lunes, 13 de julio de 2015

La “no” violencia

Los Sufíes tienen un chiste en donde cierto personaje –al que crearon para enseñar a su pueblo cosas básicas sobre la vida, y su relación con lo espiritual- se encontraba buscando las llaves de su casa en el jardín de afuera. Un vecino se acercó y se ofreció a ayudarlo. Al cabo de un rato, viendo que nada conseguían, le preguntó:
-              ¿Y dónde se te perdieron?
-              Dentro de la casa. –Estupefacto, el vecino le reclamó:
-              ¿Y por qué las buscas aquí?
-              ¡Porque aquí hay luz!

La moraleja, para los Sufíes, es que los Seres Humanos siempre buscamos donde “creemos” que se encuentran las cosas, y no donde en verdad se encuentran.

Superando el primer nivel (el del chiste), los iniciados se encuentran con una lección muy elocuente, y es que las llaves del personaje son, en este caso, “Él, Dios, el Misericordioso”.

China tiene sus bases filosóficas en dos vertientes. La de Confucio (bautizado así por la gente común, que pensaba que el pensador decía cosas muy confusas) y la de Lao-Tse quien, siendo asesor de príncipes y reyes, desestimaba obsequios y riquezas.
Para vivir –decía- solo necesitaba de buena salud, una cabaña con su mujercita, una sólida caña de pescar -echa por él mismo por supuesto- y un lago lleno de peces, igual: desnudo vienes al mundo, desnudo te vas.

El primero enseñaba algo así como que, lo loable era, de ser necesario, dar la vida por el prójimo; el segundo, ni pendiente.
Si algo te sucedía era por tu culpa, o en el mejor de los casos, de tu karma.

Más tarde en esto de ir cultivando mi espíritu, me sorprendió una entrevista al Dalai Lama, donde se explicaba que el renacido consideraba que a los Cristianos lo que más les falta, es “amor al prójimo”.
Precisamente el argumento con el que han evangelizado durante siglos.

Ya de adulto fui empujado espiritualmente a leer los libros de JJ Benítez, y su descripción de Jesús de Nazareth y la filosofía que según el escritor español, Le pertenece, me fascinaron a tal punto de que me las he creído al pie de la letra.

Hay secretos que no deben ser revelados, pero la tristeza, el vacío de tu entorno y la desconfianza que el mundo te genera, te inclina a pensar mucho en “¿por qué y para qué estás en el Mundo?
Trabajar con el Sacerdote fue una opción… Diferente.

Cuando no me sentía con ganas de ayudar a nadie –porque creía que nadie se lo merecía- me aferraba a un decir que la biblia pone en labios del Príncipe de la Paz: “hacedlo en Mi nombre, hacedlo como si me ayudaras a Mí”.
Y eso me movía.

Poco a poco comencé a sentir la verdadera amistad fluir entre aquel extraño pastor católico –las secretarias se burlaban de nosotros recuerdo, porque nos empeñábamos en corregir cosas que no se podían corregir, y ayudar donde parecía imposible –y este servidor.

Vengo de lugares violentos, creo que lo dije, he vivido, visto, escuchado y estudiado la violencia en casi todas sus formas. Sobre todo después de la experiencia con el sacerdote, de donde aprendí que, todo el dolor que traía de niño, no podía compararse ni de lejos, con las tragedias vividas por otros a lo largo del mundo.

Antes de la Segunda Guerra Mundial por ejemplo, en 1938 para ser exactos, los japoneses invadieron China, de eso quedó un registro filmográfico efectuado por un diplomático norteamericano, y en donde se pueden ver las atrocidades cometidas por el ejército Nipón en contra de la población civil. Está de más decir, que todos los varones -de todas las edades y con el argumento de que probablemente eran soldados disfrazados de gente común- fueron asesinados.
Lo único que se les permitió –si eso tiene algún valor para el lector de estas líneas- fue escoger cómo morir.

