Bolívar no era normal, Bolívar era único…
A principios de 2013, daba por
terminada una obra para la cual realicé una investigación que me llevó poco más
de dos años. Mi interés sobre Bolívar viene desde niño, así como mi pasión con
la escritura; recuerdo que me fascinaban los bolígrafos, los bultos de cuero, y
siempre intentaba escribir “algo”. La vida me tomó por sorpresa temprano, abofeteó
mi rostro y me vapuleó al punto de obligarme a tomar algunas decisiones
importantes. Tengo entendido que a todos esos cambios, mucha gente les llama: vivir (aunque por
cierto, el vapuleo no cesó hasta ya bien entrada mi adultez).
Una solventado las tragedias, las perdidas, y el desinterés que en algún
momento llegué tener por la vida y por
las personas, retomé el proyecto. En ese momento pensé en una obra de teatro
para niños, pero a medida que más indagaba sobre la vida y obra del Libertador y los suyos, más inquieto me
sentí. Era como si ante mí se hubiera presentado una trama al mejor estilo de
los servicios de inteligencia actuales, una trama que no me permitió dejarla
hasta entender, o creer entenderlo todo. El desorden histórico me desorientó, por
cierto, y lo hizo a tal punto, que
decidí comenzar por estudiar el entorno histórico de su gesta. Eso, me llevó más
atrás. Y medida que más avanzaba, mas
fascinado me sentí.
Bolívar, nuestro libertador, “padre fundador” de cinco naciones hispanoparlantes,
no solo fue uno de los hombres más ricos del Imperio Español. Hablaba francés e
inglés fluido; sus maestros –los mejores disponibles, tanto en américa como en Europa-
lo instruyeron en “Lengua Latina y Gramática, Matemática, Literatura y
Geografía, Letras”. Y en lo militar, tuvo de tutor a uno de los mejores
soldados del imperio, cuyo valor, astucia y prestancia, fueron igualmente valorados
y celebrados por el imperio español –que lo incluyó en su lista de los más
buscados, al haber renunciado a sus
filas y comenzar a divulgar sus ideas
independentistas- el ruso; por las autoridades del naciente país del norte así
como de Inglaterra, con quienes
compartió estrategias y amistades; hasta participó en la guerra por defender la
Revolución Francesa.
Imposible que Don Francisco de Miranda, no le haya convertido en un experto
esgrimista, espía y líder táctico. Y si esto no fuera suficiente, al poco de
haber quedado viudo, aceptado los votos oficiales que lo convertían en Masón
grado 33, una de las distinciones más altas que pudieran otorgar la hermandad
secreta y a la que seguramente
pertenecían la mayor parte de los padres fundadores de los Estados Unidos:
“…Un mes antes, exactamente
el 11 de noviembre de ese año, Bolívar aceptó su nombramiento como miembro
formal de la logia francesa.
El undécimo día del undécimo
mes, del año de la Gran Luz 5805 para los Masones.
Su discurso de aceptación y
agradecimiento lo dio en francés, un francés fluido y elegante según los
testigos…
En Europa, bajo el cuidado
de su representante, el Marqués Jerónimo Ustáriz y Tovar, aprendió
perfectamente el Francés y el Inglés, completó sus estudios en matemática, y
pasó deliciosas horas leyendo empedernidamente algunos de los clásicos más
importantes, textos antiguos tomados de las voluminosas bibliotecas, tanto de
la familia como de sus amistades.
Probablemente los autores
franceses, al igual que sucede con todos los jóvenes ante lo prohibido, le
atrajeron.
Fue también durante ese año
que hizo su tercer juramento, sucedió en el Monte Sacro, la más pequeña de las
siete colinas romanas; y tuvo como testigo a Don Simón Rodríguez, que como ya
dije, fue por entonces su fiel compañero de viajes:
“¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos,
juro por mi honor y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni
reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad
del poder español!”.
Viudo y totalmente huérfano
para la fecha, este príncipe de la nobleza hispano parlante, sin saberlo,
sentenció a muerte la tiranía española en el Nuevo Mundo[1].
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“Cuando tomamos la decisión
de armar el Códice, algunos de los míos consideraron que el momento escogido
por la Providencia, para darle comienzo a estas transformaciones, fue el año de
1773, mismo en el que los padres del General Bolívar contrajeron nupcias.
Su padre, Juan Vicente de
Bolívar y Ponte Andrade, fue un militar imperial que, gracias a su agilidad en
los negocios, incrementó en mucho la de por sí considerable fortuna que heredó
con su apellido.
