Daniels
Esa pequeña
Cinta Roja
República Bolivariana
de Venezuela
A todos los que se atrevieron.
Espero haber hecho honor
a las pequeñas historias
que cada uno
-desde su corazón-
tuvo a bien
confiarme.[1]
19 de diciembre de 2009:
El e-mail
Era el día de
cumpleaños de Virginia, por lo que -a esa hora- la familia en pleno se
encontraba en casa. Su padre tardó cuatro años en erigirla; tan bella quedó
según algunos, que los vecinos la escogieron como modelo para construir los
demás Townhouses, regados en cuadrícula a lo largo de una calle ciega de
kilómetro y medio.
La
entrada principal, que permite el ingreso a un nivel intermedio, está
franqueada por una gran puerta de caoba exquisitamente elaborada. El piso es de
una madera parecida, aunque de costo más modesto. También lo es la escalera que
da al nivel superior, el de los cuartos, y que baja por el lado derecho hacia
la cocina-comedor. Tiene una barandilla gruesa y escalones no muy altos, aunque
si espaciados. Es a través la cocina-comedor, por donde puedes salir a las
áreas del jardín que rodean la residencia por el otro lado, junto a la ladera
de una colina generalmente impregnada de niebla y rocío. Mucha gente, al
mostrarle esta parte, hace algún comentario sobre el buen Dios, indiferentemente
de su manera de concebirlo.
Al lado izquierdo, entre la
puerta principal y la escalera, se encuentra la biblioteca, y al otro lado, el
derecho, hay una pequeña habitación con ventana panorámica que da hacia la
calle. Este es el lugar preferido por la familia para atender visitas, aunque a
veces el hermano de Virginia lo utiliza para practicar sus clases de guitarra,
y en ocasiones, la menor lo escoge para realizar sus tareas escolares. Era
sábado, siete de la noche, y no cabía un alma en el lugar, aunque amigos como
tal había muy pocos, y no eran de la muchacha.
- Yo pienso que le ha ido bien con los artículos aunque, si he de ser
sincero, creo que Oposición y Oficialismo son fuerzas encontradas, sin
conciliación posible a pesar de sus modestos esfuerzos. – El que hacía el comentario era un
Fiscal Militar que, al igual que el jefe de la casa, se encontraba jubilado.
Estaban en el cuarto con la ventana panorámica, compartiendo un par de tragos
de whisky 18 años, y bromeando por lo bajo sobre las bondades de las mujeres de
la misma edad. El padre de Virginia movió con un dedo los hielos dentro de la
bebida y levantó la vista, pensativo:
- En estos momentos investiga una
información que le mandó un oficialista sobre el deterioro que encontraron al
tomar el poder: ruina estructural en todas las áreas. Una legislación
antiquísima, sin contar –como dicen- las trampas que se realizaban a puertas cerradas en
nuestra empresa insignia, y que al parecer, solo favorecían a los grandes
consumidores de petróleo, en detrimento por supuesto, del Pueblo venezolano. Le
explicó que es por eso que dicen que la revolución necesita de veinte años,
como mínimo, para lograr su proyecto. Según, el País estaba prácticamente en el
piso.
- Pero eso lo dicen “ellos”.- Señaló el otro descartando
inmediatamente la posible veracidad del comentario. El papá de la muchacha
recordó una observación que esta le hiciera: “si la oposición gana, todo
está perfecto, si la oposición pierde, es fraude.” Movió la cabeza como si
quisiera despejar sus dudas, y continuó:
- Hoy
tarde por cierto, me mostró un correo que le mandaron por internet. Al menos
alguien la lee –el
otro sonrió- lo escribe una tal Sra. Elizabeth; déjame… -Se levantó para
sacarse del bolsillo trasero una hoja doblada, y continuó- le pedí una
copia. – Volvió a sentarse- Escucha:
“ESTIMADA
SEÑORITA VIRGINIA, SUS ARTÍCULOS ME HAN LLAMADO PODEROSAMEN-TE LA ATENCIÓN. SU
ESPECIAL INTERÉS EN TRATAR DE LOGRAR CIERTA ARMONÍA Y CONVIVENCIA ENTRE LOS
FACTORES POLÍTICOS QUE ACTUALMENTE VIVEN CON-FLICTIVAMENTE EN NUESTRO PAÍS, DA
ESPERANZAS. ESPERANZAS DE QUE PODAMOS SALIR DEL ATOLLADERO EN EL QUE NOS
ENCONTRAMOS, Y SALIR COMO UNO SOLO, PORQUE SÍ, ESTOY MUY DE ACUERDO CON USTED
CUANDO AFIRMA QUE “TODOS SOMOS PUEBLO”. RICOS Y POBRES EN ESTE CASO. AUNQUE
SIEMPRE HE CREIDO QUE LA DIVERSIDAD DE NUESTRO ORIGEN, FUE LA QUE NOS DIO ESTA
RIQUEZA GENÉTICA QUE TANTO ATRAE A TIRIOS Y TROYANOS.
