lunes, 15 de febrero de 2016

Daniels




Esa pequeña
Cinta Roja









República Bolivariana de Venezuela




















A todos los que se atrevieron.
Espero haber hecho honor
a las pequeñas historias
que cada uno
-desde su corazón-
 tuvo a bien
confiarme.[1]





















19 de diciembre de 2009:

El e-mail






Era el día de cumpleaños de Virginia, por lo que -a esa hora- la familia en pleno se encontraba en casa. Su padre tardó cuatro años en erigirla; tan bella quedó según algunos, que los vecinos la escogieron como modelo para construir los demás Townhouses, regados en cuadrícula a lo largo de una calle ciega de kilómetro y medio.
                La entrada principal, que permite el ingreso a un nivel intermedio, está franqueada por una gran puerta de caoba exquisitamente elaborada. El piso es de una madera parecida, aunque de costo más modesto. También lo es la escalera que da al nivel superior, el de los cuartos, y que baja por el lado derecho hacia la cocina-comedor. Tiene una barandilla gruesa y escalones no muy altos, aunque si espaciados. Es a través la cocina-comedor, por donde puedes salir a las áreas del jardín que rodean la residencia por el otro lado, junto a la ladera de una colina generalmente impregnada de niebla y rocío. Mucha gente, al mostrarle esta parte, hace algún comentario sobre el buen Dios, indiferentemente de su manera de concebirlo.
                Al lado izquierdo, entre la puerta principal y la escalera, se encuentra la biblioteca, y al otro lado, el derecho, hay una pequeña habitación con ventana panorámica que da hacia la calle. Este es el lugar preferido por la familia para atender visitas, aunque a veces el hermano de Virginia lo utiliza para practicar sus clases de guitarra, y en ocasiones, la menor lo escoge para realizar sus tareas escolares. Era sábado, siete de la noche, y no cabía un alma en el lugar, aunque amigos como tal había muy pocos, y no eran de la muchacha.                                          

-              Yo pienso que le ha ido bien con los artículos aunque, si he de ser sincero, creo que Oposición y Oficialismo son fuerzas encontradas, sin conciliación posible a pesar de sus modestos esfuerzos. – El que hacía el comentario era un Fiscal Militar que, al igual que el jefe de la casa, se encontraba jubilado. Estaban en el cuarto con la ventana panorámica, compartiendo un par de tragos de whisky 18 años, y bromeando por lo bajo sobre las bondades de las mujeres de la misma edad. El padre de Virginia movió con un dedo los hielos dentro de la bebida y levantó la vista, pensativo:
-              En estos momentos investiga una información que le mandó un oficialista sobre el deterioro que encontraron al tomar el poder: ruina estructural en todas las áreas. Una legislación antiquísima, sin contar –como dicen- las trampas que se realizaban a puertas cerradas en nuestra empresa insignia, y que al parecer, solo favorecían a los grandes consumidores de petróleo, en detrimento por supuesto, del Pueblo venezolano. Le explicó que es por eso que dicen que la revolución necesita de veinte años, como mínimo, para lograr su proyecto. Según, el País estaba prácticamente en el piso.
-              Pero eso lo dicen “ellos”.- Señaló el otro descartando inmediatamente la posible veracidad del comentario. El papá de la muchacha recordó una observación que esta le hiciera: “si la oposición gana, todo está perfecto, si la oposición pierde, es fraude.” Movió la cabeza como si quisiera despejar sus dudas, y continuó:
-              Hoy tarde por cierto, me mostró un correo que le mandaron por internet. Al menos alguien la lee –el otro sonrió- lo escribe una tal Sra. Elizabeth; déjame… -Se levantó para sacarse del bolsillo trasero una hoja doblada, y continuó- le pedí una copia. – Volvió a sentarse- Escucha:

