miércoles, 13 de mayo de 2015

Atentando contra uno mismo

(Capítulo 2  de “en Su Nombre”)

Cuando era niño vivíamos en una de las torres más emblemáticas del 23 de enero, ya desde entonces memorizaba todo lo que veía, todo lo que escuchaba, todo lo que percibía.
Y recuerdo que, de vez en cuando, un borrón pasaba por la ventana en caída: eran chicos de la alta sociedad que llegaban una tarde cualquiera, subían a la azotea, y se lanzaban.

Aterrado por la posibilidad de que la vida me llevara a plantearme tal solución (¿?), me fui metiendo un poco más en el asunto. Entonces en algún momento escuché una conversación y descubrí que ninguno, ninguno de los que se arrojaba, llegaba con sus uñas al piso.
¿Por qué?
Porque después de lanzarse se arrepentían.
Y se las arrancaban tratando de agarrarse a las paredes.

Hablar, ¿te refieres?
Entre nosotros, digo.
Conversar.
¿Repetir lo que nos hemos escrito?
O machacar hasta la saciedad nuestras particulares tristezas, a ver si nuestras sensibilidades crean costras, costras que nos permitan continuar como si nada.
¿A eso te refieres?

No creo que me guste.

Los japoneses tienen un dicho: todos tenemos tres personalidades, una para los desconocidos, otra para familiares y amigos, y una tercera, la de nosotros, para nosotros.
Esa personalidad la forman las cosas que guardamos en un rincón del corazón: nuestros tesoros o nuestras desgracias, los primeros para que no nos los roben…
Porque nos mantienen vivos.
Las segundas:
para que no nos las roben, porque son las que le dan valor a las primeras.

Gurdjief fue un filósofo (creo que Armenio) poco conocido, al menos en estas tierras.
Nació a finales del siglo 19 y huyó de su patria al percibir los vientos de la Primera Guerra Mundial. Radicado definitivamente en Francia, su biografía dice que ya a los 12 años dejó de dormir (24 horas despierto y con excelente salud hasta ya edad madura). 
Una vez dijo:
“¿Para qué Dios nos dio 2 manos?  Para que una lave la otra”.

Eastwood, en una de sus últimas películas de vaqueros (probablemente un clásico) llamada JINETE PALIDO (un par de años después ganó el Oscar con LOS IMPERDONABLES), reúne a los mineros que trataba de ayudar junto al cadáver de uno de ellos (se encontraban azotados por el potentado de la zona) y les dice algo así como:
“Solos son potenciales víctimas, pero juntos son fuerza, pueden protegerse los unos a los otros y esperar salir con bien”.

Aunque a mi entender Dios quiere que aprendamos a ser independientes, no busca que seamos solitarios.

Hace ya algunos años científicos ingleses y norteamericanos estudiaron a funcionarios de las Naciones Unidas que prestaban ayuda desinteresadamente, y descubrieron que estos se sentían espiritual y físicamente “mejor” que sus compañeros que no realizaban dicha labor.
Tenían mayor fuerza, más longevidad.

Es como lo que dicen de una sonrisa, consumes menos energía y utilizas menos músculos que con cualquier otro gesto, y el beneficio es enormemente mayor, para ti y para los demás.


Tengo una premisa desde muy joven, la diseñé buscando proteger mi espíritu de los avatares de mi entorno:
“Piensa antes de agredir a alguien, pregúntate si la ofensa amerita la respuesta que quieres dar, si lo sucedido no fue culpa tuya, por tu imprudencia, o si la forma en que piensas tomar venganza no te acarreará un reacción desmesurada, o un castigo que no desearías.
Y es que, tarde o temprano, la maldad o el bien que arrojes al mundo -el amor o el desamor- todo eso se te devuelve”.

La prisión, en el mejor de los casos, te obliga a pasar algunos –quizás muchos- años, conviviendo con gente de tu mismo sexo, respirando su olor, comiendo lo que bien puedan darte, y “vegetar”.
Ya viví “eso” -vegetar digo- era la vida cotidiana familiar: respirar sólo si tu madre te lo permite. Vivir sólo en la medida en que su terrible juicio te lo permite.
Por entonces ella era la única verdad, la única a quien todos creían…
Los demás éramos solo desechos que –por tarados- no comprendíamos –según el parecer de muchos- que todo ese control y asfixia, era para nuestro bien.

Me gusta respirar el aire puro de la Gran Sabana; percibir el sabor dulce de mis amigas cuando puedo; ser libre.

Quizás por eso continúo soltero, no por mujeriego ni porque oculte terribles secretos en mi closet, no. Continúo soltero porque detrás de cada “intento de relación”, se levanta la sombra de mi madre y el desencanto de la vida en familia.
Y cuando encuentro alguien que, por sí sola, inspira todo lo que busco, entonces ha resultado que está comprometida (o ya casada y con familia), su estatus social es demasiado alto (y no soy aceptado por familiares y amigos);  o su nivel de educación limita la conversación al mediocre aprendizaje de las novelas latinas, en donde una chica dulce,  astuta y sin estudios profesionales, controla de pronto –y con éxito- una gran corporación, o tiene dos o tres acaudalados pretendientes a los que, según dicha ficción, darán todo por su belleza.
Cuando comparto con este tipo de chicas, vecinas o compañeras de trabajo, y me atrae de algún modo, limito por un tiempo mi nivel, manipulo el entorno, hurgo en su closet y, bueno, siempre me he visto obligado a continuar.

