pesarosa,
junto
a mí.
Me
hice el tonto y continué enseñándole al Amor,
cosas
que de la vida aún no sabe.
Soledad,
ruborizada, se llevó una mano a la boca y carraspeó,
con
decencia,
para
hacerse notar.
El
Amor me abrazó con mirada perdida y agotada.
Miré
finalmente a Soledad, quien se estrujó las manos, humilló el rostro y,
mordiéndose
un labio, nerviosa, me rogó que se lo contara de nuevo.
Acurruqué
al Amor con suavidad,
la
apreté contra mí,
como
solo ella se lo merece, con mucho amor.
Y,
cansado
como estaba,
repetí
nuevamente:
«Hace
miles de millones de años,
el
Ser era lo único que existía,
a
su alrededor solo había oscuridad,
una
oscuridad sin estrellas,
vacía
de amaneceres y de ocasos,
de
tormentas y de llantos,
una
obscuridad,
donde
no había absolutamente nada».
¿Y
entonces?,
preguntó,
ansiosa, la Soledad, que es como tú,
con
voz infantil,
como
a veces,
en
sueños,
es
tu voz,
temerosa
de que esta vez le cambiara el final.
«Entonces
el Ser te creó a ti
-continué-
y
desde ese instante, cuando lloras, Él también lo hace,
y
cuando sufres, Le duele el corazón,
y
cuando ríes…
Cuando
ríes los Ángeles escuchan Su carcajada,
a
lo lejos,
y
te envidian
porque,
no
importa cómo seas,
ni
cuanto tengas,
ni
cuanto valgas para los demás,
tampoco
cual sea tu credo,
o
si eres muy astuto
o
muy torpe…
Cuando
la Soledad se acurruque
en
tu corazón,
porque
a veces, lo sé,
hace
mucho frío,
y
la desesperanza grite y baile
alrededor
tuyo,
para
que la desesperación
se
adueñe
de
tus sueños,
recuerda
que la única razón que tuvo
el
Ser, para crearte:
fue
para no Sentirse tan solo…»

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