“ESTIMADA SEÑORITA VIRGINIA, SUS ARTÍCULOS ME HAN LLAMADO PODEROSAMEN-TE LA ATENCIÓN. SU ESPECIAL INTERÉS EN TRATAR DE LOGRAR CIERTA ARMONÍA Y CONVIVENCIA ENTRE LOS FACTORES POLÍTICOS QUE ACTUALMENTE VIVEN CON-FLICTIVAMENTE EN NUESTRO PAÍS, DA ESPERANZAS. ESPERANZAS DE QUE PODAMOS SALIR DEL ATOLLADERO EN EL QUE NOS ENCONTRAMOS, Y SALIR COMO UNO SOLO, PORQUE SÍ, ESTOY MUY DE ACUERDO CON USTED CUANDO AFIRMA QUE “TODOS SOMOS PUEBLO”. RICOS Y POBRES EN ESTE CASO. AUNQUE SIEMPRE HE CREIDO QUE LA DIVERSIDAD DE NUESTRO ORIGEN, FUE LA QUE NOS DIO ESTA RIQUEZA GENÉTICA QUE TANTO ATRAE A TIRIOS Y TROYANOS.
CUANDO NIÑA RECUERDO QUE JUGÁBAMOS CON UN CHISTE POPULAR EN EL QUE SE DICE QUE VENEZUELA LO TIENE TODO: ORO, PETRÓLEO, PIEDRAS PRECIOSAS, LUGARES DE INDUDABLE BELLEZA Y GENTE DE INCALCULABLE VALOR. PERO DIOS NOS PUSO MALOS –pésimos- GOBERNANTES.  DE ADULTA CONCLUÍ QUE SU INTENCIÓN -la de Dios, no la del chiste- ERA QUE NOSOTROS, COMO PAÍS, BUSCÁRAMOS Y LOGRÁRAMOS UN EQUILIBRIO, PUDIENDO SALIR ADELANTE COMO UNA FAMILIA, “LA FAMILIA VENEZOLANA”. EN ESTOS MOMENTOS ESTOY LEYENDO UNA OBRA SOBRE SU SANTIDAD, EL DECIMOCUARTO DALAI LAMA[2], Y ME HA HECHO PENSAR QUE QUIZÁS NUESTRO MAYOR DESAFÍO NO SEA TANTO CONCERTAR NUESTRAS IDEOLOGÍAS POLÍTICO SOCIALES, QUE A LA FINAL -supongo- PRETENDEN LO MISMO DESDE PUNTOS DE VISTA DIFERENTES, SINO EL HECHO DE QUE PARA COMPRENDER A LOS POBRES EN SU NATURALEZA MÁS PROFUNDA–sus problemas, su manera de pensar y de ver el mundo- TENDRÍAMOS NECESARIAMENTE QUE HABER NACIDO POBRES, PORQUE DE OTRA SOLO NOS QUEDAN LAS RESEÑAS QUE PUEDAN DARNOS PERSONAS CON CIERTA SENSIBILIDAD SOCIAL COMO LA SUYA. DE IGUAL MODO, PARA ENTENDER A LOS RICOS, QUE TAMBIÉN SOMOS SERES HUMANOS Y CIUDADANOS –aunque en este caso minoría (bueno, casi siempre)- DEBA PERTENECERSE, DESDE EL NACIMIENTO, A LA CLASE ALTA. QUIZÁS NUESTRAS DIFERENCIAS SEAN BÁSICAMENTE ESAS: NUNCA HEMOS TENIDO LA EXPERIENCIA DE SER COMO LOS OTROS.  SIN EMBARGO, FÍJESE QUE AUNQUE NO PAREZCA, TODOS TENEMOS PROBLEMAS, “TODOS”, INCLUYENDO –aunque los partidarios del oficialismo no lo piensen así- LAS PERSONAS DE ESTRATOS SOCIALES SUPERIORES.
Y ES QUE, NO POR RICOS Y PUDIENTES DEJAMOS DE VELAR Y SUFRIR POR NUESTRAS FAMILIAS E HIJOS, O SOMOS AJENOS A LAS ENFERMEDADES Y A LAS TRAGEDIAS; TODOS QUEREMOS UN MUNDO MEJOR.
            RICOS, POBRES, MULATOS, RUBIOS, MORENOS, BLANCOS, NEGROS, MESTIZOS; HAY TANTOS CALIFICATIVOS PARA HACERNOS CREER QUE SOMOS DIFERENTES LOS UNOS DE LOS OTROS.
UN AMIGO JUDÍO SENTENCIÓ ACERTADAMENTE LA IGUALDAD DE LOS SERES HUMANOS, AL RESUMIRLA DE LA SIGUIENTE MANERA:
            ¡TODOS NECESITAMOS IR AL BAÑO!

