Aceptarías algo de ayuda ¿desinteresada?
(PARTE I: esa otra raza)
Recuerdo que hubo un momento en el que me pregunté –como
muchas otras veces- si vivir valía la pena. El Cosmos mostraba hermosísimas
señales de un Creador sublime a más no poder, sin embargo, su proyecto más
perfecto y quizás, el mejor pensado –el Ser Humano- distaba, desde mi
particular punto de vista, mucho de lo que al nacer prometía.
Un asistente de uno de mis clientes –hombre maduro y
legendario consumidor de hierba- me dijo una vez que la mayoría de las personas
“vegetaban”. Al pedirle que se explicara, sonrió con desgana, dejó lo que
estaba haciendo detrás del mostrador, y me miró:
Viven para comer,
beber, e ir al baño. Fuera de eso no parece que tengan ningún cometido en la
vida. La mayoría de los que se afilian a una iglesia, a un culto, a un partido
político o a un club deportivo, lo hacen más por esa necesidad de “tener algo
que hacer”, porque de otra no saben ni cómo ni con quién compartir o
relacionarse. Después, aunque ni ellos mismos se crean lo que dicen, vegetan
dentro de sus grupos, creando una imagen ante todos, que comulgue con lo que
dicen. Igual sucede cuando escogen pareja, la seleccionan basados en “el qué
dirán”, en el deseo o envidia que ven en los rostros cuando pasan. Luego,
cuando se quedan solos con ella o con él, se dan cuenta de que nunca hubo nada
y se preguntan qué fue lo que pasó.
Dentro de su falsedad, terminan engañándose a sí mismos.
Si… Eso es “vegetar…”
Ese particular punto de vista me explicó muchas cosas, y
acentuó mi propia percepción de que muchas personas -muchísimas- pierden el
tiempo acumulando cosas, engañándose a sí mismos.
O echándole a perder la vida a alguien [un hijo, la pareja,
un familiar, un vecino o un compañero de trabajo]. No hay diferencia de género
por cierto, lo aplican tanto hombres como mujeres-.
O dándose aires de gran señor ante quienes tienen menos que
ellos (y evitando los lugares en donde hay quienes tienen más).
En todos estos casos, la imagen es lo que importa, no lo que
llevan en su corazón, ni los recuerdos que arrastran. La opinión que sobre
ellos tienen los demás: esa es “su” vida.
Todo un desperdicio.
Y como dijo el amigo, luego
se preguntan por qué las cosas les salen mal, o porqué, dentro de su bonanza, se
sienten vacíos, como si hubieran perdido algo muy importante y no entiende ni
el qué ni el por.
Pero el asunto no termina allí.
A la par con mis responsabilidades profesionales –como ya he
explicado antes- comencé a trabajar con el Pastor.
Me encontraba –recuerdo- muy exhausto, porque para poder
completar mis estudios universitarios -a falta de recursos tenía que
investigarlo todo en las bibliotecas públicas-, el costo golpeaba duramente el
bolsillo y, empeñado en abrir una editorial por mi cuenta, mis ahorros fueron
desapareciendo poco a poco. También me alimentaba muy mal –todas mis comidas
eran en la calle- y como la oficina me quedaba lejos de casa, tenía que estudiar
hasta la media noche para aprovechar el poco tiempo que tenía, y luego –por
culpa del insomnio- escribir mis historias hasta las 2 o 3 de la mañana, cuando
–por agotamiento- caía rendido hasta las 7 de la mañana. Y todo volvía a empezar.
Los domingos escasamente descansaba hasta el mediodía, a
partir de allí, me dedicaba hasta la madrugada del lunes a resumir, analizar,
organizar y escribir lo investigado el día anterior.
Pero a lo que voy: ayudar no es fácil. Y es por el condicionamiento
social –asumo- que tiene el Ser Humano.
En Venezuela por ejemplo, los que ayudan son mal vistos si
no pertenecen a alguna beneficencia medianamente reconocida. Es el país de los
vivos, y si te pones a la orden, la mayoría se estruja las manos: para que les
hagas los trabajos (académicos o profesionales), para que les prestes un dinero
que nunca te pagan, o les ayudes en manipulaciones o negocios turbios.
Se aprovechan: hay
mira, qué papita…
Aunque en muchos casos, la experiencia les ha llevado a
considerar que “quien ayuda”, nunca lo hace “desinteresadamente…”
Y prefieren picar delante.
En varias oportunidades me he encontrado con lo que yo llamo
“estafadores sociales”, que engañan el entorno por cualquier razón: argumentan
a otros sobre sus locuras, y a mí me dicen algo acorde con mi personalidad, con
mi naturaleza y educación. Hasta que alguien (en uno de los casos por ejemplo) se
atreve a preguntarme: ¿pero ustedes no
son pareja? Ella (o él) dice que te mueres por estar a su lado… Que han hablado
hasta de matrimonio…
La mayoría han sido experiencias muy desagradables.