El documental tiene el nombre de la ciudad: Nanking.
Y recuerdo, entre otras cosas, que todas las mujeres entre 8 y 60 años fueron violadas. De hecho, la película muestra una fotografía de una niña de 11 o 12 años, amarrada a una silla por muñecas y tobillos: aterrada, desnuda y abierta, con sus rodillas arriba, como si estuviera preparada para dar a luz.
La foto fue tomada de frente.
La niña –colocada allí expresamente para el disfrute de los soldados las 24 horas- fue violada continuamente durante días y noches.

Uno de los sobrevivientes, ya un anciano, contó que a su madre la apuñalaron mientras amamantaba a su hermanito de cinco años, y que, luego, el soldado apuñaló con la bayoneta al bebe por las nalgas, lo levantó en vilo y lo arrojó hacia unos cadáveres apilados al fondo.

Viendo todo aquello vinieron a mí otras declaraciones del Dalai Lama, en donde hablaba sobre las atrocidades cometidas por el ejército Chino cuando invadió su reino. Sucedió años después de Nanking, pero sus recuerdos fueron escalofriantemente similares.

Los Seres humanos se jactan de sus diferencias sociales,
 culturales,
 raciales y espirituales.

El Poeta -que piensa que estas discriminaciones
nacen de la pobre versión
que algunos tienen de sí mismos-
 aboga por que todos somos iguales,
y por tanto,
hermanos.

El asesinato como una manera de arreglar nuestras diferencias,
no es parte de nuestra naturaleza.

Cuando llegamos a este punto de la conversación,
y latente quedó la pregunta de si los chinos aprendieron de los japoneses, susurró:

La Guerra es una atrocidad,
Imposible de evitar cuando se deben detener atrocidades mayores,
pero igual,
 seamos de donde seamos,
está claro que como tal,
la conflagración entro unos y otros termina por enloquecernos.

Y lo hace de una manera total y absoluta.




Jesús de Nazareth, Gandhi y Madiba (…) cultivaron la “NO VIOLENCIA” como una opción para cambiar el Mundo, y al igual que Confucio y el Gran Buda –en alguna u otra medida- lo lograron.

Los grandes genocidas de la historia en cambio, son el “coco” de todas las civilizaciones, y se les recuerda, no solo por sus atrocidades, sino para exaltar a aquellos que se vieron obligados a utilizar la violencia, porque pareció que era la única manera de detenerlos.

Los primeros –los mansos- son buscados espiritualmente y añorados por multitudes.

Los segundos, aparecen en los libros para “no olvidar”, que a la Humanidad aún le falta mucho, para considerarse “Humana”.


“El Aviador”

