lunes, 13 de julio de 2015

“El Aviador”

“Halloween”, aunque fue inspirada en “Florentino y el Diablo” (parte de nuestra literatura ya olvidada) tocó un tema cultural netamente norteamericano, eso se debe a que cuando la escribí mi único sustento eran las películas y series que nos llegaban por TV o el cine; con el tiempo agregué algunos toques a lo Edgar Allan Poe (el gato que te mira y tal).
Una de las cosas que más me dio problemas al intentar escribirlo, es que resulta muy difícil hacer interesante un relato corto durante las primeras líneas; cuando descubrí las bondades de plantearlo todo en primera persona (“me sucedió a mí”) me casé con el recurso literario, y desde entonces lo uso en casi todo lo que produzco.
Luego de superar este escollo, sentí que faltaba algo: ese toque personal, eso que hace muy tuyo el escrito. Fue así como llegué a las anécdotas, sin ellas, el escrito me parece una sopa sin sal.
Sin embargo, dado los innumerables mal entendidos que se han dado, creo que debo aclarar que tengo alta retentiva sobre las cosas que veo (aprendo o me cuentan), y aunque cuando se trata de experiencias resulta peor (todo un karma) no puedo garantizar –y de hecho lo dudo- que todos esos pequeños respiros que agrego a la narración, sobre todo en mi Poesía, sean realmente incidentes personales.
Ni mil años me darían tanto.
Sobre dividir el mundo en bueno o malo, para mí es relativo. Mis sentidos memorizan un beso, el aroma de las amigas que han confiado en mí, el tacto de su piel húmeda, todo eso se queda en mi piel por varios días; el timbre de su voz, las verdades, los secretos. Pero también se graban a fuego las traiciones de gente a quienes, de alguno modo u otro, les he tenido mucho respeto, cariño o afecto (el gran amor de mi vida se dejó llevar, a pesar de su belleza e inteligencia, por la ignorancia de su madre y su sed de venganza. Cortar de raíz con todo me enfermó durante mucho tiempo, peor aún, el dolor que me produjo “anticiparme” a los hechos y no haber logrado corregirlos, durante años, vino hacia mí como un ola: golpeaba continuamente, se alejaba continuamente…). Un disparo a escasos centímetros para tratar de amedrentarte (hay gente que se enamora de uno, supongo que cuando te miran, las dudas que tienen sobre sí mismos se burlan de ellos, y te atacan, porque siempre es más fácil echarle la culpa a otro). Un puñal intentando llegarte por salvarle la vida a alguien (hay muchos locos en el mundo, unos más, otros menos). En fin, todas esas experiencias se encuentran en mi corazón, y si de algo me han servido, es para estar pendiente, es un concepto budista: “anticipa tus propios actos, para que no acarreen sobre ti, males mayores”.
Pero volviendo a lo anterior, aunque algunas creaciones hablan sobre mí y sobre las tragedias que yacen en mi interior, en otros –más que todo en mi Poesía- por lo general uso anécdotas ajenas.
“Halloween” fue un caso especial por ser el segundo cuento de misterio que escribía (el primero fue toda una frustración, la gente en vez de asustarse se reía) y aunque desde el principio pensé tocar parte de mi historia personal, tal y como lo hice, por mucho tiempo esto provocó una tremenda lucha conmigo mismo. Luego, con los años, noté que incontables personas tienen problemas similares en su infancia y adolescencia, y concluí que quizás escribir sobre mi experiencia les ayude a salir a flote.
Pensar en el suicidio no es nada brillante, pero sucede, y aunque el tiempo no cura las heridas (siguen siempre allí, para recordarte el dolor y la desesperación que en algún momento te produjeron) superarlas es algo que termina llenándote de orgullo.
Las heridas del alma son iguales a las de cualquier batalla, solo tienes que aprender a superarlas: porque te dan sabiduría y templanza.  
El peligro radica cuando sin darte cuenta, trasladas tus heridas a tus hijos, o a tus alumnos. De eso debes cuidarte.
Cuando niño leía los comic que me enviaba mi madrina (cajas llenas de revistas, la adoraba por eso) con ellos aprendí a “vivir” lo que leía (era la mejor manera que tenía de salir del stress familiar) después, al escribir, me metía en la piel de los personajes, en las historias, en los ambientes, y disfrutaba su elaboración como si en verdad la estuviera viviendo.
Me hacía una película, cuidando los detalles cuadro por cuadro. Y hasta que no la tenía completa, no tomaba lápiz y papel. A veces creaba los cuadros por separado, y de pronto, una madrugada cualquiera, todo se armaba por sí sólo, me enfermaba si no me paraba y encendía mi computador de inmediato.
También recuerdo que me costaba mucho plasmar mis historias en el papel, y es que las velocidades nunca eran parejas, por otro lado, es harto difícil describir con palabras, los mundos paralelos que existen dentro de uno, más complicado, si se trata de las cosas que yacen en tu corazón, y sucede así porque cada lector es un universo diferente, y descifra lo que tratas de decirle de manera diferente, por ejemplo, una de mis mejores amigas, algunas veces, cuando me jactaba de mi memoria fotográfica para molestar a alguien, señalaba: “si, te dura un clic…” 
Cuando la miraba, se iluminaba con una hermosa sonrisa.
Hay gente que duele cuando no está, te cuento.

