(Capítulo 2 de “en Su Nombre”)
Cuando era
niño vivíamos en una de las torres más
emblemáticas del 23 de enero, ya desde entonces memorizaba todo lo que veía,
todo lo que escuchaba, todo lo que percibía.
Y recuerdo que, de vez en cuando, un borrón
pasaba por la ventana en caída: eran chicos de la alta sociedad que llegaban
una tarde cualquiera, subían a la azotea, y se lanzaban.
Aterrado por la posibilidad de que la vida me
llevara a plantearme tal solución (¿?), me fui metiendo un poco más en el
asunto. Entonces en algún momento escuché una conversación y descubrí que
ninguno, ninguno de los que se arrojaba, llegaba con sus uñas al piso.
¿Por qué?
Porque después de lanzarse se arrepentían.
Y se las arrancaban tratando de agarrarse a
las paredes.
Hablar, ¿te refieres?
Entre nosotros, digo.
Conversar.
¿Repetir lo que nos hemos
escrito?
O machacar hasta la saciedad
nuestras particulares tristezas, a ver si nuestras sensibilidades crean
costras, costras que nos permitan continuar como si nada.
¿A eso te refieres?
No creo que me guste.
Los japoneses tienen un dicho: todos tenemos tres personalidades, una
para los desconocidos, otra para familiares y amigos, y una tercera, la de
nosotros, para nosotros.
Esa personalidad la forman las cosas que guardamos en un rincón del
corazón: nuestros tesoros o nuestras desgracias, los primeros para que no nos los roben…
Porque nos mantienen vivos.
Las segundas:
para
que no nos las roben, porque
son las que le dan valor a las primeras.
Gurdjief fue un
filósofo (creo que Armenio) poco conocido, al menos en estas tierras.
Nació a finales del siglo 19 y
huyó de su patria al percibir los vientos de la Primera Guerra Mundial.
Radicado definitivamente en Francia, su biografía dice que ya a los 12 años
dejó de dormir (24 horas despierto y con excelente salud hasta ya edad
madura).
Una vez dijo:
“¿Para qué Dios nos dio 2 manos?
Para que una lave la otra”.
Eastwood, en una de
sus últimas películas de vaqueros (probablemente un clásico) llamada JINETE
PALIDO (un par de años después ganó el Oscar con LOS IMPERDONABLES), reúne a
los mineros que trataba de ayudar junto al cadáver de uno de ellos (se
encontraban azotados por el potentado de la zona) y les dice algo así como:
“Solos son potenciales víctimas, pero juntos son fuerza, pueden
protegerse los unos a los otros y esperar salir con bien”.
Aunque a mi entender Dios
quiere que aprendamos a ser independientes, no busca que seamos solitarios.
Hace ya algunos años
científicos ingleses y norteamericanos estudiaron a funcionarios de las
Naciones Unidas que prestaban ayuda desinteresadamente, y descubrieron que
estos se sentían espiritual y físicamente “mejor” que sus compañeros que no
realizaban dicha labor.
Tenían mayor fuerza, más
longevidad.
Es como lo que dicen de una
sonrisa, consumes menos energía y utilizas menos músculos que con cualquier
otro gesto, y el beneficio es enormemente mayor, para ti y para los demás.
Tengo una premisa desde muy
joven, la diseñé buscando proteger mi espíritu de los avatares de mi entorno:
“Piensa antes de agredir a alguien, pregúntate si la ofensa amerita la
respuesta que quieres dar, si lo sucedido no fue culpa tuya, por tu
imprudencia, o si la forma en que piensas tomar venganza no te acarreará un reacción
desmesurada, o un castigo que no desearías.
Y es que, tarde o temprano, la maldad o el bien que arrojes al mundo -el
amor o el desamor- todo eso se te devuelve”.
La prisión, en el mejor de los
casos, te obliga a pasar algunos –quizás muchos- años, conviviendo con gente de
tu mismo sexo, respirando su olor, comiendo lo que bien puedan darte, y
“vegetar”.
Ya viví “eso” -vegetar digo-
era la vida cotidiana familiar: respirar sólo si tu madre te lo permite. Vivir
sólo en la medida en que su terrible juicio te lo permite.
Por entonces ella era la única
verdad, la única a quien todos creían…
Los demás éramos solo desechos
que –por tarados- no comprendíamos –según el parecer de muchos- que todo ese
control y asfixia, era para nuestro bien.
Me gusta respirar el aire puro
de la Gran Sabana; percibir el sabor dulce de mis amigas cuando puedo; ser
libre.
Quizás por eso continúo
soltero, no por mujeriego ni porque oculte terribles secretos en mi closet, no. Continúo soltero porque detrás de cada
“intento de relación”, se levanta la sombra de mi madre y el desencanto de la
vida en familia.
Y cuando encuentro alguien que,
por sí sola, inspira todo lo que busco, entonces ha resultado que está
comprometida (o ya casada y con familia), su estatus social es demasiado alto
(y no soy aceptado por familiares y amigos); o su nivel de educación limita la conversación
al mediocre aprendizaje de las novelas latinas, en donde una chica dulce, astuta y sin estudios profesionales, controla
de pronto –y con éxito- una gran corporación, o tiene dos o tres acaudalados pretendientes
a los que, según dicha ficción, darán todo por su belleza.
Cuando comparto con este tipo
de chicas, vecinas o compañeras de trabajo, y me atrae de algún modo, limito por
un tiempo mi nivel, manipulo el entorno, hurgo en su closet y, bueno, siempre
me he visto obligado a continuar.
Pero volviendo a lo del
altruismo.