            DIOS BENDIGA A LOS QUE LUCHAN POR TRAER LA PAZ A ESTA TIERRA, A GENTE QUE, COMO USTED, SE ESFUERZA POR EVITAR QUE LA SANGRE DE NUESTROS COMPATRIOTAS VUELVA A SER DERRAMADA POR LUCHAS SOCIALES EN BIEN, SABRÁ DIOS, DE QUÉ TRISTES, MEZQUINOS Y OSCUROS INTERESES ECONÓMICOS (locales o foráneos).
RUEGO TODOS LOS DÍAS PORQUE NOS DEMOS CUENTA
DE QUE LA VIOLENCIA QUE VIVIMOS A DIARIO –y que estalla los fines de semana como un juego macabro de gente, para quienes el asesinato parece ser solo una manera de divertirse- ES LO MÁS ATROZ QUE SE HA VISTO EN NUESTRA TIERRA DESDE QUE NUESTROS LIBERTADORES INICIARON SU GESTA. RUEGO PORQUE LA VIOLENCIA TRAÍDA DE AFUERA BAJO CUALQUIER SILOGISMO, TRATANDO DE IMPONER A TIRO LIMPIO LO QUE POR LAS URNAS NO PODEMOS, NUNCA SEA MÁS QUE UN ARGUMENTO DISUASORIO PARA EVITAR, COMO ALGUNOS TEMEN, QUE EL ACTUAL RÉGIMEN PASE DEFINITIVAMENTE A SER ENEMIGO DEL MUNDO Y DE SU MINORÍA OPOSITORA –nosotros-; Y RUEGO FINALMENTE PORQUE ENTENDAMOS QUE LO QUE DEBEMOS DERROTAR ES LA DESARMONÍA CON LA QUE VIVIMOS EN ESTE HERMOSÍSIMO PAÍS, Y QUE ESTA FALTA DE ENTENDIMIENTO,  SOLO GENERA GANANCIAS A AQUELLOS PARA QUIENES NO SOMOS PUEBLO, NI PERSONAS, MUCHO MENOS SERES HUMANOS, SINO SIMPLES ESTADÍSTICAS –meras ratas de laboratorio- QUE PUEDEN SER DESECHADAS, ENTIENDASE CON ESTO: ASESINADAS, DESAPARECIDAS O CULPADAS INJUSTAMENTE– y disculpe si insisto en esto- POR EL BIEN DE OSCUROS BENEFICIOS.”

-              Oye: muy bueno.- Señaló el fiscal con cara de sorpresa.- ¿Quién lo mandó?
-              Una tal Sra. Elizabeth, ya te dije, es todo lo que Virginia sabe. Le publican sus artículos en un rincón de las páginas menos importantes de un diario capitalino, y dos del interior. Trato de ayudarla en algo, pero mis contactos no se atreven a colocarla en las páginas especializadas, dicen que es muy joven y poco conocida. Igual, el correo la llenó de emoción y agradecimiento.-

                El otro volvió a sonreír, pero esta vez con sarcasmo:

-              No es que sea una novata, lo que sucede es que está tratando de conciliar, no de alarmar. Y eso no vende. Si observas los matutinos a diario te darás cuenta que las estadísticas de muertos se refieren a las últimas “72 horas”, o sea que siempre habrá un día repetido para inflar la cosa. Y si vez los canales del Estado, entonces resulta que aquí “no pasa nada”; los muertos, según ellos, son solo un argumento de la Oposición para escandalizar y criticar la gestión gubernamental.
-              Si… -Susurró el padre de Virginia, nuevamente distraído. Su hija nunca se había enamorado. No al menos que alguien supiera. De pronto dijo:
-              No la ha llamado.- El otro interpretó mal el comentario y soltó, jocosamente:
-              Pública en un diario, si quiere que la llamen tiene que dedicarse a la radio.- Una de las sobrinas se asomó a la puerta, ya lo había visto desde su posición, pero fue como ver y no ver:
-              Parece que le mandó un ramo de flores... -dijo la muchacha- tu pequeña está que se derrite en la puerta.- El papá sonrió con sinceridad.

                Jóse desapareció tres meses atrás, cuando terminó la investigación de la cual nunca dio muchos detalles -o al menos eso dijo Virginia-, y ella comenzó a redactar sus artículos.
                Trataba de ocultar su tristeza, pero a medida que pasaban los días más evidente era su amor –o desamor- por aquel extraño sujeto del cual él y su mujer poco sabían.

                La hermana menor de Virginia estaba recibiendo, cual princesa de la casa, a todos los que llegaban, así que fue ella la primera en pelar los ojos cuando, al abrir la puerta, vio el gran ramo de orquídeas moteadas de violeta y negro, que colocaron en el piso.

