lunes, 13 de abril de 2015

Se puede morir por “amor”


En SU nombre



Lo expuesto en esta obra se basa en hechos reales, sin embargo, ya que en un principio era un Diario que buscaba homenajear la labor del prelado, así como hacer del conocimiento público algunos detalles de la Iglesia Católica desconocidos para la mayoría (detalles que la acercan en alguna medida a los nobles preceptos que debieron basar su creación) se ha modificado la narrativa.

Siendo fiel a la promesa de mantener el anonimato de todos los involucrados, se han ocultado igualmente fechas, lugares y nombres.

El autor espera sin embargo, que la verdad subyacente en “en Su nombre” inspire a otros, no tanto a imitar la meritoria labor de quienes invirtieron desinteresadamente algún tiempo de sus vidas, en ayudar al prójimo (identificados aquí como “el clérigo” y “el poeta”) sino más bien, a reinterpretar el valor de sus propias existencias.
(nota del autor.)

***************

Para finales del siglo XX me encontraba bastante desilusionado del mundo. Por cosas de la vida, un compañero de trabajo se quejó en voz alta de la corrupción que había en cierto organismo de ayuda internacional (donde trabajaba su novia) e, intercambiando razones, terminó hablándome de un pastor, famoso por su denodado interés en ayudar a los demás.
Habiendo captado mi interés, el compañero pasó a ponerme al tanto de lo que parecía ser un grave problema, entre el buen hombre y las autoridades de no recuerdo que Hospital.

Claro que podía ayudar, le dije, y un par de semanas después, la novia –sin explicar para nada de qué se trataba- me envió la dirección.


El Poeta:
Cuando estaba por cumplir cinco años, recuerdo, tuve un sueño. Ya por entonces me preguntaba
 -entre otras cosas-  qué mundo tan extraño era este, que a pesar de poder tocarlo, me era tan irreal.
¿O qué hacía yo en el seno de una familia que –evidente para mí al menos-
 me era tan ajena?

Para esas fechas sufría de asma: asma nerviosa causada por el stress
Que me producía el entorno familiar.

A los dos años o antes, tuve otra experiencia, fue por eso que nunca me arreglé la dentadura.
Para no olvidarla.

Pero esa vez, faltando poco para cumplir los cinco –repito- soñé
que me encontraba en un lugar
muy difuso; sabía que había  gente a mi alrededor, mucha,
pero no podía verla,
gente que parecía mi familia,
esa que sientes –sin que te lo demuestre ni que te lo diga-
que te quiere con tolo el corazón.

Y había también un anciano de hermosa sonrisa,
con cabellos y barbas plateados,
mi versión por entonces, supongo,
de lo que imaginaba debía ser Dios.
De la conversación recuerdo solo un fragmento:
-          Esa es una de las más difíciles -me dijo.
-          Pero yo puedo, estoy seguro. –

Luego ingresé en una de siete puertas y,
como en los cuentos para niños, caí.
Caí por un túnel y un vacío,
aterrado,
hacia el otro lado.




******************







Introducción


Muchas veces, mi percepción de lo que supongo es Dios, ha sido lo único que para mí ha tenido algún sentido.
De resto: comer, dormir, ir al baño, trabajar…, comer, dormir, ir al baño, trabajar…
Todo el tiempo lo mismo.

El diálogo con mi entorno, no lo olvido, generalmente ha sido también vacuo, vacío de un todo, así que, bueno, terminé criándome entre la literatura, los estudios, la música y el cine (aunque cuando niño veía mucha televisión, el único hobby disponible en casa, y recuerdo momentos memorables de cuando los protagonistas de mis series favoritas, intercambiaban dudas sobre los temas que más me inquietaban).

Algunos en el trabajo, ya de adulto, hablaban de deportes, imaginándose a los ídolos del momento (a mí me interesaba el yoga y las artes marciales, así que no me sentía atraído).
Otros hablaban de los crímenes que se sucedían a diario, y que colmaban la prensa amarillista en busca de dinero para continuar sacando las noticias del día a día.
Yo me crié en zona roja, y aunque a Dios gracias el crimen se mantuvo relativamente lejos de nosotros, era algo cotidiano.
A veces te topabas con el crimen, bajando por los toboganes de la basura y saliendo justo en el interior del apartamento en donde vivías, huyendo de la policía que le disparaba desde la calle. O mientras salías del edificio una madrugada, y te lo encontrabas -al crimen- muerto en un rincón de las escaleras por una sobredosis.
También podía ser que el papá de quien creías tu mejor amigo, fuera policía, y trabajara para el gobierno, o sencillamente le dabas la cola a un pana que nunca se metió contigo, pero que sabes –porque todo el mundo lo sabe- que vive de atracar bancos. Así que, como digo, el crimen como tema de conversación tampoco me interesaba.