Pero volviendo a lo del altruismo.
La honestidad y el respeto a los demás, sean como sean, vengan de donde vengan, genera un gran beneficio. Y si algo he aprendido es que, si sucede que no te pagan con la misma moneda, no vale la pena molestarse. De eso no se trata, se trata de que estés bien contigo mismo.
Si no, piensa que el bien que haces, los haces en Su nombre.


JJ Benítez, en su serie de libros “Caballo de Troya”,  puso en labios del Cristo la siguiente cita:

“El AMOR es la única moneda en los predios del Padre, la única que arroja beneficios verdaderos.”

La gente común interpreta mal esto, y sucede así básicamente porque no lo entiende. Amar al prójimo no significa darle todas tus riquezas, solventarle sus problemas. Significa que, si sabes cómo ayudarle a superarse, te pongas a la orden.
Y ponerte a la orden, durante el breve lapso de tiempo que puedes hacerlo, sin sacrificar tu propia vida.

Amar al prójimo significa cumplir correctamente la labor para la que fuiste contratado, significa no robar a nadie, ni siquiera al ladrón.

Amar al prójimo es cuidar de ti mismo, para que los que te quieren no sufran por lo que te suceda. ¿Quién quita?  Quizás a la vuelta de la esquina está el amor de tu vida, o una amistad que te enseña el valor de continuar viviendo.
O una labor altruista que te cambie todo.

He hecho muchas cosas riesgosas, me he metido en zonas rojas donde no me conocen, defendido mujeres en peligro, compartido rumbas con ex novias de gente que escogió el crimen como modo de vida. Me he ido a la bancarrota a propósito más de una vez, y hasta viajé a Europa únicamente con el pasaje de avión.

Con el beneficio del tiempo, entiendo que todas esas y muchas otras vicisitudes, forjaron mi carácter, mi personalidad, pero esa no fue siempre la intención. Excepto las veces en que ayudé a alguien, sacarle o enseñarle a salir del atolladero, excepto esas veces, generalmente lo que hacía era atentar contra mí mismo…

Sin darme cuenta, era mi particular versión de los chicos que -en mi niñez- se arrojaban de la azotea porque consideraban que sus particulares problemas, ya no tenían arreglo.

Si llegas a ese punto y quieres tomar una decisión sobre qué hacer con tu vida, decide continuar, cambia de entorno, cambia de profesión, cambia de pareja, lo importante es que continúes viviendo, y sobre todo, sin hacerle daño a nadie.

Te cuento un secreto: la gente es suficientemente competente como para hacerse daño por sí misma.
Que el tiempo sea o no vengativo, depende de muchos factores: estás evaluando mal, no tienes toda la información o fuiste engañado, estás enfermo y no lo sabes…

Además, nadie conoce el futuro, ¿cómo entonces estás seguro de que las cosas no van mejorar?
Todo es un ciclo: los calendarios, el ánimo, el clima, los planetas, la menstruación…
Quizás tu apreciación de que las cosas van demasiado mal, solo sea una apreciación de momento porque te encuentras en un bache. A todos nos ha sucedido alguna vez.
Pero escoger la alternativa de “no retorno”, significa que has perdido toda esperanza. Sin embargo, si llegas allí y decides atentar contra ti mismo, recuerda que todos los que se lanzan del edificio, llegan sin uñas al piso.
Date el beneficio de la duda.
La vida es como el mar cerca de las playas, nuestra labor es aprender a surfear, y después que lo logras, puedes creerme, te gusta.
Claro, algunos solo flotamos. Otros nos aferramos a algo que flote. Unos terceros llegamos todo golpeados a la playa.

También hay que aprender a leer los ciclos, si se acercan tiempos de guerra, o el horizonte se llena de nubes de tormenta, lo imperante es buscar cómo sobrevivir.
Y si lo logras sin hacerle daño a nadie –y eso es parte del aprendizaje- entonces puedes considerarte afortunado, porque las cosechas espirituales (para mí, la verdadera vida) son muchas.

Por otra parte, quizás el problema sea tu forma de mirar las cosas, la manera en cómo te convences, a ti mismo, de que no hay otra solución.
Somos muy hábiles para convencernos a nosotros mismos, de que sólo nosotros poseemos la verdad absoluta.

Yo no creo en la suerte. El Pastor llegó a mí, para darle algo de valor a mi existencia; yo llegué a él, para ayudarlo a “hacer el bien”, en un país donde la mayor de las veces, hacer el bien es motivo de burla. Los que ayudamos  –para muchos-  o ayudamos por un objetivo oculto y siniestro –con lo cual hablan muy bien de sí mismos–, o somos una oportunidad para burlarse e intentar estafarnos: ¡míralo, que papita!

Ya sabes, somos “el más vivo”. Y el argot popular no piensa en la resurrección del Cristo, sino en la paliza que le dieron por luchar por los más desposeídos, esos a quien nadie quiere.
También piensa en Su asesinato, pero no bajo los criterios de la Iglesia Católica, sino por atreverse a decirles la verdad a los poderosos del momento, que por entonces eran religiosos (ortodoxos y judíos).
Actualmente son políticos, financistas, militares (incluyendo también religiosos) de todos los lugares del mundo. Lo común, es que todo el que tiene poder tiende a creerse superior a los demás –y por tanto, con derecho a aplicar su propia dictadura– supongo que es un defecto que viene con nuestra naturaleza.

Ahora, de todas estas cavilaciones, concluirlas fue lo más fácil.
Poner en práctica mis propios consejos para superar los baches, y hacerlos parte de mi cotidianidad, eso fue lo realmente difícil.

Si algún día decido escribir algo, me gustaría hacerlo al respecto.


El poeta