viernes, 14 de agosto de 2015


En Su nombre:

Capítulo V, El último caso
  

El padre siempre estaba ocupado, sumamente ocupado. Cuando no preparaba las misas, entonces lo encontraba enfrascado en algún caso sobre “Refugiados”, para la división local de ACNUR; en algo del Departamento de “Movilidad Humana”, adscrito a la Conferencia Episcopal, o en cualquier otro asunto que requiriera de sus servicios, altruistas por demás. Y todo ello, abriendo espacio para sus funciones en el Colegio del cual era subdirector, y para la alta jerarquía eclesiástica, de cuyo exclusivo círculo formaba parte.
¿Su único interés?
¿Lo que lo movía y le indujo al sacerdocio?
Su deseo de ayudar a los demás, en eso, el pastor era único.

En medio de todo, aunábamos esfuerzos en la lucha por la implementación de la LOPNA[1].
La Iglesia estaba en conocimiento de muchos hechos que se sucedían en los niveles más pobres  de la población: niños que nacían y no eran identificados hasta ya llegados a la adolescencia (inclusive a la adultez), prestándose en muchos casos a desapariciones, al secuestro o la entrega al “mercado negro” para ingresarlos a la prostitución, la mendicidad, o la venta a parejas desesperadas que, por medios legales, no conseguían una adopción.
Fueron tiempos duros, hasta se formó un equipo de alto nivel, equipo que fue apenas recibido por la Presidencia de entonces durante poco menos de una hora, y en posteriores intentos fue peor aún, obteniendo menos promesas (de estudios y más estudios) que la vez anterior.  Al llegar la Revolución lo primero que los esposos Chávez hicieron, fue tomar el proyecto como uno de sus objetivos fundamentales.

También se creó un equipo para una nueva cruzada: los estatutos para la “Protección a la Mujer”, ya convertida en Ley bastante avanzada la Revolución. Días antes de tomar la decisión en la Asamblea Nacional, el Poeta envió un fax al Ministro, en donde le exponía un caso que estaba sucediendo en la Isla de Margarita.
Un extranjero venido del Sur recogía niños y adolescentes y, con su particular manera de leer y enseñar la biblia (en nombre de Dios por supuesto, porque según él, él era el  elegido) levantó fortuna. Conociendo el poder del condicionamiento y la manipulación de las mentes más jóvenes (sobre todo cuando carecen del apoyo de sus padres, o estos les son altamente indiferentes), aisló al grupo, prohibiéndole todo contacto con el resto de la población sin su aprobación, incluyendo noviazgos, amigos y nuevos integrantes. La bonanza en la isla se encontraba al tope; los visitantes extranjeros, compradores de chucherías y adornos baratos, llenaban las playas Neoespartanas. El autodenominado Pastor, que  enseñó a los niños a elaborar y luego vender artesanía, los envió en pequeños corros a las playas más famosas.
“Juntos, no se separen, no caigan en manos de la gente ignorante que les dirá cualquier cosa: el demonio utiliza múltiples trampas y mentiras, todo lo que les digan, consúltenlo conmigo, que yo les explico para que no caigan en las manos del engaño…”

El secreto mejor guardado de la Secta era el que más le convenía.
Y es que, el autodenominado “arcángel” para el momento en que la secta comenzó a dispersarse, escogía a una de las muchachas.
Como parte de la fachada -y ellos lo sabían- completaba su reclutamiento con varones y algunas madres.
Pero, esa, la que escogía, generalmente la más bonita, vivía “maritalmente” con él durante un año.

El control y la manipulación resultaron tan efectivos, que según una de las integrantes, graduada suma cum laude en dos profesiones: “es un pequeño pago por todo lo que nos ha dado…”



El Poeta susurró,
a orillas de la playa cuando llegó a este punto,
pensativo y triste:

-                     Creí haber encontrado… Los recuerdos dan náuseas ¿verdad?, a veces.
-                     ¿La perdonaste? –le pregunté. Extrañado, me miró unos segundos:
-                     Fue solo una esperanza, no había nada qué perdonar. Nunca tuvimos nada, por tanto, nunca hubo ofensa. Y si hubiéramos tenido algo, probablemente me hubiera dolido un poco más, pero habría continuado mi camino igualmente.
-                     Generalmente las ofensas son definidas y medidas por quien las recibe, ¿a eso te refieres?
-                     Si, por supuesto. Si alguien no respeta una relación - y reitero, nunca tuve nada con ninguna de ellas- o no es lo que esperabas:
Sencillamente continúa con tu vida. Fue lo que hice. -