Por ejemplo, la última de estas personas que llegó a mi vida fue
tan sutil, y especialmente engañosa, que tuve que montar toda una trampa para
averiguar de qué iba todo (de hecho, fue
tan hábil, que logró poner a la gran mayoría de las personas que me conocían,
en mi contra. Hacia mí, era la sufrida compañera de trabajo traicionada y
abandonada por su ex, intentando levantar a su familia. Para los otros –según
les convenció- era yo un acosador sexual que no podía vivir sin vigilarla en
todo momento); tardé más de seis meses en descubrirla. Cuando estalló la
burbuja, después de la indignación conmigo mismo por caer en una trampa tan
vieja, le seguí la corriente para intentar determinar la naturaleza de su
locura, y descubrir quiénes y de qué modo la ayudaron: le di pie a sus
argumentos, la llené de regalos y expresé en público mis supuestos sentimientos
(entonces comenzó a decir que hacía
conmigo prácticamente lo que le daba la gana, igual, no encontraba manera de
alejarme).
Y mucha gente que decía conocerme, le creyó.
Las desilusiones se persiguieron la una a la otra, y formaron
cola.
En nuestra región el amor no tiene loas tristes e himnos que
lo glorifiquen, sino novelas mediocres en donde las relaciones se basan en
chismes, se sostienen en la desconfianza, y donde el sentimiento verdadero está
prohibido –porque te hace presa fácil-.
De este modo, la mediocridad genera mediocridad, e introduce
a fondo en el imaginario colectivo, la idea de que el amor es una relación
“amo-esclavo”; privando a la persona desde pequeña (para que se cuide de no caer)
de disfrutar de uno de los más hermosos sentimientos que se nos ha legado.
Pero ayudar por ayudar, es una estrella con muchas aristas.
McDonald’s por ejemplo, mantiene dentro de sus pautas
corporativas de calidad, que -código estricto a ser observado so pena de ser
despedido- al final del día, se debe “botar” a la basura todo el alimento
preparado que no se haya vendido.
Siempre me pregunté por qué una empresa tan importante y tan
dada a la ayuda social, no regalaba (al personal, a los vagabundos y a los menesterosos)
ese desperdicio –eran las mismas hamburguesas que pagamos los clientes, aunque
sin papitas, aderezos o salsas-.
Hace poco alguien me
lo explicó: el problema es que si regalan
la comida, y a alguien le hace daño –le cae mal por X o por Y-, ese alguien
puede demandar a la empresa… Y debido a que la imagen es uno de sus mejores
activos, aunque vaya contra toda lógica, McDonald’s probablemente
decida llegar a un acuerdo económico.
Ese es básicamente el por qué los “grandes” no ayudan.
Porque no saben quién les está preparando un guiso.
La última esposa de Paul McCartney fue todo un clásico. El
buen Lord, se enamoró perdidamente de una hermosa mujer minusválida –le falta
una pierna- y, al cabo de un año –o menos- esta mostró su verdadera cara y le
plantó el divorcio sin explicación alguna (totalmente cerrada a cualquier
diálogo, acuerdo o entendimiento entre las partes).
La demanda le quitó al ex Beatle –de un plumazo- la mitad de
su fortuna (millones en libras esterlinas).
Lo que está sucediendo actualmente con los refugiados que
inundan Europa, es otra expresión de lo mismo, aunque un tanto mucho más
macabra.
Con el afán de lograr mayor influencia en la región (para ampliar
sus mercados, lograr afinidad política, o venderles armas a unos y a otros)
algunas potencias (¿?) han fomentado y apoyado el crecimiento de grupos
extremistas, que luchan de manera bastante primitiva por imponerse.
Las guerras así gestionadas (que no son otra cosa que
asesinatos en masa) han obligado a la mayoría de los civiles –gente común que
tiene familia y solo piensa en trabajar y levantar sus particulares niveles de
vida- a huir con lo que lleva puesto, y el destino más cerca es el viejo
continente.
Pero a pesar de la buena fe de algunos gobernantes, suceden cosas
como esta:
28 agosto 2015,
BBC/ Decenas de muertos en la costa de libia tras nuevos naufragios en el
Mediteráneo.
Las imágenes que llegan de tierra son
impresionantes: bolsas de cadáveres que se acumulan a la orilla del mar
Mediterráneo, en esta ocasión en la ciudad libia de Zuwara.
Las que llegan del mar
son todavía más dramáticas: de cuerpos
atrapados dentro del casco de un barco naufragado, de voluntarios que a
bordo de pequeños botes intentan rescatarlos.