CUANDO NIÑA
RECUERDO QUE JUGÁBAMOS CON UN CHISTE POPULAR EN EL QUE SE DICE QUE VENEZUELA LO
TIENE TODO: ORO, PETRÓLEO, PIEDRAS PRECIOSAS, LUGARES DE INDUDABLE BELLEZA Y
GENTE DE INCALCULABLE VALOR. PERO DIOS NOS PUSO MALOS –pésimos-
GOBERNANTES. DE ADULTA CONCLUÍ QUE SU INTENCIÓN
-la de Dios, no la del chiste- ERA QUE NOSOTROS, COMO PAÍS, BUSCÁRAMOS Y
LOGRÁRAMOS UN EQUILIBRIO, PUDIENDO SALIR ADELANTE COMO UNA FAMILIA, “LA FAMILIA
VENEZOLANA”. EN ESTOS MOMENTOS ESTOY LEYENDO UNA OBRA SOBRE SU SANTIDAD, EL
DECIMOCUARTO DALAI LAMA[2],
Y ME HA HECHO PENSAR QUE QUIZÁS NUESTRO MAYOR DESAFÍO NO SEA TANTO CONCERTAR
NUESTRAS IDEOLOGÍAS POLÍTICO SOCIALES, QUE A LA FINAL -supongo- PRETENDEN LO
MISMO DESDE PUNTOS DE VISTA DIFERENTES, SINO EL HECHO DE QUE PARA COMPRENDER A
LOS POBRES EN SU NATURALEZA MÁS PROFUNDA–sus problemas, su manera de pensar y
de ver el mundo- TENDRÍAMOS NECESARIAMENTE QUE HABER NACIDO POBRES, PORQUE DE
OTRA SOLO NOS QUEDAN LAS RESEÑAS QUE PUEDAN DARNOS PERSONAS CON CIERTA
SENSIBILIDAD SOCIAL COMO LA SUYA. DE IGUAL MODO, PARA ENTENDER A LOS RICOS, QUE
TAMBIÉN SOMOS SERES HUMANOS Y CIUDADANOS –aunque en este caso minoría (bueno,
casi siempre)- DEBA PERTENECERSE, DESDE EL NACIMIENTO, A LA CLASE ALTA. QUIZÁS
NUESTRAS DIFERENCIAS SEAN BÁSICAMENTE ESAS: NUNCA HEMOS TENIDO LA EXPERIENCIA
DE SER COMO LOS OTROS. SIN EMBARGO,
FÍJESE QUE AUNQUE NO PAREZCA, TODOS TENEMOS PROBLEMAS, “TODOS”, INCLUYENDO
–aunque los partidarios del oficialismo no lo piensen así- LAS PERSONAS DE
ESTRATOS SOCIALES SUPERIORES.
Y ES QUE,
NO POR RICOS Y PUDIENTES DEJAMOS DE VELAR Y SUFRIR POR NUESTRAS FAMILIAS E
HIJOS, O SOMOS AJENOS A LAS ENFERMEDADES Y A LAS TRAGEDIAS; TODOS QUEREMOS UN
MUNDO MEJOR.
RICOS, POBRES, MULATOS, RUBIOS,
MORENOS, BLANCOS, NEGROS, MESTIZOS; HAY TANTOS CALIFICATIVOS PARA HACERNOS
CREER QUE SOMOS DIFERENTES LOS UNOS DE LOS OTROS.
UN AMIGO
JUDÍO SENTENCIÓ ACERTADAMENTE LA IGUALDAD DE LOS SERES HUMANOS, AL RESUMIRLA DE
LA SIGUIENTE MANERA:
¡TODOS NECESITAMOS IR AL BAÑO!