1999.
Una otrora madre desesperada le dice al Poeta, le reclama, que él no es Dios para decir que a su niña no le queda mucho tiempo de vida. En su desesperación, el Poeta la lleva a hablar con el Sacerdote.
Mismo resultado.
Un año antes, la mujer lo ubica milagrosamente en una oficina en la que entra a trabajar como Asesor, y esa misma semana le habla del tiempo que tiene tratando de encontrarlo. Que le han dicho que él puede ayudarla. ¿El problema? Su hija, de cuatro años, nació con la columna vertebral bífida, abierta en dos. Un problema genético del cual los padres generalmente nunca tienen conocimiento antes del nacimiento.
Cuando el Poeta vio la foto que le mostró, sintió algo de repulsión…

¿Qué necesita?

Que un médico evalúe el caso en Roma –hay un hospital para niños junto al Vaticano, ¿lo sabe?, y es gratis-. Que consiga camas para la niña y para ella como acompañante. Que logre que le hagan la operación. En Roma las probabilidades de éxito son de noventa y cinco por ciento (95%), acá en el País, solo del cincuenta (50%), y sin la operación las expectativas de vida serían muy cortas.

Este fue el único caso en donde el Sacerdote asistió al Poeta, y no al contrario.
Once meses después, la madre y el Poeta discutían en una cafetería.
Después de haberlo conseguido todo, ella no quería enviar a la niña a Roma, y se escudaba en el supuesto miedo de la abuela si la trasladaban.

Si era por el boleto, él se lo pagaba.

-                     ¡No! Tú no eres nadie para decidir por mi niña. –

Asunto zanjado.

No fue que muriera justamente 30 días después.
Quizás tampoco descubrir que la madre lo que tenía era un novio (porque el padre de la bebe, al verla en la cuna del hospital, huyó el mismo día para nunca volver) y, con el capital que logró reunir durante cinco años (de pedir ayuda aquí y allá) tenía esperanzas de comenzar de nuevo.

A lo mejor fue el hecho de que, la madre, durante ese tiempo –los 30 días, me refiero- llamó a la oficina del Poeta todas las mañanas a las ocho en punto, solo para decirle (en tono de suave burla) que la niña seguía bien.

Tal vez solo fue que, durante la discusión, en la Cafetería, al Poeta se le nubló todo y escuchó como le susurraban: “dile que solo le quedan 30 días…”
Y se lo dijo.


Esa noche, del día en que finalmente murió, terminó llorando exactamente como lo hacía el Sacerdote cuando él lo conoció.
Y entendió.

El Poeta recuerda que cuando discutían, todos en el lugar pensaron que le estaba rogando para que volviera con él, pensaron que eran pareja (supongo que debido a que mucha de nuestra educación por entonces, estaba basada en las novelas baratas que, antes de la TV por cable, nos entretenían por las noches: “ignorancia” educándose a sí misma) y en base a ese error interpretativo, lo juzgaron, despreciándole abiertamente por creerlo tan débil.

