(Capítulo 3 de “en Su Nombre”)
Caso II
Despierto llorando, como cuando niño.
Estoy tenso.
Y lo que siento es demasiado fuerte:
Me duele el alma.
Más tarde lo revivo.
El sueño, por supuesto:
Estoy dentro de una iglesia. La oscuridad de la noche, el olor a sangre
y excrementos.
El olor a gente muerta.
Me concentro.
Nunca he estado allí antes.
Me descubro detrás de unas puertas.
En una especie de closet, o algo así.
No sé cómo no me vieron, cómo no se dieron cuenta.
El salón central está lleno de cadáveres.
Toda mi familia. Los vecinos.
El pueblo entero.
Descuartizados.
Sus trozos se encuentran regados por doquier.
A las mujeres jóvenes, a las niñas y a los niños,
a esos los dejaron de
último,
para violarlos en grupo, para arrojarlos a un lado e,
ignorando sus gritos y su llanto,
despedazarlos entre risas y jadeos.
Alguien vuelve, lo escucho,
me escondo nuevamente.
Lo enviaron a chequear que no haya sobrevivientes,
nadie que los apunte con el dedo
cuando el mundo se entere.
Pienso que lo primero que hace alguien que cae
tan bajo,
es cuidarse de la justicia mundana.
¿Y la divina?
Sobre esa pensará después, supongo.
Por ahora, mientras se dedican a las atrocidades que hacen,
cada uno es su dios particular,
el único que le queda…
Está oscuro.
No me muevo.
El asesino se va.
Aguardo.
Todo el cuerpo me duele;
Todo mi ser, duele.
Por la madrugada me escabullo, primero lo hago lentamente.
Dudo.
No puedo creer que lo esté logrando.
Me alejo de la iglesia con su oscuridad llena de sangre y excrementos,
llena de adornos cristianos.
Luego salgo del pueblo furtivamente, aterrado,
pensando en que no quiero volver, nunca más.
No me percaté entonces,
por la premura quizás, por el terror,
pero los recuerdos, que sí lograron hacer sus maletas,
siempre,
me persiguen en tropel.
De pronto y sin darme cuenta, comienzo a correr.
A correr como un loco y sin detenerme.
Toda mi familia, todos los vecinos, todo el pueblo.
Y las mujeres jóvenes, y las niñas, y los niños.
Sus gritos me atormentan.
Cuando se hace insoportable despierto.
El alma, toda ella insisto, me duele.
No puedo soportarlo.
En silencio, continúo llorando, sin control.
Esa tarde –sin tener idea de por qué del sueño- decidí acercarme al Sacerdote
para ver si tenía algo entre manos,
algo que llenara mis noches de insomnio con recuerdos de justicia,
de amor al prójimo,
algo que me permitiera empujar los restos del sueño,
a oscuros escondrijos dentro de mi mente.
Me recibe, con cariño, con tristeza.
Lo presiono un poco, pero no habla.
Apenas confirma lo que la nueva secretaria me ha contado.
¿Necesita ayuda?
“No.
Naciones Unidas ya resolvió, mañana sale para los Estados Unidos”.
Me dicen que era tan alto que no cabía por la puerta.
Tenía el característico color ébano de los nativos africanos.
Que gritaba en un idioma extraño, porque hablar. Bueno. Gritaba y
lloraba cuando no estaba perdido, ensimismado. Hicieron falta dos o tres especialistas,
primero para descubrir que idioma hablaba, luego para comprender qué intentaba
decir.
El sueño.
Está oscuro.
La nave central en la iglesia está llena de cadáveres,
de trozos de niños arrojados al interior sobre los trozos de los adultos.
Uno de los vecinos de la comunidad donde se encuentra el Colegio y –por
entonces- la oficina del vicario, iba con su novia y unos amigos a las playas
de Vargas, fue mucho antes del deslave, un par de años tal vez.
Y lo encontró.
De rodillas en plena calle, besando el piso ante el asombro de los
transeúntes, alzando los brazos al cielo, llorando y dando gracias como un
niño.
Un niño de piel ébano y dos metros de altura.
Huía de las guerras tribales y religiosas que explotaron en África para
finales del siglo veinte.
Llegó a pie a un pequeño país costero recién creado y, con otros dos,
abordó un barco con dirección a un lejano lugar llamado Estados Unidos,
un lugar de –según le dijeron- lleno de oportunidades, de justicia y
libertad, donde nadie hacía las cosas que había visto.
Primero se arriesgó uno de los polizontes.
Por comida.
Quizás no sabía que en un barco todo está racionado, contado, medido.
Luego se arriesgó el otro; y el capitán les puso una trampa.
El juicio no duró gran cosa.
Fueron arrojados por la borda pocos días después de zarpar,
para que volvieran a su país, “nadando”.
El sobreviviente.