El discurrir cotidiano era el chisme.
De niño, de adolescente, de adulto. Para la mayoría era una manera de sentirse parte importante de algo. Y también era lo único que se daba gratis. Las guerras internas en el trabajo para demostrar quien tenía el mejor chisme, o quien generaba más miedo al “qué dirán”, resultaban asfixiantes.
Las personas parecían vivir en una zozobra constante, en una intriga, y los más débiles o despistados, buscaban asociaciones estratégicas con los líderes del chisme.
Pronto –ante la presión y convencido de que hablarían de todos modos- comencé a poner en práctica una estrategia que, aunque no solucionaba en nada la situación, me permitía controlar lo que se decía: la información sobre mí, solo llegaba a través de mí.
Y es que, aunque dijera la verdad, la experiencia me ha demostrado –una y otra vez- que los chismosos traducen todo y lo adaptan a sus propias y retorcidas versiones.
Nada peor para los mentirosos cotidianos, que quedar al descubierto.

Así, la mejor trampa contra el chisme resultó ser siempre: decir la verdad.

Pero luego me fastidiaba, porque si siente que está a punto de caer en su propia trampa, busca desesperadamente nueva información, y entonces comienzan a turnarse los compañeros de trabajo para hacerte la misma pregunta una y otra vez.
Sobre todo si son nuevos e buscan socializar con el entorno laboral.

Como digo, a cada cosa que “creían saber”, le agregaban algo turbio, algo que sólo estaba en sus mentes, imaginativas por demás.

Finalmente entendí que la cultura del chisme es una manera de hacer daño, primero para divertirse, luego, para protegerse del resto de los chismosos.
Ya sabes, es la cultura del más vivo.

Pero no logrando contenerlos cometí un error ético, empecé a jugar yo también, a darles información falsa, y aunque esto me permitió detectar como era el flujo de la información informal, identificar los canales de comunicación de los “rumores de pasillo” (de donde partían los chismes, cómo crecían, hasta donde llegaban) aquellos que más me interesaban –mis amigas por lo general, o mis tutores- terminaban dudando de mi honestidad.

Otra cosa que aprendí es que hay personas muy convincentes, personas que no se sienten bien si no son líderes dentro de las organizaciones para las que trabajan; y para lograrlo lo primero que hacen es proyectar hacia los superiores una imagen de perfección y compromiso laboral, y hacia los iguales o inferiores, la idea de que son una extensión de la autoridad, así, el mensaje tácito y silencioso es:
“quien despide al personal cree totalmente lo que le digo, así que no se te ocurra meterte conmigo, o contrariarme”.

La mayoría de los ladrones de cuello blanco utilizan esta estrategia, muy efectiva cuando trabajas con personal de bajo nivel (tanto por encima de ti como por debajo), o cuando hay algún tipo de crisis en la sociedad a la que perteneces, y la mayoría sabe que perder el trabajo es un lujo que no puede darse.
Conozco al menos dos casos en donde estas personas han llevado la empresa a la ruina, obligando a los dueños a vender o a reorganizarse, y como el problema real sigue ausente de sus mesas de análisis, tarde o temprano la coyuntura se repite.

He visto personas importantes –profesionales de alto poder y responsabilidad- siendo hábilmente manipuladas por gente muy mediocre, tomando decisiones erradas a montones.

En algún momento decidí dejarlos correr –los chismes, porque dando explicaciones a cada rato no  puedes vivir- y comencé a observar quien, basado en lo que creía que sabía, me execraba.
Esto me permitió catalogar a las personas, etiquetarlas según los diferentes niveles de confianza que percibía en ellas.

Las mujeres, y sólo algunas, me inspiraron al punto de darles a conocer las cosas ocultas que yacen en mi corazón, de este modo pasaron a formar parte de un selecto grupo de recuerdos (mis amigas) seres de especial sensibilidad y dulzura, e inteligencia, que nunca –por alguna u otra razón- se pudieron quedar lo suficiente.  

Los chismosos por cierto, hacen fiesta con lo que creen que saben, y se burlan, y hablan de todo, a todos.

Siempre les digo la verdad, pero a cuenta gotas.

Tal vez no sea lo mejor, sin embargo, actuar así limpia un poco el jardín; como digo, me hace ver en quien puedo confiar.
Luego de un tiempo, cuando confluyen algunos factores, cuando tengo el panorama completo, y alguien que me importa o que merece –por su forma de ser- una explicación, demuestro que la verdad no es el chisme.

Por lo general vuelve el común de las personas a saludarme, y los chismosos se esconden en sus madrigueras, esperando a que todo se olvide.