Sabemos que solicitó a la
Corona el título de “Marqués de San Luis”, nombramiento que, a pesar de haberlo
pagado, nunca le llegó.
El abuelo del niño Simón por
su parte, fue un prominente político de Aragua, y su abuela, una noble
caraqueña de nombre Petronila...
(Se han encontrado cartas dentro de la correspondencia de Miranda, en donde
el padre de Bolívar le pedía su intervención para hacer cambios políticos en el
Imperio)
…Pero que tal solicitud la
hiciera precisamente el albacea de la Corona en Venezuela, bueno, después de la
sorpresa comprendimos de donde venía la filiación entre el heredero de la casa
Bolívar y Palacios, y el famoso militar caraqueño…
…De niño Bolívar era solo un
chico más, juguetón y avispado, a quien no le compraron un niño negro para que
lo acompañara, sino que lo dejaron convivir con los críos esclavos, como uno
más.
Con su madre ausente y el
padre fallecido, la relación con la Negra Hipólita debió haber sido muy
profunda, y por tanto, una de las personas más influyentes en su vida.
No nos cabe duda de que ella
complementó los sólidos conceptos morales que adquirió con su apellido, y es
que, además de su honestidad, para el niño Simón un juramento era una
obligación de toda la vida…
…En 1802 Francia y el
Imperio Británico firmaron un pacto de paz, que nunca llenó completamente las
expectativas ni de uno ni de otro –de hecho, ninguno de los dos países le hizo
honor como se esperaba-, mientras tanto, el joven heredero de la casa Bolívar y
Palacios contrajo nupcias con una joven de Madrid, si mi memoria no falla, de
nombre María Teresa Toro Alaiza.
Ella no fue su primer amor
-estamos seguros de eso- pero si su primer juramento.
Bolívar por su parte, vuelve
a probar el sabor de la muerte, y es que al llegar a su Hacienda en San Mateo,
en las Provincias Venezolanas, dichoso en felicidad y probablemente lleno de
planes para una vida lejos de las intrigas revolucionarias, su esposa cae
víctima de fiebres malignas, ante lo cual, ni su apellido ni su riqueza pueden
hacer nada.
Para 1804, cuando Bonaparte
declaró finalmente su Imperio, harto de ser acusado por las autoridades
austríacas e inglesas, o porque desde el principio fue su verdadera intención,
Bolívar se encuentra en Europa para jurar fidelidad -en la logia de París- al
Sistema Republicano y a los cambios que su implementación traería.
En algo siempre comulgaron
sus enemigos, Bolívar no era normal.
Nunca lo fue: Bolívar era
“único”.
…Por entonces Bolívar ya
compartía con lo más granado de la sociedad: Voltaire, Hegel, Rousseau…
Si bien los sabios aconsejan
atender a todos con igual prestancia y educación -ser igualmente humildes y
honestos ante reyes, tanto como ante mendigos- es muy difícil mantener una
relación duradera, con alguien que no tenga tu mismo nivel intelectual.
Llega un momento en que no
sabes de qué hablar.
Es con gente parecida a
nosotros que terminamos constituyendo el escenario en el cual nos
desenvolvemos, esta tarima donde nos ha tocado representar el teatro de nuestra
propia vida, quizás para demostrarle a Dios -único espectador en la sala,
supongo- que puede confiar en nosotros.
Sin este nivel
“intelectual”, luego de cubrir las necesidades que originaron el contacto, es
complicado mantener cierto trato recíproco, hasta lo más simple resulta pesado.
Lo explico porque la
realidad fue que -en su genialidad- Bolívar era un solitario, doña Manuelita
fue un obsequio de la Providencia, y toda una sorpresa[2]”.
La historia termina de una manera muy triste. Las ideas revolucionarias de Miranda
y Bolívar murieron al ser asesinados este último y el General Sucre. Los hispano-parlantes
fuimos – a propósito- sumidos en la ignorancia y la confusión, instalándose en el poder, bajo
la fachada de partidos políticos y el bien (¿?) de la mayoría, toda una nueva generación de embaucadores al mejor estilo del
imperio defenestrado. Lo único que cambiaron fue que a partir de la exitosa
gesta de los Libertadores, ahora podían robar para ellos, y no para su superior
ni para el rey. Fue el nacimiento de lo que llamo “el síndrome del rey absoluto”,
que lleva a muchos a anhelar poder sobre los demás y algo de
efímera gloria terrenal.
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