-          ¿Qué sucedió después?
-          Enloquecí, creo. Solo recuerdo que me desconecté durante todo el fin de semana. Verás, desde niño supe que era diferente (un bicho raro que piensa al revés de todo el mundo); en la mente de mi madre, ser mucho más inteligente que el resto era un reto, una amenaza a su pequeño reinado absolutista familiar, en su concepción de vida, en su aislamiento para evitar que la verdad saliera de casa, con todo ese miedo por perder su pequeñísima parcela de poder en el mundo, su dominio comenzó a ser cada vez más astuto y hermético. Para protegerme, dividí mi personalidad en dos. Una era la pública, esa copiaba exactamente lo que mi madre inventaba de mí, y de hecho, lo fomentaba. Así la calmaba. Y a veces me dejaba tranquilo. La otra era la mía propia, esa personalidad que lo observaba todo y aprendía.
-          ¿Nadie conocía esa parte?
-          Alguna amiga que demostraba ser confiable. Ni familia ni amigos varones, tarde o temprano el rumor llegaba a ella, y entonces su control se hacía más asfixiante. Tener esa doble personalidad me ayudó mucho, porque dentro de su entorno yo era una cosa, fuera del mismo, otra. Cuando los enemigos se daban cuenta, porque yo reaccionaba cuando intentaban aprovecharse de mí, o avergonzarme, el miedo en sus rostros me sacaba una sonrisa leve. Y nunca más volvían a molestarme. Sin embargo, a medida que crecía, mi madre abarcaba más cada vez, todas las facetas de mi vida. Por tanto, las cosas importantes en mi vida, se las escondía. A veces pasaba horas, en una parada de autobús, solo para retrasar mi regreso a casa. Bien, esa doble personalidad fue la que me ayudó en los momentos de “desfase total”. Mientras una parte de mí se derrumbaba, la otra observaba, evaluaba, aprendía y daba consejos.
-          Te llamó como todos los días para decirte que había muerto.
-          A las ocho en punto. Sentí furia,  dolor, y salí de la oficina. Casi destrocé la pared junto a la entrada a puño limpio. Luego, por la noche, me tomé una botella de brandy, de un solo trago, y continué como si nada. El dolor me mataba, lo sentía en todo mi cuerpo, en toda mi alma. Parecía que iba a explotar. De adentro hacia fuera. Tuve que llamar a un amigo, a las once de la noche, y, llorando como un niño, contarle todo. Mis palabras salieron a borbotones. Después de escucharme me dijo que me calmara, que le repitiera. Solo entonces logré controlarme. Luego solo recuerdo un par de cosas. Cuando fui a lavar la ropa al siguiente día, donde siempre lo hacía, me acuclillé en la entrada y pasé dos horas haciendo el vaivén de los autistas, hacia delante, hacia atrás. Callado y sumiso. Luego fui al Centro y vagué, entrando en las mismas tiendas una y otra vez durante todo el día. Finalmente compré algo porque la vendedora me reclamó: entraba y miraba todo, una y otra vez, sin comprar nada. Después de eso todo comenzó a empeorar. Perdió sentido para mí. Me daba insomnio por las noches. Tomé pastillas para dormir. Andaba siempre alterado. Choqué un camión que no era mío, y repararlo se llevó casi todos mis ahorros. Mis empleadores comenzaron a execrarme, el Jefe de Ventas a buscarme problemas, pero cada día estaba yo más débil. No era solo espiritual, eran también físico. Cumplí la entrega de una orden a Puerto La Cruz justo el día en que se vencía el contrato, pedí la mitad de la comisión que pagaban por eso (4.000 dólares), calculé que con eso mis finanzas se corregirían. Pero la presión siguió. Hasta que un día, cuando decidieron mandar mi oficina al sótano, desarmé la computadora por completo y subí a entregar la llave. Luego –con los años- me enteré que gracias a mí, el dueño cubrió el tiempo en que prescribía la deuda que tenía con el SENIAT: le hice ganar una millonada sin saber. Luego pasé a trabajar en un hotel de 5 estrellas, con un cargo que nunca fue ratificado. Al año el Contralor renunció, y un mes después intentaron –con un nuevo jefe traído de México- realizar una transferencia fraudulenta a una cuenta inexistente en el exterior. Luego de resolverlo, el nuevo Jefe aprovechó un error contable de uno de sus protegidos, para acusarme. Fui despedido sin opción para defenderme. Era su palabra, y él era el gran gerente internacional. Decepcionado finalmente de todo, creyendo pronto mi fin, un año más tarde me vine a la isla.
-          ¿Creyendo pronto tu fin?
-          Vine buscando el lugar de mis sueños, un lugar triste y hermoso con arenas color marfil. Vine buscando un lugar donde morir… La vida no me daba ya incentivo alguno. El amor verdadero se convirtió en algo efímero, argumento para vender películas e historias de amor. La corrupción privada era igual o peor que la de la Cosa Pública, y la amistad era solo un recurso que utilizaban los que se graduaron copiándose las notas, para usas tus ideas y surgir con ellas.
-          ¿Qué recuerdas de tus primeros años acá en Nueva Esparta?