Entonces me voy de la zona, aunque también me he ido de muchas partes sin explicar nada.

La gente seria, para mí, es aquella que surge gracias al esfuerzo propio y honestidad, aquella que cree y por tanto, consigue el amor, aquella que, a pesar de su soledad, es respetada.

Los estudios no hacen una diferencia por cierto; los valores familiares parece que sí.

Volviendo a mi infancia, recuerdo que vi una serie norteamericana en televisión, donde un muchacho acusado por un crimen que no cometió, accedió finalmente a firmar su declaración de culpabilidad. ¿Por qué? Porque era lo único que el juez le exigía para devolverle la libertad. La moraleja fue sencilla: olvídate del qué dirán, solo trata de vivir tu vida.

Luego aprendí Sociología y entendí que la libertad es relativa, es como una burbuja invisible que te rodea, una burbuja que te exige respetar la libertad de los demás.

Más tarde las diversas filosofías me enseñaron una máxima común: no hacerle daño a nadie.

Aunque hay gente que –como decimos en Caracas- se enamora de ti.
Y te obligan a defenderte, a quitártelos de encima. Cuando me veo obligado a llegar a esos términos, entonces me devano los sesos para utilizar los medios legales y sociales, que me permitan reaccionar sin meterme en mayores problemas.

Pero todo eso lo practico ahora.

En los chismes del momento, de los comentarios y las burlas por las tragedias de los vecinos o compañeros de trabajo, del quien anda con quién y por qué, aunque a veces no podía más que encerrarme en mí mismo, de todo eso huía.
Algo en mí se negaba, creándome conflictos internos, creándome una imperiosa necesidad de ser un ermitaño, oculto en mi concha y esperando la oportunidad del amor verdadero.

En esa diatriba personal –ya bastante desilusionado repito- me encontraba cuando llegó a mí lo del Pastor.
Y decidí visitarlo:


1er caso
Se puede morir por “amor”
Nunca la conocí,
Nunca he podido olvidarla…
El Poeta


Atemorizado. Pálido. Desesperado.
Acepta hablar.
No tiene otra opción.
No tiene a quien acudir.
No sabe qué hacer.

El otro lo ha llamado por su nombre. Le ha dicho que quiere ayudar. Que a alguien que conoce a alguien de no sabe qué oficina de no-sé-qué internacional, le conmovió su historia y su sensibilidad.

Y el Poeta, alto, delgado, joven y frío.
Desconocido.
Se pone a su disposición.
Pero le explica que para poder hacer algo, necesita saber exactamente de qué se trata.

La secretaria –una mujer alta y delgada, con rostro amargado y canas- les observa desde detrás del vidrio que da a las oficinas. Y sonríe quedamente, con un dejo de burla que el Poeta no comprende.

El Sacerdote parece un anciano.
Bondadoso.
Perdido.
Mucho más pequeño y delgado de lo que en verdad es.
El Poeta lo presiona:
¿Desea o no que lo ayude?

Entonces el Sacerdote se rinde, tomándole por sorpresa.
Lo dicho por la novia del compañero de trabajo parece cierto.
El Poeta afina sus sentidos.
Lo que ve quiebra todas las convicciones que hasta entonces tenía con respecto a un mundo que –en el fondo- desprecia totalmente.
Un mundo en donde las personas que más admira, son exageradamente lejanas. Y ajenas.
Un mundo en el que vive, solo porque supone que Dios creyó que en él -en el Mundo- el Poeta sería de algún modo feliz.
Y respeta eso.

Y ahora, esto:
Un sacerdote que llora -tendida, largamente- por otro Ser Humano.

Poco a poco el Sacerdote le cuenta.
Una vez que ha escuchado todo, el Poeta le pone una mano en el hombro, no para consolarlo, sino para saber -al tocarlo-, si aquel hombre que decidió poner su vida al servicio de la Iglesia Católica (al igual que muchos otros que sirven en “Su nombre” bajo las pautas del Antiguo Testamento, del Corán y de cualquier otro precepto sagrado que en el fondo exige lo mismo: el cumplimiento de la regla de oro) está siendo honesto en su lamento y en su dolor.



Cada vez que el recuerdo sale a flote, porque su memoria fotográfica quiere darle aliento,
o porque está revisando si sus archivos continúan intactos,
 recuerda que aquella tarde,
cuando le conoció,
se grabó al rojo vivo en algún rincón de su alma.


El problema

Todo comenzó cuando ella terminó su doctorado en Psicología.
Quizás pensó que ya era tiempo de dedicarse al amor.

Él ya era reconocido, venia del sur, de los Carnavales Cariocas, aunque bien pudo hacerlo del país del Tango o de las frías tardes del Pisco.
Nadie supo nunca a ciencia cierta.
Hablaba con educación, con modestia. Con cierta delicadeza que enamoraba a las chicas.
También era buenmozo, decente, de ese tipo de personas que se ganan tu confianza al primer apretón de manos.
Y doctor en Psicología.

