Los Sufíes tienen un chiste en donde cierto
personaje –al que crearon para enseñar a su pueblo cosas básicas sobre la vida,
y su relación con lo espiritual- se encontraba buscando las llaves de su casa
en el jardín de afuera. Un vecino se acercó y se ofreció a ayudarlo. Al cabo de
un rato, viendo que nada conseguían, le preguntó:
- ¿Y dónde se te perdieron?
- Dentro de la casa. –Estupefacto, el vecino le reclamó:
- ¿Y por qué las buscas aquí?
- ¡Porque aquí hay luz!
La moraleja, para los Sufíes, es que los Seres Humanos siempre buscamos
donde “creemos” que se encuentran las cosas, y no donde en verdad se
encuentran.
Superando el primer nivel (el del chiste), los iniciados se encuentran
con una lección muy elocuente, y es que las llaves del personaje son, en este
caso, “Él, Dios, el Misericordioso”.
China tiene sus bases filosóficas en dos vertientes. La de Confucio (bautizado
así por la gente común, que pensaba que el pensador decía cosas muy confusas) y
la de Lao-Tse quien, siendo asesor de príncipes y reyes, desestimaba obsequios
y riquezas.
Para vivir –decía- solo necesitaba de buena salud, una cabaña con su
mujercita, una sólida caña de pescar -echa por él mismo por supuesto- y un lago
lleno de peces, igual: desnudo vienes al
mundo, desnudo te vas.
El primero enseñaba algo así como que, lo loable era, de ser necesario,
dar la vida por el prójimo; el segundo, ni pendiente.
Si algo te sucedía era por tu culpa, o en el mejor de los casos, de tu
karma.
Más tarde en esto de ir cultivando mi espíritu, me sorprendió una
entrevista al Dalai Lama, donde se explicaba que el renacido consideraba que a
los Cristianos lo que más les falta, es “amor al prójimo”.
Precisamente el argumento con el que han evangelizado durante siglos.
Ya de adulto fui empujado espiritualmente a leer los libros de JJ Benítez,
y su descripción de Jesús de Nazareth y la filosofía que según el escritor
español, Le pertenece, me fascinaron a tal punto de que me las he creído al pie
de la letra.
Hay secretos que no deben ser revelados, pero la tristeza, el vacío de
tu entorno y la desconfianza que el mundo te genera, te inclina a pensar mucho en
“¿por qué y para qué estás en el Mundo?
Trabajar con el Sacerdote fue una opción… Diferente.
Cuando no me sentía con ganas de ayudar a nadie –porque creía que nadie
se lo merecía- me aferraba a un decir que la biblia pone en labios del Príncipe
de la Paz: “hacedlo en Mi nombre, hacedlo
como si me ayudaras a Mí”.
Y eso me movía.
Poco a poco comencé a sentir la verdadera amistad fluir entre aquel
extraño pastor católico –las secretarias se burlaban de nosotros recuerdo,
porque nos empeñábamos en corregir cosas que no se podían corregir, y ayudar
donde parecía imposible –y este servidor.
Vengo de lugares violentos, creo que lo dije, he vivido, visto,
escuchado y estudiado la violencia en casi todas sus formas. Sobre todo después
de la experiencia con el sacerdote, de donde aprendí que, todo el dolor que
traía de niño, no podía compararse ni de lejos, con las tragedias vividas por
otros a lo largo del mundo.
Antes de la Segunda Guerra Mundial por ejemplo, en 1938 para ser
exactos, los japoneses invadieron China, de eso quedó un registro filmográfico
efectuado por un diplomático norteamericano, y en donde se pueden ver las
atrocidades cometidas por el ejército Nipón en contra de la población civil. Está
de más decir, que todos los varones -de todas las edades y con el argumento de
que probablemente eran soldados disfrazados de gente común- fueron asesinados.
Lo único que se les permitió –si eso tiene algún valor para el lector
de estas líneas- fue escoger cómo morir.
El documental tiene el nombre de la ciudad: Nanking.
Y recuerdo, entre otras cosas, que todas las mujeres entre 8 y 60 años
fueron violadas. De hecho, la película muestra una fotografía de una niña de 11
o 12 años, amarrada a una silla por muñecas y tobillos: aterrada, desnuda y
abierta, con sus rodillas arriba, como si estuviera preparada para dar a luz.
La foto fue tomada de frente.
La niña –colocada allí expresamente para el disfrute de los soldados
las 24 horas- fue violada continuamente durante días y noches.
Uno de los sobrevivientes, ya un anciano, contó que a su madre la
apuñalaron mientras amamantaba a su hermanito de cinco años, y que, luego, el
soldado apuñaló con la bayoneta al bebe por las nalgas, lo levantó en vilo y lo
arrojó hacia unos cadáveres apilados al fondo.
Viendo todo aquello vinieron a mí otras declaraciones del Dalai Lama, en
donde hablaba sobre las atrocidades cometidas por el ejército Chino cuando
invadió su reino. Sucedió años después de Nanking, pero sus recuerdos fueron escalofriantemente
similares.
Los Seres humanos se jactan de sus diferencias sociales,
culturales,
raciales y espirituales.
El Poeta -que piensa que estas discriminaciones
nacen de la pobre versión
que algunos tienen de sí mismos-
aboga por que todos somos iguales,
y por tanto,
hermanos.
El asesinato como una manera de arreglar nuestras diferencias,
no es parte de nuestra naturaleza.
Cuando llegamos a este punto de la conversación,
y latente quedó la pregunta de si los chinos aprendieron de los japoneses,
susurró:
La Guerra es una atrocidad,
Imposible de evitar cuando se deben
detener atrocidades mayores,
pero igual,
seamos de donde seamos,
está claro que como tal,
la conflagración entro unos y otros
termina por enloquecernos.
Y lo hace de una manera total y absoluta.
Jesús de Nazareth, Gandhi y
Madiba (…) cultivaron la “NO VIOLENCIA” como una opción para cambiar el Mundo,
y al igual que Confucio y el Gran Buda –en alguna u otra medida- lo lograron.
Los grandes genocidas de la
historia en cambio, son el “coco” de todas las civilizaciones, y se les
recuerda, no solo por sus atrocidades, sino para exaltar a aquellos que se
vieron obligados a utilizar la violencia, porque pareció que era la única
manera de detenerlos.
Los primeros –los mansos- son buscados
espiritualmente y añorados por multitudes.
Los segundos, aparecen en los
libros para “no olvidar”, que a la Humanidad aún le falta mucho, para
considerarse “Humana”.
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