“Halloween”, aunque fue inspirada en “Florentino y el Diablo” (parte de nuestra literatura ya olvidada) tocó un tema cultural netamente norteamericano, eso se debe a que cuando la escribí mi único sustento eran las películas y series que nos llegaban por TV o el cine; con el tiempo agregué algunos toques a lo Edgar Allan Poe (el gato que te mira y tal).
Una de las cosas que más me dio problemas al intentar escribirlo, es que resulta muy difícil hacer interesante un relato corto durante las primeras líneas; cuando descubrí las bondades de plantearlo todo en primera persona (“me sucedió a mí”) me casé con el recurso literario, y desde entonces lo uso en casi todo lo que produzco.
Luego de superar este escollo, sentí que faltaba algo: ese toque personal, eso que hace muy tuyo el escrito. Fue así como llegué a las anécdotas, sin ellas, el escrito me parece una sopa sin sal.
Sin embargo, dado los innumerables mal entendidos que se han dado, creo que debo aclarar que tengo alta retentiva sobre las cosas que veo (aprendo o me cuentan), y aunque cuando se trata de experiencias resulta peor (todo un karma) no puedo garantizar –y de hecho lo dudo- que todos esos pequeños respiros que agrego a la narración, sobre todo en mi Poesía, sean realmente incidentes personales.
Ni mil años me darían tanto.
Sobre dividir el mundo en bueno o malo, para mí es relativo. Mis sentidos memorizan un beso, el aroma de las amigas que han confiado en mí, el tacto de su piel húmeda, todo eso se queda en mi piel por varios días; el timbre de su voz, las verdades, los secretos. Pero también se graban a fuego las traiciones de gente a quienes, de alguno modo u otro, les he tenido mucho respeto, cariño o afecto (el gran amor de mi vida se dejó llevar, a pesar de su belleza e inteligencia, por la ignorancia de su madre y su sed de venganza. Cortar de raíz con todo me enfermó durante mucho tiempo, peor aún, el dolor que me produjo “anticiparme” a los hechos y no haber logrado corregirlos, durante años, vino hacia mí como un ola: golpeaba continuamente, se alejaba continuamente…). Un disparo a escasos centímetros para tratar de amedrentarte (hay gente que se enamora de uno, supongo que cuando te miran, las dudas que tienen sobre sí mismos se burlan de ellos, y te atacan, porque siempre es más fácil echarle la culpa a otro). Un puñal intentando llegarte por salvarle la vida a alguien (hay muchos locos en el mundo, unos más, otros menos). En fin, todas esas experiencias se encuentran en mi corazón, y si de algo me han servido, es para estar pendiente, es un concepto budista: “anticipa tus propios actos, para que no acarreen sobre ti, males mayores”.
Pero volviendo a lo anterior, aunque algunas creaciones hablan sobre mí y sobre las tragedias que yacen en mi interior, en otros –más que todo en mi Poesía- por lo general uso anécdotas ajenas.
“Halloween” fue un caso especial por ser el segundo cuento de misterio que escribía (el primero fue toda una frustración, la gente en vez de asustarse se reía) y aunque desde el principio pensé tocar parte de mi historia personal, tal y como lo hice, por mucho tiempo esto provocó una tremenda lucha conmigo mismo. Luego, con los años, noté que incontables personas tienen problemas similares en su infancia y adolescencia, y concluí que quizás escribir sobre mi experiencia les ayude a salir a flote.
Pensar en el suicidio no es nada brillante, pero sucede, y aunque el tiempo no cura las heridas (siguen siempre allí, para recordarte el dolor y la desesperación que en algún momento te produjeron) superarlas es algo que termina llenándote de orgullo.
Las heridas del alma son iguales a las de cualquier batalla, solo tienes que aprender a superarlas: porque te dan sabiduría y templanza.  
El peligro radica cuando sin darte cuenta, trasladas tus heridas a tus hijos, o a tus alumnos. De eso debes cuidarte.
Cuando niño leía los comic que me enviaba mi madrina (cajas llenas de revistas, la adoraba por eso) con ellos aprendí a “vivir” lo que leía (era la mejor manera que tenía de salir del stress familiar) después, al escribir, me metía en la piel de los personajes, en las historias, en los ambientes, y disfrutaba su elaboración como si en verdad la estuviera viviendo.
Me hacía una película, cuidando los detalles cuadro por cuadro. Y hasta que no la tenía completa, no tomaba lápiz y papel. A veces creaba los cuadros por separado, y de pronto, una madrugada cualquiera, todo se armaba por sí sólo, me enfermaba si no me paraba y encendía mi computador de inmediato.
También recuerdo que me costaba mucho plasmar mis historias en el papel, y es que las velocidades nunca eran parejas, por otro lado, es harto difícil describir con palabras, los mundos paralelos que existen dentro de uno, más complicado, si se trata de las cosas que yacen en tu corazón, y sucede así porque cada lector es un universo diferente, y descifra lo que tratas de decirle de manera diferente, por ejemplo, una de mis mejores amigas, algunas veces, cuando me jactaba de mi memoria fotográfica para molestar a alguien, señalaba: “si, te dura un clic…” 
Cuando la miraba, se iluminaba con una hermosa sonrisa.
Hay gente que duele cuando no está, te cuento.

