más acertada.

Me costó mimetizarme, lo reconozco, porque lo primero que dicen cuando no consumes, es que eres un “encubierto”. Luego de un par de años, cuando los turistas foráneos me ofrecían droga, los panas se burlaban y les decían que no perdieran el tiempo, que mejor me obsequiaran una botella de vodka.
Con las prostitutas, algunas de las cuales no confiaban en más nadie, fue más difícil decirles que no. Muchas se molestaron por mi supuesta arrogancia, pero lo que sucedió es que hay líneas que nunca pude cruzar, para mí el sexo es algo íntimo y especial.
Al menos así me enseñaron.
Las prostitutas se enamoran igual que todas por cierto, con intensidad y pasión.
Recuerdo que hubo muchos comentarios intentando poner en duda mi inclinación, pero como también le decía que no a los hombres que me abordaban, en ese punto el desconcierto sobre mi persona resultó más evidente.

Las referencias de uno, malas o buenas, siempre llegan antes que uno, no lo olvides.
Con los años, mi ética personal ha producido respeto, aunque no sé si admiración.
A donde quiera que vaya, casi siempre encuentro a alguien dispuesto a ayudarme. Y si hay excepciones, es de parte de aquellos que han tenido malas experiencias con otras personas o en otros lugares, así que por lo general, su falta de gentileza no me la tomo a pecho.
Por supuesto, a veces me veo obligado a devolver el golpe, y es que, no sé por qué, repito, pero hay personas que creen que cuando uno trata de mantenerse al margen de los comentarios, he inclusive ignorar las ofensas, los está invitando a profundizar sus ataques.

Es por ello que digo que no todo es blanco o negro, todos somos de algún modo buenos y malos. Sin embargo, cuando lo hago (lo de devolver el golpe) me gusta –antes- estudiar bien la situación, y si veo que no puedo mantenerme dentro de lo legal, prefiero no hacer nada e irme, si no ¿para qué entonces la memoria fotográfica y los estudios?
La filosofía del Kung-Fu se aprende –a pesar de lo que digan las películas - para no tener que pelear, es algo que tomaron del budismo creo.

Generalmente lo que sucede es que quien te ataca te ha tomado como su particular motivo de vida (eres su centro, por alguna u otra razón) y nada más poderoso para desarmarlo, que –ignorándolo por completo, o sencillamente cambiando de ambiente, de amigos, o mudándote- tengas éxito por tu cuenta: le quitas su razón de ser, y no hay nada que lo desequilibre más.

Hoy día, mis buenas costumbres han logrado que para los dueños de los restaurantes, que me ofrecen trabajo continuamente; para sus líderes, quienes me ven como un potencial para sentirse respaldados en su gestión; e inclusive para los turistas, soy alguien en quien se puede confiar, cosa muy extraña en este país, donde la premisa parece ser, optar no por lo bueno, sino por lo “menos malo”.

De igual modo soy optimista.
A pesar de que muchos digan lo contrario, porque por idiosincrasia tenemos que ser “vivos” y aprovecharnos de los demás, los venezolanos honestos me parece que somos la mayoría.
Toda esa respuesta que he recibido, tanto de ricos como de pobres, tanto de gente socialmente aceptable, como de quienes no lo son, me lo ha demostrado, y me ha llevado a concluir que la honestidad como forma de vida lo protege a uno de muchas cosas, pero sobre todo,  le mantiene -en todas partes- las puertas abiertas.

Quizás no sirva para hacerte rico muy rápido te advierto, pero funciona excelentemente para esperar respeto y cordialidad de cualquiera, para vivir sin estar cuidándote las espaldas por las cosas que has hecho, y sobre todo, para cambiar tu futuro cada vez que necesites hacerlo.
El secreto parece estar en aquel mandamiento: sed dóciles como las palomas y astutos como las serpientes.

 Alguien puso en palabras de Jesús de Nazareth: “el amor es el negocio más rentable del Universo”, y el amor –en sociedad- me parece a mí, que es básicamente eso, “ética personal” y lo que significa: honestidad (contigo mismo, con tu entorno, con quienes compartes a diario, con tu trabajo, con tu familia) transparencia en todo lo que haces, cautela en todo lo que dices, y lo más difícil: la responsabilidad de mantenerte firme en tu propio camino, y de no hacer a otros, lo que no quieras que te hagan a ti. 

Próximo post: Febrero 13

Parte II de este: Marzo 13