Las miradas vidriosas
y la piel arrugada de los primeros confirma que, en su caso, los segundos
llegaron demasiado tarde: murieron
ahogados luego de que la embarcación en la que viajaban se volcara.
Según voceros de la
Media Luna Roja en Libia hasta el
momento se han recuperado 82 cadáveres.
Pero la cifra de muertos seguramente
aumentará: las autoridades libias dijeron que habían logrado rescatar
con vida a unas 200 personas, pero que centenares
continuaban desaparecidas.
(…)
Los naufragios de las
frágiles embarcaciones que emplean para intentar llegar a Europa sin embargo,
no son el único riesgo que enfrentan los migrantes.
Esta última tragedia,
por ejemplo, se produce dos días
después que guardacostas suecos informaran de la muerte de 52 personas
asfixiadas bajo la cubierta de un barco claramente sobrecargado.
Aún así, unas 100.000
personas –en su mayoría gente que huye de la violencia o la pobreza en sus
países de origen– han logrado completar el cruce para llegar a Italia y unos
160.000 más han desembarcado en tierras griegas.
Pero los peligros no
terminan ahí: ayer jueves la policía austríaca encontró un camión abandonado
con decenas de migrantes muertos, cerca de su frontera con Hungría, en
pleno centro de Europa.
Según información
proporcionada por las autoridades este viernes, el número de muertos en este
caso se estima en más de 70.
05/01/16 (12:50
PM)El Universal –Venezuela-
Turquía halla 36 migrantes ahogados en alta
mar,
entre ellos varios niños
Estambul.- Las autoridades
turcas hallaron este martes los cuerpos de al menos 36 personas que intentaban
cruzar el mar Egeo, entre ellos varios niños, la primera tragedia del año de la
crisis migratoria en la región.
Se trata de la mayor
registrada en el mar Egeo en lo que va de 2016, en momentos en que la Unión
Europea (UE) intenta que Turquía detenga el flujo de migrantes a través de su
territorio a cambio de ayuda económica, informó AFP.
Un portavoz de los
servicios guardacostas turcos señaló a la AFP que se habían encontrado los
cadáveres de 36 migrantes ahogados, 29 de los cuales fueron recuperados por la
gendarmería y otros 7 por los guardias costeros.
(…) La agencia de
noticias Dogan señaló que se habían registrado al menos dos naufragios
diferentes.
Según la agencia, unas
dos docenas de migrantes intentaban llegar a la isla griega de Lesbos antes del
amanecer a bordo de una lancha neumática, la cual se hundió en alta mar a causa
del mal tiempo.
Los cuerpos fueron
encontrados en la arena de una playa cercana a la localidad turca de Ayvalik o
flotando cerca de la costa, según Dogan.
Otros 8 migrantes
pudieron ser rescatados con vida.
Entre las víctimas
figura una mujer con seis meses de embarazo, añadió la fuente periodística.
Imágenes publicadas
por ésta muestran cadáveres de niños, que yacían en la arena por completo
vestidos, calzando zapatos y con sus chalecos salvavidas puestos.
Aprovecharse del inocente
Por Desalambre
07 ene 2016 12:19
La policía turca desmantela
una fábrica de chalecos salvavidas “falsos” para refugiados
·
Las autoridades turcas han afirmado que incautaron 1.200
chalecos que no contenían los materiales necesarios para proporcionar
flotabilidad a sus usuarios
·
El anuncio se produjo un día después de que 34 cuerpos de
refugiados fueran hallados en las costas turcas tras intentar llegar a Grecia:
varios fallecidos llevaban salvavidas
·
Las denuncias de la venta de chalecos falsificados y defectuosos
han sido constantes en la actual crisis de refugiados, que ha disparado el
negocio.
Las autoridades turcas
han desmantelado la producción de
chalecos salvavidas falsos en una fábrica en Izmir, Turquía, punto de
salida de miles de refugiados y migrantes hacia Grecia. El anuncio de las autoridades
de este 6 de enero, recogido por The
Guardian y medios turcos como Hürriyet,
apuntaba que la policía ha incautado 1.263 chalecos que no contenían los
materiales necesarios para la flotabilidad de sus usuarios, en su mayoría,
refugiados.
La operación policial
se produjo un día después de que al menos 34 personas muriesen en su intento de
llegar a Grecia desde Turquía, según informó la gendarmería turca a la agencia
Reuters. Los cuerpos de los fallecidos, entre los que se encontraban tres
niños, aparecieron en las costas turcas este martes. Varias imágenes mostraron
a personas muertas que portaban chalecos salvavidas.
Ahora –repito- aceptarías algo de ayuda ¿desinteresada?
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