La honestidad y el respeto a
los demás, sean como sean, vengan de donde vengan, genera un gran beneficio. Y
si algo he aprendido es que, si sucede que no te pagan con la misma moneda, no
vale la pena molestarse. De eso no se trata, se trata de que estés bien contigo
mismo.
Si no, piensa que el bien que
haces, los haces en Su nombre.
JJ Benítez, en su serie de
libros “Caballo de Troya”, puso en
labios del Cristo la siguiente cita:
“El AMOR es la única moneda en los predios del Padre, la única que
arroja beneficios verdaderos.”
La gente común interpreta mal
esto, y sucede así básicamente porque no lo entiende. Amar al prójimo no
significa darle todas tus riquezas, solventarle sus problemas. Significa que,
si sabes cómo ayudarle a superarse, te pongas a la orden.
Y ponerte a la orden, durante
el breve lapso de tiempo que puedes hacerlo, sin sacrificar tu propia vida.
Amar al prójimo significa
cumplir correctamente la labor para la que fuiste contratado, significa no
robar a nadie, ni siquiera al ladrón.
Amar al prójimo es cuidar de ti
mismo, para que los que te quieren no sufran por lo que te suceda. ¿Quién
quita? Quizás a la vuelta de la esquina
está el amor de tu vida, o una amistad que te enseña el valor de continuar
viviendo.
O una labor altruista que te
cambie todo.
He hecho muchas cosas
riesgosas, me he metido en zonas rojas donde no me conocen, defendido mujeres
en peligro, compartido rumbas con ex novias de gente que escogió el crimen como
modo de vida. Me he ido a la bancarrota a propósito más de una vez, y hasta
viajé a Europa únicamente con el pasaje de avión.
Con el beneficio del tiempo,
entiendo que todas esas y muchas otras vicisitudes, forjaron mi carácter, mi
personalidad, pero esa no fue siempre la intención. Excepto las veces en que
ayudé a alguien, sacarle o enseñarle a salir del atolladero, excepto esas
veces, generalmente lo que hacía era atentar contra mí mismo…
Sin darme cuenta, era mi
particular versión de los chicos que -en mi niñez- se arrojaban de la azotea
porque consideraban que sus particulares problemas, ya no tenían arreglo.
Si llegas a ese punto y quieres
tomar una decisión sobre qué hacer con tu vida, decide continuar, cambia de
entorno, cambia de profesión, cambia de pareja, lo importante es que continúes viviendo,
y sobre todo, sin hacerle daño a nadie.
Te cuento un secreto: la gente
es suficientemente competente como para hacerse daño por sí misma.
Que el tiempo sea o no
vengativo, depende de muchos factores: estás evaluando mal, no tienes toda la
información o fuiste engañado, estás enfermo y no lo sabes…
Además, nadie conoce el futuro,
¿cómo entonces estás seguro de que las cosas no van mejorar?
Todo es un ciclo: los
calendarios, el ánimo, el clima, los planetas, la menstruación…
Quizás tu apreciación de que
las cosas van demasiado mal, solo sea una apreciación de momento porque te encuentras
en un bache. A todos nos ha sucedido alguna vez.
Pero escoger la alternativa de “no
retorno”, significa que has perdido toda esperanza. Sin embargo, si llegas allí
y decides atentar contra ti mismo, recuerda que todos los que se lanzan del
edificio, llegan sin uñas al piso.
Date el beneficio de la duda.
La vida es como el mar cerca de
las playas, nuestra labor es aprender a surfear, y después que lo logras,
puedes creerme, te gusta.
Claro, algunos solo flotamos.
Otros nos aferramos a algo que flote. Unos terceros llegamos todo golpeados a
la playa.
También hay que aprender a leer
los ciclos, si se acercan tiempos de guerra, o el horizonte se llena de nubes de
tormenta, lo imperante es buscar cómo sobrevivir.
Y si lo logras sin hacerle daño
a nadie –y eso es parte del aprendizaje- entonces puedes considerarte
afortunado, porque las cosechas espirituales (para mí, la verdadera vida) son
muchas.
Por otra parte, quizás el
problema sea tu forma de mirar las cosas, la manera en cómo te convences, a ti
mismo, de que no hay otra solución.
Somos muy hábiles para
convencernos a nosotros mismos, de que sólo nosotros poseemos la verdad
absoluta.
Yo no creo en la suerte. El
Pastor llegó a mí, para darle algo de valor a mi existencia; yo llegué a él,
para ayudarlo a “hacer el bien”, en un país donde la mayor de las veces, hacer
el bien es motivo de burla. Los que ayudamos –para muchos- o ayudamos por un objetivo oculto y siniestro
–con lo cual hablan muy bien de sí mismos–, o somos una oportunidad para
burlarse e intentar estafarnos: ¡míralo, que papita!
Ya sabes, somos “el más vivo”.
Y el argot popular no piensa en la resurrección del Cristo, sino en la paliza
que le dieron por luchar por los más desposeídos, esos a quien nadie quiere.
También piensa en Su asesinato,
pero no bajo los criterios de la Iglesia Católica, sino por atreverse a
decirles la verdad a los poderosos del momento, que por entonces eran
religiosos (ortodoxos y judíos).
Actualmente son políticos,
financistas, militares (incluyendo también religiosos) de todos los lugares del
mundo. Lo común, es que todo el que tiene poder tiende a creerse superior a los
demás –y por tanto, con derecho a aplicar su propia dictadura– supongo que es
un defecto que viene con nuestra naturaleza.
Ahora, de todas estas
cavilaciones, concluirlas fue lo más fácil.
Poner en práctica mis propios
consejos para superar los baches, y hacerlos parte de mi cotidianidad, eso fue
lo realmente difícil.
Si algún día decido escribir algo, me gustaría hacerlo al respecto.
El poeta