domingo, 12 de noviembre de 2017

Inquieta

Inquieta


Soledad llegó muy melosa y se sentó,
pesarosa,
junto a mí.
Me hice el tonto y continué enseñándole al Amor,
cosas que de la vida aún no sabe.

Soledad, ruborizada, se llevó una mano a la boca y carraspeó,
con decencia,
para hacerse notar.

El Amor me abrazó con mirada perdida y agotada.
Miré finalmente a Soledad, quien se estrujó las manos, humilló el rostro y,
mordiéndose un labio, nerviosa, me rogó que se lo contara de nuevo.

Acurruqué al Amor con suavidad,
la apreté contra mí,
como solo ella se lo merece, con mucho amor.
Y,
cansado como estaba,
repetí nuevamente:

«Hace miles de millones de años,
el Ser era lo único que existía,
a su alrededor solo había oscuridad,
una oscuridad sin estrellas,
vacía de amaneceres y de ocasos,
de tormentas y de llantos,
una obscuridad,
donde no había absolutamente nada».

¿Y entonces?,
preguntó, ansiosa, la Soledad, que es como tú,
con voz infantil,
como a veces,
en sueños,
es tu voz,
temerosa de que esta vez le cambiara el final.

«Entonces el Ser te creó a ti
-continué-
y desde ese instante, cuando lloras, Él también lo hace,
y cuando sufres, Le duele el corazón,
y cuando ríes…

Cuando ríes los Ángeles escuchan Su carcajada,
a lo lejos,
y te envidian
porque,
no importa cómo seas,
ni cuanto tengas,
ni cuanto valgas para los demás,
tampoco cual sea tu credo,
o si eres muy astuto
o muy torpe…

Cuando la Soledad se acurruque
en tu corazón,
porque a veces, lo sé,
hace mucho frío,
y la desesperanza grite y baile
alrededor tuyo,
para que la desesperación
se adueñe
de tus sueños,

recuerda que la única razón que tuvo
el Ser, para crearte:

fue para no Sentirse tan solo…»

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