DIOS BENDIGA A LOS QUE LUCHAN POR
TRAER LA PAZ A ESTA TIERRA, A GENTE QUE, COMO USTED, SE ESFUERZA POR EVITAR QUE
LA SANGRE DE NUESTROS COMPATRIOTAS VUELVA A SER DERRAMADA POR LUCHAS SOCIALES
EN BIEN, SABRÁ DIOS, DE QUÉ TRISTES, MEZQUINOS Y OSCUROS INTERESES ECONÓMICOS
(locales o foráneos).
RUEGO TODOS
LOS DÍAS PORQUE NOS DEMOS CUENTA
DE QUE LA
VIOLENCIA QUE VIVIMOS A DIARIO –y que estalla los fines de semana como un juego
macabro de gente, para quienes el asesinato parece ser solo una manera de
divertirse- ES LO MÁS ATROZ QUE SE HA VISTO EN NUESTRA TIERRA DESDE QUE
NUESTROS LIBERTADORES INICIARON SU GESTA. RUEGO PORQUE LA VIOLENCIA TRAÍDA DE
AFUERA BAJO CUALQUIER SILOGISMO, TRATANDO DE IMPONER A TIRO LIMPIO LO QUE POR
LAS URNAS NO PODEMOS, NUNCA SEA MÁS QUE UN ARGUMENTO DISUASORIO PARA EVITAR,
COMO ALGUNOS TEMEN, QUE EL ACTUAL RÉGIMEN PASE DEFINITIVAMENTE A SER ENEMIGO
DEL MUNDO Y DE SU MINORÍA OPOSITORA –nosotros-; Y RUEGO FINALMENTE PORQUE
ENTENDAMOS QUE LO QUE DEBEMOS DERROTAR ES LA DESARMONÍA CON LA QUE VIVIMOS EN
ESTE HERMOSÍSIMO PAÍS, Y QUE ESTA FALTA DE ENTENDIMIENTO, SOLO GENERA GANANCIAS A AQUELLOS PARA QUIENES
NO SOMOS PUEBLO, NI PERSONAS, MUCHO MENOS SERES HUMANOS, SINO SIMPLES
ESTADÍSTICAS –meras ratas de laboratorio- QUE PUEDEN SER DESECHADAS, ENTIENDASE
CON ESTO: ASESINADAS, DESAPARECIDAS O CULPADAS INJUSTAMENTE– y disculpe si
insisto en esto- POR EL BIEN DE OSCUROS BENEFICIOS.”
- Oye: muy bueno.- Señaló el fiscal con cara de
sorpresa.- ¿Quién lo mandó?
- Una tal Sra. Elizabeth, ya te dije,
es todo lo que Virginia sabe. Le publican sus artículos en un rincón de las
páginas menos importantes de un diario capitalino, y dos del interior. Trato de
ayudarla en algo, pero mis contactos no se atreven a colocarla en las páginas
especializadas, dicen que es muy joven y poco conocida. Igual, el correo la
llenó de emoción y agradecimiento.-
El otro volvió a sonreír, pero
esta vez con sarcasmo:
- No es que sea una novata, lo que
sucede es que está tratando de conciliar, no de alarmar. Y eso no vende. Si
observas los matutinos a diario te darás cuenta que las estadísticas de muertos
se refieren a las últimas “72 horas”, o sea que siempre habrá un día repetido
para inflar la cosa. Y si vez los canales del Estado, entonces resulta que aquí
“no pasa nada”; los muertos, según ellos, son solo un argumento de la Oposición
para escandalizar y criticar la gestión gubernamental.
- Si… -Susurró el padre de Virginia, nuevamente
distraído. Su hija nunca se había enamorado. No al menos que alguien supiera.
De pronto dijo:
- No la ha llamado.- El otro interpretó mal el comentario
y soltó, jocosamente:
- Pública
en un diario, si quiere que la llamen tiene que dedicarse a la radio.- Una de las sobrinas se asomó a la
puerta, ya lo había visto desde su posición, pero fue como ver y no ver:
- Parece
que le mandó un ramo de flores... -dijo la muchacha- tu pequeña está que se derrite en la puerta.-
El papá sonrió con sinceridad.
Jóse desapareció tres meses atrás,
cuando terminó la investigación de la cual nunca dio muchos detalles -o al
menos eso dijo Virginia-, y ella comenzó a redactar sus artículos.