Cuando finalmente lo descubrieron, el carguero estaba frente a un
pequeño país llamado Venezuela.
“Ve-ne-zue-la.
¿Entendiste?”
El capitán lo montó en un bote inflable, le dio una botella de agua
potable y le dijo que siguiera al sol.
Por sobrevivir tanto.
Por remordimiento.
No hay manera de saberlo.
A la mañana siguiente llegó a las playas de Macuto.
Allí lo encontró el graduado con su novia y sus amigos, y llamó al Sacerdote.
Siempre me han dicho que soy un
tonto,
que Él, Dios, el
Misericordioso,
es solo un adjetivo que
utilizamos para calmar nuestra ansiedad.
Un argumento para engañar a las
buenas personas.
Una utopía que se nos enseña
desde niños,
para controlarnos, cuando no, para quitarnos
el diezmo.
Por la noche, en medio del agotamiento que siempre me persigue,
agotamiento debido a mi aislamiento, a la mala alimentación y el continuo
trabajar o estudiar sin descanso, volví a caer, en mis sueños, a una iglesia
cristiana que, en medio de la oscuridad, olía mal.
Olía a sangre y excrementos.
Y a cuerpos destrozados.
La 2da madrugada –ya sabiendo que no era solo un sueño- corrí al baño
antes de despertarme por completo, me arrodille junto al retrete, y vomite todo
lo que llevaba en el estómago.
Luego, con la espalda a la pared, sin levantarme, continué llorando, llorando
sin detenerme hasta que salió el sol.
Nota
del autor:
Años después se hizo pública mucha
información sobre las atrocidades vividas en esa época.
El lector puede buscarla por internet.
En uno de los tantos videos que fueron difundidos a través de los
servicios internacionales de noticias, se pudo observar desde lejos, el momento
cuando un grupo de hombres armados asesinó a tiros a un joven que se arriesgó a
cruzar la calle; segundos después, otro trató de aprovechar la distracción, pero
tropezó con su infortunio y dos enemigos, lo alcanzaron y -sonriéndole a la
cámara- le trocearon a machetazo limpio.
Al parecer, las Naciones Unidas entregó una cuantiosa suma como ayuda
humanitaria al Gobierno nacional; manejando informes relativos a la agresividad
creciente de uno de los dos grupos tribales que convivían en el País, prohibió
expresamente que el dinero fuera utilizado para comprar armas.
Prohibición que fue acatada fielmente tanto por los productores legales
como por el mercado negro.
Sin embargo, porque todos evaluamos según nuestra propia manera de ser,
los estrategas de las Naciones Unidas, nunca sospecharon que serían abierta y
astutamente burlados, y es que, quienes recibieron la ayuda, compraron machetes
argumentando que eran para la labranza y la agricultura.
Las excesivas cantidades alertaron a la organización mundial solo
después de que el conflicto estallara.
Aún hoy, comenzando la segunda década del siglo XXI, llegan al mundo terribles
noticias sobre lo sucedido.
A las violaciones y masacres en masa, les siguieron las violaciones y
asesinatos selectivos o por oportunidad. Para contener la arremetida, los
sobrevivientes se organizaron y terminaron defendiéndose; dentro de este conflicto,
terriblemente violento e impune, una de las tragedias destaca por su violencia
de género, y es que, las mujeres –independientemente de la tribu a la que
pertenecen- luego de ser abusadas sexualmente por quienes las encontraban en el
lugar equivocado, fueron violadas o sodomizadas con bayonetas y cuchillos.
Las pocas que sobrevivieron quedaron tan destrozadas, que nunca más han
logrado que hombre alguno se interese en ellas.
Debido a la magnitud del ataque –triste lección para las atrocidades
del futuro- fuera de las pocas venganzas que pudieran haberse sucedido, las víctimas
se han visto obligadas a convivir con sus victimarios, como si nada. El terror con
que vive la parte más vulnerable de la población, debe ser una característica
social.
Siempre, desde niño,
encuentro a alguien que se
burla de mi amor a Dios.
No le digo nada,
no le respondo ni trato de
convencerlo
de mis creencias,
pero por las noches,
mucho después de haber superado
el trauma de aquel sueño,
me pregunto:
¿Y si Él, Dios, el
Misericordioso, no existe,
cómo entonces aquel hombre sobrevivió.
A la masacre.
Atravesó dos países a pie,
viajó toda una mar como
polizonte sin ser descubierto,
y cuando lograron darle caza,
lo perdonaron,
le dieron un bote,
una botella de agua, y una
dirección.
Una dirección que lo llevó finalmente,
a aquel sacerdote.
Y de allí, con la anuencia de las
Naciones Unidas,
se montó en un avión
–boleto gratis, estatus de refugiado y
protección legal-
hacia un extraño País
llamado Estados Unidos?
El poeta