Por mucho tiempo, la duda reflejada en el rostro de quienes me leían, fue la que me permitió saber si mi construcción estaba o no acertada, y es que sin querer plantearlo abiertamente –sabrá Dios por qué razón- nunca faltaba esa curiosidad de: ¿en verdad te pasó eso?
Triste fueron los casos de algunas personas que, en su ignorancia, no veían el asunto como lo que era –una creación literaria- y se sentían engañadas. A la final, me llamaban mitómano (mentiroso) y me quitaban el habla, arengando en mi contra al resto de los que formaban parte de mi entorno.
Cuando entendí que su inquietud, del miedo saltaba a la envidia, me olvidé de sus agravios.
Con los poemas sucedió algo muy peculiar, y es que, al principio los obsequiaba a diestra y siniestra, a mis vecinas y a mis compañeras de trabajo, pero entonces suponían que de algún modo las estaba enamorando, y como se las regalaba a todas, bueno, era yo un bicho. Cantidad de chismes, cábalas y deducciones fueron y vinieron a mis espaldas.
Perdí hermosas amistades porque se dejaron llevar por cuentos chinos de quienes decían saber más que ellas (la ignorancia puede ser muy persuasiva).
Mi amistad con los hombres ha sido prácticamente nula, quizás por eso de que mi padre –por amor- desde niño me pareció alguien muy débil, probablemente sea por eso, que las amistades masculinas las rechazo por naturaleza.
Ahora, en cuanto a mis vecinas, a mis compañeras de trabajo, nunca quise burlarme de nadie, estaba comenzando a escribir relativamente bien, y en mi emoción por el logro, no me di cuenta del daño que estaba causando. Era muy joven, sólo quería obsequiarles algo.
Ahora trato de no regalarle nada a nadie.

Por cierto, si tienes oportunidad de adquirir mi Poesía, te aclaro que generalmente utilizo la pasión de mi padre, esa forma tan latina de aferrarse al dolor que tan bien expresa la música, y a veces la literatura de la región, para darle vida al “me pasó a mí” que expreso en ellos.
Echarse a morir por alguien que no te quiere, me parece un desprecio total para uno mismo como persona, tomar venganza por ello, más execrable aún. No conozco a nadie que lo haya superado.
Como dijo el finado Borges, a la vuelta de la esquina siempre está Dios, esperándote.
Y Dios expresa Su amor de muchas maneras.
Una vez, recuerdo que vi a un hombre abrazando una vieja máquina dispensadora de discos (le colocabas una moneda por canción y la escuchabas) en un bar de mala muerte (idea de mi padre y sus amigos cuando comenzamos a conocernos). Bueno, lo cierto del caso es que el tipo repetía la misma canción una y otra vez, y lloraba  “a gritos” por una mujer que lo abandonó por otro.
Fue muy incómodo y deprimente, me paré y cambié el disco: que se busque otra y ya –dije- ¿cuál es el problema?

Finalmente, quisiera agregar que “dicen los que saben”, que si logras escribir un buen Cuento Corto, estás a un paso de aprender realmente a escribir.

Sin embargo, lo importante de este Blog no es dirimir sobre mis capacidades para crear mundos alternos, sino sacarte de tu cotidianidad (escribo como si fuéramos viejos amigos alrededor de una fogata echando cuentos; yo hubiera dado cualquier cosa cuando adolescente, porque alguien me diera tal sentimiento de pertenencia) así que, si disfrutaste tanto como yo de esta pequeña aventura que bauticé “Halloween”, en un género tan trillado, entonces logramos superar muchas barreras y, como dijo Ghandi, “ya somos dos para abrir nuevos caminos”.
Algo se nos ocurrirá.

Persigue tu sueño, busca el amor.
Y si encuentras a alguien que en verdad necesite ayuda (y que no te esté manipulando, o burlándose a tus espaldas) ayúdala, si se deja, es la Regla de Oro de todas las tradiciones religiosas que se han mantenido a lo largo de la historia, la regla que te une a Él: “has el bien…”
A los demás tanto como a ti mismo.
Y es que de otra –al menos para mí- la vida no tiene mucho sentido.



 “Para un Aviador Solitario” es una desconcertante historia de amor, está inspirada en una leyenda urbana de los Estados Unidos, y la ambienté en dos realidades: un vuelo corto Caracas-Barquisimeto, y la Segunda Guerra Mundial. Si la compras espero que te guste.