Por mucho tiempo, la duda reflejada en el rostro de quienes me leían, fue la que me permitió saber si mi construcción estaba o no acertada, y es que sin querer plantearlo abiertamente –sabrá Dios por qué razón- nunca faltaba esa curiosidad de: ¿en verdad te pasó eso?
Triste fueron los casos de algunas personas que, en su ignorancia, no veían el asunto como lo que era –una creación literaria- y se sentían engañadas. A la final, me llamaban mitómano (mentiroso) y me quitaban el habla, arengando en mi contra al resto de los que formaban parte de mi entorno.
Cuando entendí que su inquietud, del miedo saltaba a la envidia, me olvidé de sus agravios.
Con los poemas sucedió algo muy peculiar, y es que, al principio los obsequiaba a diestra y siniestra, a mis vecinas y a mis compañeras de trabajo, pero entonces suponían que de algún modo las estaba enamorando, y como se las regalaba a todas, bueno, era yo un bicho. Cantidad de chismes, cábalas y deducciones fueron y vinieron a mis espaldas.
Perdí hermosas amistades porque se dejaron llevar por cuentos chinos de quienes decían saber más que ellas (la ignorancia puede ser muy persuasiva).
Mi amistad con los hombres ha sido prácticamente nula, quizás por eso de que mi padre –por amor- desde niño me pareció alguien muy débil, probablemente sea por eso, que las amistades masculinas las rechazo por naturaleza.
Ahora, en cuanto a mis vecinas, a mis compañeras de trabajo, nunca quise burlarme de nadie, estaba comenzando a escribir relativamente bien, y en mi emoción por el logro, no me di cuenta del daño que estaba causando. Era muy joven, sólo quería obsequiarles algo.
Ahora trato de no regalarle nada a nadie.

Por cierto, si tienes oportunidad de adquirir mi Poesía, te aclaro que generalmente utilizo la pasión de mi padre, esa forma tan latina de aferrarse al dolor que tan bien expresa la música, y a veces la literatura de la región, para darle vida al “me pasó a mí” que expreso en ellos.
Echarse a morir por alguien que no te quiere, me parece un desprecio total para uno mismo como persona, tomar venganza por ello, más execrable aún. No conozco a nadie que lo haya superado.
Como dijo el finado Borges, a la vuelta de la esquina siempre está Dios, esperándote.
Y Dios expresa Su amor de muchas maneras.
Una vez, recuerdo que vi a un hombre abrazando una vieja máquina dispensadora de discos (le colocabas una moneda por canción y la escuchabas) en un bar de mala muerte (idea de mi padre y sus amigos cuando comenzamos a conocernos). Bueno, lo cierto del caso es que el tipo repetía la misma canción una y otra vez, y lloraba  “a gritos” por una mujer que lo abandonó por otro.
Fue muy incómodo y deprimente, me paré y cambié el disco: que se busque otra y ya –dije- ¿cuál es el problema?

Finalmente, quisiera agregar que “dicen los que saben”, que si logras escribir un buen Cuento Corto, estás a un paso de aprender realmente a escribir.

Sin embargo, lo importante de este Blog no es dirimir sobre mis capacidades para crear mundos alternos, sino sacarte de tu cotidianidad (escribo como si fuéramos viejos amigos alrededor de una fogata echando cuentos; yo hubiera dado cualquier cosa cuando adolescente, porque alguien me diera tal sentimiento de pertenencia) así que, si disfrutaste tanto como yo de esta pequeña aventura que bauticé “Halloween”, en un género tan trillado, entonces logramos superar muchas barreras y, como dijo Ghandi, “ya somos dos para abrir nuevos caminos”.
Algo se nos ocurrirá.

Persigue tu sueño, busca el amor.
Y si encuentras a alguien que en verdad necesite ayuda (y que no te esté manipulando, o burlándose a tus espaldas) ayúdala, si se deja, es la Regla de Oro de todas las tradiciones religiosas que se han mantenido a lo largo de la historia, la regla que te une a Él: “has el bien…”
A los demás tanto como a ti mismo.
Y es que de otra –al menos para mí- la vida no tiene mucho sentido.



 “Para un Aviador Solitario” es una desconcertante historia de amor, está inspirada en una leyenda urbana de los Estados Unidos, y la ambienté en dos realidades: un vuelo corto Caracas-Barquisimeto, y la Segunda Guerra Mundial. Si la compras espero que te guste.

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