Ella dio todo por sus estudios.
Era única hija.
Hasta allí.

No hubo más información, más detalle. El Sacerdote no la tenía.

Y cuando terminó el seminario fomentado por el Gremio para intercambiar conocimientos, datos y teléfonos de referencia. Para actualizar avances y conclusiones.

Ella dio todo por él.
Se lo dio todo a él.

Luego…

Luego él desapareció.

Y ella.
Bueno.
Ella no pudo continuar.
Así de simple.

Su bebé nació marcadamente desnutrida.
Y es que cuando vino al mundo, ya ella estaba en coma.

Por abandono.

Por amor.

Por tristeza.

Por desamor.

De eso habían pasado 9 años. No era la época de la revolución, no existían la LOPNA ni la ley sobre los derechos de la mujer.

Y ahora, después de todo ese tiempo, la doctora en psicología, dentro del coma, estaba tomando posición fetal.

Los médicos del hospital ignoraban las peticiones del buen hombre.
Y el tiempo se acababa.
El Clérigo había agotado todas sus opciones.
Y las únicas dos personas que siempre velaron por la niña –que la acogieron mientras lo legal se resolvía- sólo lo tenían a él.

Al saber de su embarazo, los padres –que vivieron para que no le faltara nada- se sintieron ofendidos y engañados, y la abandonaron al cuidado de una enfermera de turno, en un olvidado rincón de la “sección de personas desahuciadas”, en no-recuerdo qué hospital.

La bebé, ahora niña –hermosa y feliz- no sabía que sus parientes eran adoptivos, ni que aparte de ellos, todo su futuro dependía de un Prelado que lloraba larga y tendidamente, desesperado por ayudarla:

-          Necesitamos la certificación médica para legalizar la adopción, de otro modo pasará a los albergues del Estado. –Señaló finalmente.- De eso se trata; usted ¿puede hacer algo?
-          Sí, claro. Puedo hacer un par de llamadas. Patear algunos traseros. Pero debo hablar con la verdad. Y decir que llamo de parte de su oficina. ¿Me lo permite?-


Dos días después el Sacerdote lo recibe, su rostro ha cambiado, casi parece feliz pero, ¿cómo lo hizo?
El Poeta no le explica, le pone una mano en el hombro para convencerse de que su sosiego es real.

-          Solo tiene nueve años, ¿sabe? Nunca ha conocido otra familia. Y no le hace falta nada.
-          De lo sucedido…
-          No. ¿Qué sentido tiene explicarle?  -

Por primera vez en muchos años, El Poeta sintió algo de paz en su interior, y mientras la secretaria le torcía los ojos desde el otro lado del vidrio que da a las oficinas, alcanzó a sonreír.



Aquel primer caso marcó la relación.
Por un tiempo
 tuvo la sensación de haber hecho algo que valía la pena,
pero por las noches,
por las madrugadas,
soñaba con la doctora en psicología,
vegetando su dolor
y su pena,
un dolor que venía del amor a primera vista,
del amor absoluto y verdadero.

Y se preguntaba por el doctor venido del Sur.
Por la niña de nueve años que no sabía nada.
Por unos padres adoptivos para los cuales lo era todo.

En sus sueños, durante un tiempo, se acercaba
a la madre,
se sentaba junto a la cama,
 tomaba su mano inerte
y lloraba.

Ese primer caso le enseñó
que existen personas que ayudan
de manera total y desinteresada,
pero sobre todo,
que morir por amor no es una
utopía,
una leyenda urbana para que
todos vayamos al cine:
hay quienes
mueren por amor.



Nota del autor:
Cuando una persona en estado de coma toma posición fetal, se supone que solo le restan unos seis meses de vida, la certificación de los médicos a cargo, dando fe de que la muchacha no se recuperaría, era el único requisito –indispensable por demás- a fin de legalizar la adopción.
Para la fecha en que se dio este caso, la LOPNA (Ley Orgánica de Protección al Niño y el Adolescente) aún esperaba el ejecútese presidencial hecho que no se dio (todos los intentos por lograrlo fueron cada vez más desalentadores) hasta el cambio de poder, siendo finalmente el Comandante Chávez quien sancionó el proyecto y lo convirtió en Ley.

Pasarla a los albergues oficiales cuya fama era dudosa según algunas ONG´S (Organizaciones no gubernamentales) y otros activistas sociales –y habiendo vivido toda su vida con quienes creía que eran sus padres naturales- echaría por tierra, como mínimo, todo su futuro.



Próximo post:

Mayo 13

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