sábado, 17 de diciembre de 2016

Bolívar no era normal, Bolívar era único…
 A principios de 2013, daba por terminada una obra para la cual realicé una investigación que me llevó poco más de dos años. Mi interés sobre Bolívar viene desde niño, así como mi pasión con la escritura; recuerdo que me fascinaban los bolígrafos, los bultos de cuero, y siempre intentaba escribir “algo”. La vida me tomó por sorpresa temprano, abofeteó mi rostro y me vapuleó al punto de obligarme a tomar algunas decisiones importantes. Tengo entendido que a todos esos cambios,  mucha gente les llama: vivir (aunque por cierto, el vapuleo no cesó hasta ya bien entrada mi adultez).
Una solventado las tragedias, las perdidas, y el desinterés que en algún momento llegué  tener por la vida y por las personas, retomé el proyecto. En ese momento pensé en una obra de teatro para niños, pero a medida que más indagaba sobre la vida y obra  del Libertador y los suyos, más inquieto me sentí. Era como si ante mí se hubiera presentado una trama al mejor estilo de los servicios de inteligencia actuales, una trama que no me permitió dejarla hasta entender, o creer entenderlo todo. El desorden histórico me desorientó, por cierto, y lo hizo a  tal punto, que decidí comenzar por estudiar el entorno histórico de su gesta. Eso, me llevó más atrás. Y  medida que más avanzaba, mas fascinado me sentí.
Bolívar, nuestro libertador, “padre fundador” de cinco naciones hispanoparlantes, no solo fue uno de los hombres más ricos del Imperio Español. Hablaba francés e inglés fluido; sus maestros –los mejores disponibles, tanto en américa como en Europa- lo instruyeron en “Lengua Latina y Gramática, Matemática, Literatura y Geografía, Letras”. Y en lo militar, tuvo de tutor a uno de los mejores soldados del imperio, cuyo valor, astucia y prestancia, fueron igualmente valorados y celebrados por el imperio español –que lo incluyó en su lista de los más buscados, al haber renunciado a  sus filas y comenzar  a divulgar sus ideas independentistas- el ruso; por las autoridades del naciente país del norte así como de  Inglaterra, con quienes compartió estrategias y amistades; hasta participó en la guerra por defender la Revolución Francesa.
Imposible que Don Francisco de Miranda, no le haya convertido en un experto esgrimista, espía y líder táctico. Y si esto no fuera suficiente, al poco de haber quedado viudo, aceptado los votos oficiales que lo convertían en Masón grado 33, una de las distinciones más altas que pudieran otorgar la hermandad secreta y a  la que seguramente pertenecían la mayor parte de los padres fundadores de los Estados Unidos:

 “…Un mes antes, exactamente el 11 de noviembre de ese año, Bolívar aceptó su nombramiento como miembro formal de la logia francesa.
El undécimo día del undécimo mes, del año de la Gran Luz 5805 para los Masones.
Su discurso de aceptación y agradecimiento lo dio en francés, un francés fluido y elegante según los testigos…
En Europa, bajo el cuidado de su representante, el Marqués Jerónimo Ustáriz y Tovar, aprendió perfectamente el Francés y el Inglés, completó sus estudios en matemática, y pasó deliciosas horas leyendo empedernidamente algunos de los clásicos más importantes, textos antiguos tomados de las voluminosas bibliotecas, tanto de la familia como de sus amistades.
Probablemente los autores franceses, al igual que sucede con todos los jóvenes ante lo prohibido, le atrajeron.
Fue también durante ese año que hizo su tercer juramento, sucedió en el Monte Sacro, la más pequeña de las siete colinas romanas; y tuvo como testigo a Don Simón Rodríguez, que como ya dije, fue por entonces su fiel compañero de viajes:
“¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”. 
Viudo y totalmente huérfano para la fecha, este príncipe de la nobleza hispano parlante, sin saberlo, sentenció a muerte la tiranía española en el Nuevo Mundo[1].
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“Cuando tomamos la decisión de armar el Códice, algunos de los míos consideraron que el momento escogido por la Providencia, para darle comienzo a estas transformaciones, fue el año de 1773, mismo en el que los padres del General Bolívar contrajeron nupcias.
Su padre, Juan Vicente de Bolívar y Ponte Andrade, fue un militar imperial que, gracias a su agilidad en los negocios, incrementó en mucho la de por sí considerable fortuna que heredó con su apellido.
Sabemos que solicitó a la Corona el título de “Marqués de San Luis”, nombramiento que, a pesar de haberlo pagado, nunca le llegó.
El abuelo del niño Simón por su parte, fue un prominente político de Aragua, y su abuela, una noble caraqueña de nombre Petronila...
(Se han encontrado cartas dentro de la correspondencia de Miranda, en donde el padre de Bolívar le pedía su intervención para hacer cambios políticos en el Imperio)
…Pero que tal solicitud la hiciera precisamente el albacea de la Corona en Venezuela, bueno, después de la sorpresa comprendimos de donde venía la filiación entre el heredero de la casa Bolívar y Palacios, y el famoso militar caraqueño…
…De niño Bolívar era solo un chico más, juguetón y avispado, a quien no le compraron un niño negro para que lo acompañara, sino que lo dejaron convivir con los críos esclavos, como uno más.
Con su madre ausente y el padre fallecido, la relación con la Negra Hipólita debió haber sido muy profunda, y por tanto, una de las personas más influyentes en su vida.
No nos cabe duda de que ella complementó los sólidos conceptos morales que adquirió con su apellido, y es que, además de su honestidad, para el niño Simón un juramento era una obligación de toda la vida…
…En 1802 Francia y el Imperio Británico firmaron un pacto de paz, que nunca llenó completamente las expectativas ni de uno ni de otro –de hecho, ninguno de los dos países le hizo honor como se esperaba-, mientras tanto, el joven heredero de la casa Bolívar y Palacios contrajo nupcias con una joven de Madrid, si mi memoria no falla, de nombre María Teresa Toro Alaiza.
Ella no fue su primer amor -estamos seguros de eso- pero si su primer juramento.
Bolívar por su parte, vuelve a probar el sabor de la muerte, y es que al llegar a su Hacienda en San Mateo, en las Provincias Venezolanas, dichoso en felicidad y probablemente lleno de planes para una vida lejos de las intrigas revolucionarias, su esposa cae víctima de fiebres malignas, ante lo cual, ni su apellido ni su riqueza pueden hacer nada.
Para 1804, cuando Bonaparte declaró finalmente su Imperio, harto de ser acusado por las autoridades austríacas e inglesas, o porque desde el principio fue su verdadera intención, Bolívar se encuentra en Europa para jurar fidelidad -en la logia de París- al Sistema Republicano y a los cambios que su implementación traería.
En algo siempre comulgaron sus enemigos, Bolívar no era normal.
Nunca lo fue: Bolívar era “único”.
…Por entonces Bolívar ya compartía con lo más granado de la sociedad: Voltaire, Hegel, Rousseau…
Si bien los sabios aconsejan atender a todos con igual prestancia y educación -ser igualmente humildes y honestos ante reyes, tanto como ante mendigos- es muy difícil mantener una relación duradera, con alguien que no tenga tu mismo nivel intelectual.
Llega un momento en que no sabes de qué hablar.

Es con gente parecida a nosotros que terminamos constituyendo el escenario en el cual nos desenvolvemos, esta tarima donde nos ha tocado representar el teatro de nuestra propia vida, quizás para demostrarle a Dios -único espectador en la sala, supongo- que puede confiar en nosotros.
Sin este nivel “intelectual”, luego de cubrir las necesidades que originaron el contacto, es complicado mantener cierto trato recíproco, hasta lo más simple resulta pesado.
Lo explico porque la realidad fue que -en su genialidad- Bolívar era un solitario, doña Manuelita fue un obsequio de la Providencia, y toda una sorpresa[2]”.
La historia termina de una manera muy triste. Las ideas revolucionarias de Miranda y Bolívar murieron al ser asesinados este último y el General Sucre. Los hispano-parlantes fuimos – a propósito- sumidos en la ignorancia y la confusión, instalándose en el poder, bajo la fachada de partidos políticos y el bien (¿?) de la mayoría, toda una nueva generación de embaucadores al mejor estilo del imperio defenestrado. Lo único que cambiaron fue que a partir de la exitosa gesta de los Libertadores, ahora podían robar para ellos, y no para su superior ni para el rey. Fue el nacimiento de lo que llamo “el síndrome del rey absoluto”, que lleva a muchos a anhelar poder sobre los demás y algo de efímera gloria terrenal.













[1] (Daniels, “La Rebelión de las Provincias Unidas”. Pp. 33, 2013)
[2] (Daniels, “La Rebelión de las Provincias Unidas”. Pp. 17, 19, 20, 21, 31, 32 y 45. 2013)