-          Aceptando lo que creí era mi destino, arrimaba una tumbona de playa a la arena, y dormía a la intemperie. Recuerdo una vez, como cuatro meses después de llegar. Eran las cuatro de la mañana, y la luna llena lo alumbraba todo con especial claridad. Hubo una lluvia de meteoritos. Se veían venir con su cola de humo. Y explotar. Explotaban al entrar a nuestra atmosfera: fue algo espectacular.
-          ¿Tragedias? Igual, parecidas.
-          Muchas. Había un pana al que conocíamos como “Patón”.  Era alto, ojos azules, buen talante. Mentiroso patológico. Hacia delicias las noches en la playa, para todo tenía un cuento. A veces nos reuníamos y él hablaba y hablaba hasta que llegaba la hora de las rumbas. Nosotros nos reíamos hasta el cansancio de sus ocurrencias. Era adicto a las drogas fuertes y, en temporada baja, robaba a la gente de la zona para cubrir su vicio. Finalmente tuvo que irse. Años después, una mujer madura se enamoró, lo sacó de esa vida, le mandó a poner los dientes (perdidos en incontables peleas) y él, en agradecimiento, controló su adicción durante unos meses, al cabo de los cuales ella tuvo que salir al exterior y, según dicen, volvió a lo suyo por unos días: la sobredosis le provocó un infarto. Recuerdo también a Williamtour. Le dieron un coctel de drogas fuertes, algunos dicen que en Italia, otros que fue gente que vive en la zona alta del sector, hubo otras víctimas y a todas les sucedió lo mismo: el cerebro parece que se les fundía. Iban y venían. Un momento estaban normales y al siguiente no sabían ni siquiera quiénes eran. Quedaban fuera de contexto, inválidos cerebrales. Como el Alzheimer, pero a intervalos y en gente joven.  En el fondo, creo yo por mi experiencia cuando murió la niña, sospechaban que algo sucedía, pero nunca fueron al médico. A Williamtour lo mataron en Porlamar, dicen que se fue de un restaurant sin pagar el consumo y, sin mediar palabra, el dependiente lo atrapó dos cuadras más abajo, y le abrió la cabeza con un tubo. Murió al cabo de un par de semanas. Ángel fue otro caso parecido, cuando la policía trató de atraparlo, corría desnudo por la playa, vociferando como un animal. Cinco uniformados tuvieron que intervenir para dominarlo. Casi se amputó una mano tratando de quitarse las esposas, que lo retenían a los barrotes de la Sede Policial. Meses después aún alucinaba, se me acercaba y, susurrando, me decía que tuviera cuidado, que alguien desde lo alto de las palmeras, nos observaba. Nunca volvió a ser el mismo. Vi mucha gente surgir por su propio esfuerzo, para luego caer en la bancarrota por tomar decisiones incorrectas, o ser traicionada por sus parejas. La “Perolito” era fea y delgada, siempre sucia. Recorría las noches de la playa, entregándose a cualquiera que le diera el importe para un gramo de marihuana. Terminaba su recorrido cuando despuntaba el sol. La vi bajarse de busetas solitarias, salir de taxis con todas las ventanas oscuras, merodear los servicios de seguridad hoteleros, visitar una y otra vez  -oculta entre las sombras y las luces apagadas- los restaurantes de la zona. También murió de un infarto. Ya para entonces vivía con un alcohólico que, según, se vino a la playa luego de cumplir condena por asesinar al hombre que violó a su hermana. La pasaban dándose golpes.
-          ¿Y de tu experiencia con el Sacerdote?
-          A veces, por las madrugadas, con una botella de vodka o de ron, observaba la playa, que siempre es diferente, y recordaba las tragedias de otros. Recordaba los indocumentados en nuestra tierra, y a los pobres que compraban lo necesario para comer solo dos días, y durante el resto de la semana, revisaban la basura de otros para suplirse; a las mujeres llevadas con engaños a otros países y luego obligadas a prostituirse. Y a la recién graduada, vegetando por amor; y a la niña adoptada, feliz, sin saber nunca que la pelea para darle eso, fue ardua y continua; me acordaba de familias enteras ocultas en algún desconocido lugar de la frontera colombo-venezolana, porque eran objetivos tácticos de la Guerrilla, de los Paramilitares o del Narco. En algunos casos nos llegaba la información, pero no podíamos hacer nada. También recordaba al africano, perseguido durante el resto de su vida, por todo el terror que vivió en aquella iglesia, por todo lo que vivió después hasta llegar aquí. Y me pregunté, muchas veces, cuantas otras cruzadas no había tomado el sacerdote en mi ausencia. Cuando sucedía, me daban ganas de volver, pero mi mente no estaba del todo bien. Mi cuerpo continuaba enfermo, correr 150 metros me obligaba a detenerme a descansar 4 o 5 veces. Y el futuro. El futuro para mí no tenía mucho sentido.
-          La recuperación fue lenta…
-          Cinco, seis años quizás. Tomé una trabajo de “toldero”. Por el esfuerzo físico, y de Barman, por el contacto con la gente. Gente que no sabía absolutamente nada de mi.-