Trataba de ocultar su tristeza,
pero a medida que pasaban los días más evidente era su amor –o desamor- por
aquel extraño sujeto del cual él y su mujer poco sabían.
La hermana menor de Virginia
estaba recibiendo, cual princesa de la casa, a todos los que llegaban, así que
fue ella la primera en pelar los ojos cuando, al abrir la puerta, vio el gran
ramo de orquídeas moteadas de violeta y negro, que colocaron en el piso.
El
repartidor señaló:
- La señorita Virginia, por favor.
- ¿Puedo recibirlo yo? –preguntó la niña.
- No mi amor, lo siento –respondió el otro con una sonrisa- aunque
espero volver para tu cumpleaños.- La pequeña sonrió ampliamente y luego
corrió, emocionada, por entre todos. Las mujeres comenzaron a voltear, y las
murmuraciones dominaron la estancia.
Desde mediados de Septiembre
Virginia no había tenido noticias, sencillamente había desaparecido. Intentó
comunicarse con él un par de veces pero el número de su celular fue
desactivado, así que el proyecto del libro que finalmente decidió escribir,
quedó en veremos.
Con mucho esmero logró redondear
las exposiciones de aquellos que tan gentilmente la ayudaron, los amigos de
Jóse, y las guardó en su computador. De allí sacaba la mayor parte de su
columna, publicada una vez cada 15 días. Su padre le sugirió presentarlo como
una investigación académica, un estudio socio político o algo así, pero ella
consideraba que hacerlo de ese modo la obligaría a identificar sus fuentes, y
eso no fue lo convenido. Las esperanzas sin embargo no estaban del todo
perdidas, confiaba en poder averiguar lo que creía que le faltaba para una
novela: la investigación que el otro llevó a cabo.
Es más, aferrada a eso y en
honor a su abuelo paterno, muerto seis años atrás, abrió la historia con algo
que este mencionó cuando ella tenía la edad de su hermana:
“La
Paz la trae el conocimiento. Las diferencias y el odio que se tienen los seres
humanos, nacen probablemente de la mala intención de algunos, pero mucho más,
de la ignorancia que se tienen los unos sobre los otros.”
Y remató con una frase de Jóse
durante una de sus conversaciones, frase que dio origen al nombre de su
columna:
“Todos somos Pueblo”
- No tiene tarjeta. ¿Quién lo envía? –
Le preguntó al
empleado de la floristería, vestido todo de blanco y con gorra. Un año atrás,
unos atracadores utilizaron esa argucia para entrar a robar en las residencias
vecinas, justo al otro lado de la calle. Desde entonces, el servicio de
seguridad que custodiaba el Conjunto Residencial contaba con dos vigilantes
fijos, uno en la caseta de la entrada, y otro escondido como empleado doméstico
en alguno de los jardines de cualquiera de las casas. Durante las fiestas, el
padre de Virginia contrataba a otros dos, generalmente reservistas que, o eran
recomendados por alguien de confianza, o habían servido con él. En esos
momentos uno de ellos flanqueaba al repartidor de manera discreta.
- Es usted la señorita Virginia,
¿verdad? – Y sin
esperar respuesta le acercó un pequeño talonario- Firme aquí por favor. Fue
solicitado por teléfono y pagado con transferencia. El caballero que se lo
envía no se identificó, pero pidió que le diéramos un número.
- ¿De teléfono?
- No. Diecinueve treinta fue lo que
dijo. Que usted entendería.
- ¿Diecinueve treinta? -susurró, pensativa.
- ¡Faltan quince minutos! –señaló su hermana, emocionada.
El repartidor se encogió de hombros,
sonrió más abiertamente y le giñó un ojo, Virginia perdió un latido. Dio las
gracias, nerviosa, y con ayuda de sus primas sorteó las bromas de todos y subió
el obsequio a su cuarto. Luego bajó y se quedó junto a las escaleras hablando
con Margarita y con su madre, tratando de ocultar el temblor de sus manos, muy
seria. Su atención estaba puesta en el gran reloj de la cocina que podía verse
desde donde estaba. Todos la observaban, con prudencia eso sí, para no
molestarla.
A decir de algunos, y no siempre en
broma, Virginia era uno de esos raros y exquisitos bombones, al que nadie le
había podido hincar el diente.
