domingo, 13 de septiembre de 2015

Hiroshima y Nagasaki (1/2)

La mañana del 06 de agosto de 1945, los cielos de Hiroshima –hermosos y transparentes-se vieron rasgados por un solo y único avión norteamericano, el “Enola gay”; tan inofensivo pareció, que las alarmas para alertar sobre bombardeos, cesaron al poco de sus primeros llamados de alerta. La gente lo miró y, confiando en sus autoridades –ignorantes como ellos del terror que se avecinaba- pensó que arrojaría panfletos y volvió a sus labores cotidianas.
La Alemania Nazi había caído, aunque no sin antes gestionar directa o indirectamente, el asesinato de no menos de 45 millones de Seres Humanos (de todas las edades, religiones, razas y convicciones políticas); hay quien cree que la cifra fue muy superior, incluso que pudo llegar a los 70 (millones).
Entonces ¿por qué Hiroshima y Nagasaki –que anotó de inmediato 246 mil víctimas, y otras tantas con los años- nos provoca pesadillas?
Porque nos dijo una gran verdad: el horror de la guerra lo vive la gente común, como tú, como yo:
Somos los presos en los campos de concentración, somos los soldados que asesinan y son asesinados. Somos los oficiales al mando, a veces estamos al principio de la cadena de autoridad, a veces estamos al final, todo depende de nuestra capacidad para no sentir remordimiento, para quitarle al contrario su esencia como Ser Humano, porque nos lo ordenaron, o porque por sus acciones, sabemos que no merecen tal título.
Peor aún, a veces somos obligados porque -como los animales- debemos asesinar para sobrevivir.
También somos las mujeres violadas y somos los violadores. Somos los niños que no entendemos qué es lo que está pasando, mucho menos el por qué. Somos las madres que lloramos a nuestros hijos, muertos en nuestros brazos porque los ahogamos sin querer, tratando de que no nos delaten con sus llantos.
Somos la gente común, repito, los hijos que lloramos a nuestras madres, porque a alguien se le ocurrió la grandiosa idea de abrir nuestro estomago en canal, y no sabemos cómo volver a colocar en su lugar nuestros intestinos, o pisamos una mina antipersonal, construida por alguien al otro lado del mundo –que necesita mantener a su familia- y saltamos en una pierna o caminamos con un solo brazo, gritando al médico para que nos ayude a buscar la parte que falta, y remiende las costuras, como si solo fuéramos muñecas de trapo y no personas.
Somos las víctimas, a pesar de que nos digan lo contrario.
A pesar de lograr la victoria.
A pesar de nuestras banderas.

Nosotros (la gente común) somos el Bien y el Mal en el mundo, y tanto nos aterra, que preferimos ignorar la realidad, cuando no, le echamos la culpa al imaginario colectivo, o a lo que más le tenemos miedo: al espejo que vive junto a nosotros.
Juzgar lo sucedido con la Bomba Atómica, después de todos estos años, es sumamente fácil, tanto, que solo pensarlo rasga en lo irresponsable. Claro, con lo que sabemos hoy: ¿qué no hubiéramos hecho por evitarlo?
Pero ¿en aquel entonces?

El dilema norteamericano


Según las víctimas, lo que todos querían era acabar con 5 años de la más espantosa guerra que conoce nuestra era.
(Particularmente pienso que –cualquiera- es espantosa por sí misma).
                Sin embargo los japoneses no se rendían. Estaban –todos y cada uno- dispuestos a dar la vida por su Rey y por su país, y lo digo literalmente.
A mediados de 1944, la invasión a Saipán lo demostró con creces. Al verse irremediablemente perdida, la “población civil” optó, ante la mirada atónita de los estadounidenses, por suicidarse.
(Hay registros fílmicos que lo demuestran, por si te interesa hurgar en la herida).
Familias enteras, incluyendo niños pequeños, se acercaban a los riscos de la costa, y se lanzaban al vacío.
Un año más tarde, en su avance hacia Japón, 70 mil Marines atacaron Iwo Jima (isla de azufre). 22.000 muchachos nipones y sus autoridades, la defendieron.
Ignorando lo atroz del mano a mano, el saldo habla por sí solo:
21.000 muertos japoneses.
19.000 muertos norteamericanos y cerca de 7 mil heridos.
Con estos resultados en la mesa: ¿qué le esperaba a Norteamérica en Japón, que contaba para la fecha con cerca de 70 millones de habitantes?
El sólo pensarlo da escalofríos.
¡No justifico nada!
Todos somos víctimas.
Los que vivieron el momento.
Los que heredaron el momento.
Los que nacimos después, y por intentar olvidarlo, probablemente lo repitamos…

Tal y como lo dice el Talmut “quien quiera que salve una vida, salva al mundo entero".
Yo solo me pregunto, en mi humilde ignorancia (que parece ser en lo único que todos coincidimos):
¿Cuántos mundos murieron por el afán de poder de unos pocos? ¿Cuántos por esos sueños de grandeza, en donde son reyes absolutos, y los demás Seres Humanos solo meras estadísticas, movidas y sacrificadas bajo el supuesto de que no hay otra forma de salir adelante?
¿Cuántos otros perdieron la vida por esa ignorancia nacida de sus propios miedos, por esa sed de venganza latente solo en sus corazones (ese afán de no perdonar nunca viejos agravios) o simplemente porque la lealtad o la obligación –o la supervivencia- les impidieron cambiar las cosas?
¿Cuántas personas comunes –como tú y como yo- murieron, por detenerlos y darle al futuro una esperanza?
Pero sobre todo, ¿cuántos estamos conscientes de todo eso?

¿Algún día aprenderán nuestros líderes…
(Pequeños, medianos y grandes; que se consideran dirigentes y paladines, solo porque gritan más duro, se rodean de quienes son más ignorantes que ellos(as), o tienen facilidad para engañar a muchos)
…que si lo que queremos es parecernos a ÉL, debemos comenzar por entender SU naturaleza?
Para los Judíos es tan sublime que no puede ser nombrado, para los musulmanes es la máxima expresión de misericordia, para los cristianos, la luz que nos ilumina.
Al menos es la parte que me gusta, creer en un dios que aboga por la guerra no tiene para mí ningún sentido, es como si ÉL, en verdad solo fuera un gran niño malcriado, que disfruta creando a sus criaturas (incluyendo infinitos mundos, estrellas e inclusive, universos) con el único fin de ver como se destrozan las unas a las otras.
Esa visión que tienen algunos seres humanos que -supongo-  consideran la muerte como el final y no solo una puerta, para devolvernos al lugar de dónde venimos, me aterra, y le quita a la vida todo su esplendor.
A veces pienso, cuando veo las atrocidades cotidianas, en si algún día esos atributos (no robarás, no matarás, no cometerás perjurio, etc.) dejarán de ser solo argumentos para engañar a los rebaños(tanto como a sus líderes).
Otras veces me pregunto, si en algún momento en los tiempos futuros, los pondremos en práctica (incluyendo la misericordia).
Y si nuestros enemigos -reales o imaginarios- nos permitirán hacerlo.

Por ahora, a la Humanidad parece que lo que la mueve es el miedo, tanto, que siente más dolor por su mascota, que por su prójimo.


“…cuando amaneció en aquellos
lugares perdidos,
el sol me encontró abrazando mis rodillas,
estaba yo al borde de un acantilado,
escondido en una grieta,
llorando,
en silencio:

recordaba los traumas de la vida,
recordaba los traumas por venir.”
Daniels

 (“El No-Mundo”)