viernes, 13 de noviembre de 2015

Halloween II

También dicen, por lo bajo, que de vez en cuanto se le ve, desde lejos, parada, mirando fijamente el agua caer sobre las flores.

En Venezuela son comunes los cuentos de misterio. Están en las charlas entre amigos, personas que esperan en una cola, y/o quienes comparten algo de licor en un noche cualquiera (varados en Puerto La Cruz esperando el Ferry, o tomándose unos tragos de miche bajo el terrible frío de los Andes).
Haciéndole honor a esos cuentos quise escribir una historia de terror (El Perdido Terruño de Dios), sin embargo, las personas acá no están acostumbradas a ver una creación literaria como lo que es (o intenta ser): una buena historia a ser disfrutada en tiempos de ocio.
Por ello supongo (trampa usual cuando se es muy inteligente) es que comienzan a hacer cábalas, y a unir cabos que solo existen en su mente (forzar la conclusión que más se apegue a la respuesta que ya creen que tienen, el FBI lo llama paranoia social, a veces colectiva), buscando darle a la obra un sentido que, al crearla, no se antojó por ningún lado.

En Norteamérica Stephen King se hizo famoso al culminar sus estudios de literatura, con una tesis de grado a la que llamó “Carrie”. La historia versa sobre una adolescente cuya madre controlaba al 100% su vida y (o al menos lo intentaba) hasta sus pensamientos. En la fiesta de graduación, la burla de sus compañeros de clase colmó el vaso, y la niña descubrió que tenía poderes telequinéticos, con los que -por supuesto- tomó una terrible venganza (luego de aniquilar a todos los que se burlaron de ella, asesinó a su madre aplastándole el corazón con la mente –al menos en la versión de autor-).

Pero estamos en Venezuela, el país donde aún parece haber una competencia nacional, que gira en torno a “quién es el más vivo”, y por tanto, todos queremos estar un paso adelante. Así, “El Perdido Terruño de Dios” ha sido catalogado por algunos como una obra maldita, escrita por alguien que intenta fomentar el culto al demonio, cuando no, de un contenido erótico tal, que raya en lo enfermizo.
Triste.
Un buen libro debe ser como una película: nadie busca cuestionar los entretelones de su creación, pagas la entrada del cine, la disfrutas y te vas. O un buen CD: te pones los audífonos y te olvidas del entorno y de las preocupaciones.
Aunque en el fondo quizás señale una pequeña verdad: “El Perdido Terruño de Dios” produce mucho miedo, y eso es una pequeña victoria personal: mi primer cuento de terror, recuerdo, causó risas.

Lo que voy a contar nace de una anécdota (por curioso tengo muchas) y sucedió con una muchacha de CASALTA, zona de clase media-baja de la Gran Caracas, ya hace algunos años.

Ella era hija única –aunque no sé si eso tuvo algo que ver- y desarrolló una forma propia de socializar: no socializar, excepto con los que consideraba de su mismo nivel o categoría.
Por tanto, tenía muy mal carácter, y respondía mal (golpeado, casi grosero) a cualquiera. Vivía con sus padres en un pequeño departamento en Planta Baja, de los que hizo el régimen de Pérez Jiménez (el único corrupto en la historia del país –que se sepa- que pagó cárcel por su desfalco al erario de la Nación) con un pequeño jardín en la entrada.

Era joven, hasta bonita, algo gruesa.

Quizás su mundo también era muy pequeño, y la falta de experiencia le impidió visualizar que en la vida cotidiana nunca sabes con que encontrarte. Y es que, los problemas pueden estar a la vuelta de la esquina, peor en una zona media-baja; no digo por maldad, sino por el hecho de que todos tenemos problemas, y en esas zonas por lo general no tienes como vadearlos; nadie tiene para prestar, hay muchos depredadores, y mucha gente haciendo cosas malas porque tienen a un familiar o a un amigo  con poder –en lo legal o en lo criminal- y se aprovechan. A veces hasta sin que el familiar o el amigo se entere.

En consecuencia -por eso de que todos intentamos sobrevivir- la mayoría opta por reunirse un grupo de amigos en quien confiar (los alcohólicos del fin de semana, los religiosos, los estudiantes, los drogadictos…)

Pero la peculiaridad de los problemas es que nos persiguen, sin importar nuestra belleza física (o nuestra fealdad), sin importar nuestras inclinaciones políticas, el monto que tengamos en nuestras cuentas bancarias, o nuestra edad.

Es como si el Buen Dios hubiera dicho: ¿a ver si eres tan bueno como crees?

Ya sabes, si del cielo te caen limones (y para algunos es lo único que les cae): ¡aprende a hacer limonada!
A los problemas no les importa nada.
Se enamoran (como algunas personas que creen que la manera de superarse, es montándose sobre ti) y te persiguen y te imploran continuamente, para que te metas en más problemas.
Además, ¿quién dice que no fue lo que pediste antes de nacer?
Para mí el Buen Dios es como Evita en la canción: Él, solo vive por ti, para ti…

Bien.

En Caracas hay un dicho que reza: pa malo, malo y medio. Y la peor torpeza es buscarle problemas a alguien, y no esperar respuesta.
Recuerdo que alguien me enseñó:
 “no te metas en intrigas, no juzgues,
no engañes,
porque entre cielo y tierra no hay nada oculto,
y tarde o temprano,
 todo se sabe”.

Pero ella -esas cosas, que se aprenden en la calle- no las sabía, así fue desde niña; por tanto, ya de adulta: del trabajo pa tu casa o a la universidad. Ni voltees.

Una mañana cuando –como todos los días- tomó el Metro, los problemas llegaron a ella.
Atestado como siempre, en cuanto desocuparon un asiento se arrojó, coincidiendo con otra muchacha que, al reclamarle, recibió su buena dosis de insultos e improperios. Gritos  vinieron y se fueron, y la gente sonrió, igual, no era con ellos.

Al llegar a la estación de destino, las personas salieron, ya sabes, todos juntos y apresurados, entre empujones y codazos (y alguno que otro carterista) atiborrando los pasillos  y las salidas del lugar.

En Japón, cuyo nivel de vida te aleja de las razones que pudieras tener para robar
 (los salarios son excelentes, la moneda sólida
y el país produce los artículos que el resto del mundo añora con pasión),
el Metro contrata empleados cuya única finalidad,
es empujar a los usuarios dentro para que las puertas cierren.
Nadie se queja.

Sin embargo, ese día, ella quedó allí. En su puesto ganado a gritos y maldiciones.
La muchacha de mal carácter.
Hija única.
Joven, hasta bonita, algo gruesa: inmóvil, sin vida.

Hasta hoy día nadie ha podido explicar qué sucedió, mucho menos cuando; porque la puñalada fue silenciosa, certera, única.

Y por la espalda.

El problema con las ofensas, es que el nivel de la misma,
así como la respuesta,
 la define el ofendido.

¿De qué mundo vendría la que se peleó el puesto?

He visto trabajadores de la playa intentar darse unos machetazos por un coco.

Y son más comunes de lo que se piensa,
los hechos de sangre entre amigos o compadres,
por el último poquito que queda en la botella de ron.

Las peleas familiares suelen ser
terribles y asfixiantes,
a veces trágicas,
y pueden desatarse por un simple gesto
mal interpretado..

A veces, me han dicho que, por las madrugadas, ¿sabes?,  justo cuando el sol raya la oscuridad, los vecinos la escuchan cantar, como lo hacía todos los días cuando regaba su pequeño jardín antes de irse al trabajo.

De hecho, ya la mayoría prefiere rodear el lugar, para no tener que cruzar frente a su departamento.