A
las siete y media en punto su celular repicó. Y dejando a las demás con la
palabra en la boca, subió corriendo las escaleras.
Poco después de las ocho
reapareció, pero cuando comenzaba a bajar haciéndose la tonta, su prima
Margarita le gritó por encima de la algarabía:
- ¿Y entonces? – Y ella, escuchando como el silencio
se apoderaba del lugar y todos la miraban, terminó afirmando con suavidad y
lágrimas en los ojos.
Margarita alzó los brazos en
señal de victoria y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡YES!
Y todos corearon como uno solo:
- ¡FELIZ CUMPLEAÑOS! -
*************
Capítulo I:
Virginia
El 13 de julio, cinco meses atrás, fue lunes,
y amaneció frio y brumoso. Desde la tragedia de La Guaira en 1.999, el clima de
la ciudad cambió, pero nadie sabía por qué. Jóse limpió el vidrio de la ventana
con una servilleta de papel y miró hacia El Ávila, la emblemática insignia de
la Gran Caracas.
Durante diciembre del año anterior,
1998, una lluvia helada e inquietante lo persiguió por toda la región de la
Gran Sabana; se encontraba vagando sin rumbo fijo y de aventón en aventón,
hasta que llegó al insoportable calor de Santa Elena de Uairén. Total y
extrañamente agotado, decidió volver en un autobús que, al detenerse en todas
las terminales para recoger gente, tardó once horas en alcanzar Puerto Ordaz.
El médico le diagnosticó Fiebre Amarilla, y pasó tres días en cama con un
terrible dolor de huesos en todo el cuerpo. Al año siguiente, el deslave lo
tomó por sorpresa, igual que a todos, regando las playas de Vargas con incontables
trozos de personas; enterrando o desapareciendo a muchos. Las estadísticas no
fueron fiables, y es que gran parte de las víctimas estaban de paso, celebrando
la noche del viernes, o preparándose para disfrutar del fin de semana, alejados
de la insoportable sensación de una Capital que cada vez se antojaba más
pequeña. Un empleado de estadísticas del Ministerio de Sanidad le contó, un par
de años más tarde -tomando agua potable mientras vigilaba a sus nietos, que
chapoteaban inocentemente cerca de la orilla- que el número de muertos que se
conocía y se daba al público, solo representaba el diez, quizás el 15% del
total de fallecidos. Seis meses antes de la tragedia, el organismo había
realizado un pequeño empadronamiento de los que vivían en la zona, y calculado
con un margen de error muy pequeño, la cantidad de los que andaban de tránsito.
Pero intentar corregir el desliz solo acarrearía más tristeza y dolor.
El
Abuelo siempre mencionaba una profecía de años atrás, donde un visionario
alertó que el Mar finalmente llegaría a Caracas, y el día en que supuestamente
sucedería, muchos abandonaron la Ciudad. ¿La predicción fue cierta pero mal
interpretada?
Desde
aquellos trágicos días, el Valle de Caracas volvió a albergar una ciudad
húmeda, melancólica, con cierta oscuridad que nunca se aclaraba del todo hasta
ya avanzada la mañana.
Dejó
los recuerdos a un lado.
Pronto
llegarían las lluvias que ahora azotan al país todos los años, obligando a los
Gobiernos, tanto regionales como al nacional, a limpiar, casi siempre a la
carrera, caños y desagües, sobre todo en los círculos de pobreza, donde la
gente arroja a los vertederos todo lo que les da por botar, obstruyendo las
quebradas e inundando y dañando las casas alrededor. Barrios completos se veían
en apuros. Concientizar e introducir a las Comunidades en la solución del
problema, era la estrategia diseñada por el Gobierno de la Revolución, pero
todos sabían que requeriría de un trabajo lento y necesariamente constante para
poder dar frutos.
Abandonó
los cristales con el humeante café aún sin terminar, tomó el control a
distancia, encendió el reproductor automático y una suave música inundó el
Pent-house. El edificio se encontraba, caminando, a unos diez minutos de la
Estación del Metro de Chacaíto, en El Bosque; llevaba en la ciudad poco menos
de dos meses. En una urbe donde el crimen se confunde con la labor cotidiana,
el respeto mutuo es ley, así que para no delatar a ninguno de sus confidentes,
había regado el chisme de que buscaba información sobre un tal Alejandro y su
Secta. El mensaje había llegado. Lo sabía. Confiaba en que el otro no buscara
confrontación, sino se pusiera nervioso y se equivocara. Eso le bastaría para
desentrañar los secretos que guardaba tan férreamente.