Nota del autor:
Cuando el Poeta vio la foto de la niña sintió algo de repulsión.
Pero cuando murió un año más tarde, era su princesita. Y salvarle la vida, la mayor de sus prioridades.
En ello habían aunado sus esfuerzos un médico en Roma, un Sacerdote al que, probablemente, nadie nunca le dé un reconocimiento por su labor, y un Poeta que ayudaba, porque creía que de otra el Mundo no tenía ningún mérito para ser vivido.

Seis meses después de lo sucedido, abandonó el asesoramiento al descubrir que los Ingenieros para los que trabajaba (uno de sus tres únicos clientes), sobornaban a algunas autoridades gubernamentales, con el fin de ganar licitaciones en grandes contratos con las empresas del Estado: su falta de solvencia en el pago de los impuestos nacionales, no era por desconocimiento de la ley o desorganización interna, sino una argucia bien planificada, para tener Capital de Trabajo.

Durante algunos meses trabajó en un hotel caraqueño cinco estrellas. El Contralor general, después de demostrar a los corporativos que su gestión fue sólida y honesta –el personal que él mismo contrató y entrenó durante años, se empeñó en lo contrario y puso la denuncia en Casa Matriz- renunció. Semanas después, bajo la gestión de un nuevo Contralor venido de México, el Poeta impidió una transferencia que se trató de realizar en su ausencia por una suma multimillonaria. El Contralor pidió que fuera investigado todo el personal financiero. Solo cuando la policía descubrió que el Poeta fue quien evitó el hurto, dejó de molestarlo. Al gerente del Banco y a la Subgerente los despidieron en el acto. Un mes más tarde, el Poeta fue, misteriosamente, acusado de realizar mal un asiento contable por el que se le cobró –por tercera vez- un consumo al embajador de los Estados Unidos, un consumo que no le correspondía.
(La única prueba era la fotocopia de un documento de registro contable, donde realizaron el asiento –sin firma de quien lo hizo- con las iniciales del Poeta).
Y fue despedido.





Junio de 2001:

El llega a Playa El Agua. Trae un bolso de excursionista. Ha abandonado todo. Su habitación en una Pensión la ha retenido por si las cosas mejoran. Porque no tiene a donde llevar sus pertenencias. Y la ha retenido con la promesa de que, cuando mejore, si mejora, enviará el pago oportunamente. Pero al cabo de algunos  meses, la anciana que regenta la pensión llama a su familia, el origen de todo su desprecio por la vida, y lo desaloja sin consultarle.



A mediados de año un hombre llega a Playa El Agua,
a decir de los locales: “otro loco más”.
Es solo parte del montón,
parte de los vagabundos,
 mendigos,
 jíbaros y cuanta fauna extraña  
que, por alguna u otra causa, ha sido desechada o
perseguida en sus lugares de origen,
 y huyen.

El Poeta,
el profesional,
que sueña con ser un gran escritor,
con cambiar el mundo,
no ha venido a recuperarse,
sino a morir,
pero eso solo él lo sabe,
y mientras espera:

se hace invisible.


-         La gente creyó que yo era un Indigente… Y yo nunca les corregí. -

  



Cuando estaba por cumplir cinco años, recuerdo, tuve un sueño.
Con la experiencia de la vida
Y poco a poco,
terminé opinando lo que, supongo,
lo que todos los Seres Humanos pensamos alguna vez:
que la vida es un desperdicio,
y nuestro cuerpo una cárcel de donde añoramos escapar en algún momento.

Trabajar con el Sacerdote cambió esa percepción,
me enseñó que otros escogieron peores puertas.

 Con el tiempo, después de cambiarlo todo en mí, de corregir mi actitud ante la vida
y  aplicar los preceptos que aprendí en la universidad,
comenzaron a mejorar las cosas;
después de estudiar diversas filosofías y
 de meterme de lleno en la vida de la gente de la playa,
esa que para otros resulta solo una fauna de seres desadaptados,
desechados por una sociedad para la que generalmente no existen,
o despreciados como problemas de los cuales
ni siquiera debemos ocuparnos,
esa “gente común”
que vive el día a día;
concluí que quizás, la Vida, como tal,
 no tiene nada que ver con castigos divinos
y sí mucho,
con nuestra falta de valor para vivirla.

El poeta
















Basado en hechos reales.

Por razones que el autor desconoce –excepto que los votos del sacerdote lo exijan- nunca ha logrado autorización para dar a conocer los hechos en la manera en cómo le fueron presentados: un diario.
Mucho menos identificar al Prelado, sus cargos u Oficina para la época en que sucedieron.

En virtud del respeto que se merece este encomiable servidor, cuyos actos los hizo “en nombre de Jesús de Nazareth”, el autor ruega a todos aquellos que de algún modo llegaron a conocer sus labores, mantener el secreto.

En cuanto al dueño del diario, fiel compañero de una persona que nunca creyó que pudiera existir, el haber compartido esta realidad ha sido, para él, su mejor premio.

Borges sugirió una vez que uno debe estar pendiente, y continuar a pesar de todo, porque en cualquier rincón y en cualquier forma, Él te puede estar esperando con un obsequio en Sus manos. 



[1] Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, vigente como Ley Nacional a partir de su promulgación en Gaceta Extraordinaria # 5.859, de fecha  10/12/2007.