Se
removió, inquieto.
Finalmente
estaba comenzando a obtener algo sobre el “por qué” de todo el maldito asunto,
y ahora le salían con esto: “Sr. Jóse, necesitamos un pequeño favor...”
¿Quién
sería la chica? –Se preguntó- ¿Y a quién se le habría ocurrido la brillante
idea?
Se
llamaba Virginia. Solo eso. Acababa de graduarse en Comunicación Social en una
Universidad Jesuita, privada por supuesto, y estaba, según le explicaron por
teléfono, compilando información para un trabajo independiente.
Un
artículo, o algo así, sobre los aspectos socio políticos que inspiraron la
Revolución Venezolana -de la cual mucha gente cercana a ella parecía hablar muy
mal-, y su careo con la opinión que tenía al respecto, una Oposición que,
aunque minoritaria, no bajaba por ello la guardia, ni dejaba de adversarle
férreamente.
Siempre
odió la política, sabía lo que los aspirantes -todos- prometían durante las
campañas, y lo que sucedía después, cuando llegaban al poder.
Trabajo
extra: cuidar a una pichón de reportero, ayudarla en su investigación sabría
Dios de qué manera, y mantenerse alerta por si a alguien se le ocurría alguna
estupidez.
Riesgos
innecesarios, pensó y, probablemente, por mero capricho.
Se
sirvió más café y volvió a la gran ventana que daba a El Ávila. Cuando estaba
en Nueva Esparta lo añoraba, pero ahora que lo tenía en frente, sentía
nostalgia por las cristalinas playas de la Isla y sus fantasmagóricas noches de
luna llena.
A
mediados de noviembre de 2008, un padre agobiado por la desesperación, sostuvo
una reunión con uno de sus clientes habituales. Sabiendo de sus conexiones con
el mundo del crimen, le ofreció el mejor restaurant de El Hatillo -el suyo- a
cambio de que le averiguaran por qué su hijo de apenas 15 años, recién
cumplidos, se había suicidado. Del contratante solo sabía que se llamaba
Giuseppe, un viejo portugués venido a estas tierras durante la década de los
cincuenta.
Del
niño, que dejó junto a sus pies un viejo texto de la novela de Bram Stocker,
“Drácula”, manchado con su propia sangre, en la portada y algunas páginas
interiores.
Él
lo tenía.
La
policía -suponía el padre- agobiada por los crímenes diarios, cerró
tajantemente el asunto como una muerte por depresión y problemas personales,
comunes a tan temprana edad. Pero el señor Giuseppe se negaba a creerlo.
Su
esposa estaba enferma desde entonces, y como ya sus hijos mayores habían hecho
vida propia, decidió jugársela con el negocio familiar.
A
finales de abril dieron con él, conviviendo definitivamente y desde hacía ya un
par de años, con los diversos proveedores de servicios turísticos de las playas
en Nueva Esparta: Taxistas, Vendedores ambulantes, Trabajadores de hoteles,
Restaurantes, Casinos. Evaluando desde lo más bajo, las posibilidades de montar
un negocio que pudiera florecer, buscando algún pequeño local, e intercambiando
conocimientos con los turistas que llegaban de muchas partes, turistas que le
contaban anécdotas o le permitían practicar su inglés.
Miró
el reloj en una esquina de la barra de la cocina, 07:25 de la mañana; iría al
gimnasio, desayunaría después de una ducha, y volvería al departamento para
dormir hasta media tarde. A eso de las cuatro debía reunirse con la muchacha.
Apagó
los equipos, las luces, tomó su celular, la cartera, y salió.
(...)
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[1] Esta obra contiene en algunos casos, lenguaje propio de la calle,
lenguaje que puede resultar ofensivo. Así mismo, por los conflictos que maneja,
las situaciones que plantea y las opiniones que, al respecto, son expresadas
por los diversos personajes que intervienen en la misma, no se aconseja su
lectura a menores de edad. (N.A.)
[2] ADIESTRAR
LA MENTE, de su Santidad, el Dalai Lama. Ediciones Dharma 2004. Alicante, España.
Depósito Legal A-658-2004.(N.A.)
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