El repartidor señaló:
-              La señorita Virginia, por favor.
-              ¿Puedo recibirlo yo? –preguntó la niña.
-              No mi amor, lo siento –respondió el otro con una sonrisa- aunque espero volver para tu cumpleaños.- La pequeña sonrió ampliamente y luego corrió, emocionada, por entre todos. Las mujeres comenzaron a voltear, y las murmuraciones dominaron la estancia.
               
                Desde mediados de Septiembre Virginia no había tenido noticias, sencillamente había desaparecido. Intentó comunicarse con él un par de veces pero el número de su celular fue desactivado, así que el proyecto del libro que finalmente decidió escribir, quedó en veremos.
                Con mucho esmero logró redondear las exposiciones de aquellos que tan gentilmente la ayudaron, los amigos de Jóse, y las guardó en su computador. De allí sacaba la mayor parte de su columna, publicada una vez cada 15 días. Su padre le sugirió presentarlo como una investigación académica, un estudio socio político o algo así, pero ella consideraba que hacerlo de ese modo la obligaría a identificar sus fuentes, y eso no fue lo convenido. Las esperanzas sin embargo no estaban del todo perdidas, confiaba en poder averiguar lo que creía que le faltaba para una novela: la investigación que el otro llevó a cabo.
                Es más, aferrada a eso y en honor a su abuelo paterno, muerto seis años atrás, abrió la historia con algo que este mencionó cuando ella tenía la edad de su hermana:
                “La Paz la trae el conocimiento. Las diferencias y el odio que se tienen los seres humanos, nacen probablemente de la mala intención de algunos, pero mucho más, de la ignorancia que se tienen los unos sobre los otros.”
                Y remató con una frase de Jóse durante una de sus conversaciones, frase que dio origen al nombre de su columna:
                “Todos somos Pueblo”

-              No tiene tarjeta. ¿Quién lo envía? – Le preguntó al empleado de la floristería, vestido todo de blanco y con gorra. Un año atrás, unos atracadores utilizaron esa argucia para entrar a robar en las residencias vecinas, justo al otro lado de la calle. Desde entonces, el servicio de seguridad que custodiaba el Conjunto Residencial contaba con dos vigilantes fijos, uno en la caseta de la entrada, y otro escondido como empleado doméstico en alguno de los jardines de cualquiera de las casas. Durante las fiestas, el padre de Virginia contrataba a otros dos, generalmente reservistas que, o eran recomendados por alguien de confianza, o habían servido con él. En esos momentos uno de ellos flanqueaba al repartidor de manera discreta.
-              Es usted la señorita Virginia, ¿verdad? – Y sin esperar respuesta le acercó un pequeño talonario- Firme aquí por favor. Fue solicitado por teléfono y pagado con transferencia. El caballero que se lo envía no se identificó, pero pidió que le diéramos un número.
-               ¿De teléfono?
-              No. Diecinueve treinta fue lo que dijo. Que usted entendería.
-               ¿Diecinueve treinta? -susurró, pensativa.
-              ¡Faltan quince minutos! –señaló su hermana, emocionada.     
                El repartidor se encogió de hombros, sonrió más abiertamente y le giñó un ojo, Virginia perdió un latido. Dio las gracias, nerviosa, y con ayuda de sus primas sorteó las bromas de todos y subió el obsequio a su cuarto. Luego bajó y se quedó junto a las escaleras hablando con Margarita y con su madre, tratando de ocultar el temblor de sus manos, muy seria. Su atención estaba puesta en el gran reloj de la cocina que podía verse desde donde estaba. Todos la observaban, con prudencia eso sí, para no molestarla.
                A decir de algunos, y no siempre en broma, Virginia era uno de esos raros y exquisitos bombones, al que nadie le había podido hincar el diente.
                A las siete y media en punto su celular repicó. Y dejando a las demás con la palabra en la boca, subió corriendo las escaleras.
                Poco después de las ocho reapareció, pero cuando comenzaba a bajar haciéndose la tonta, su prima Margarita le gritó por encima de la algarabía:
-              ¿Y entonces? – Y ella, escuchando como el silencio se apoderaba del lugar y todos la miraban, terminó afirmando con suavidad y lágrimas en los ojos.
                Margarita alzó los brazos en señal de victoria y gritó con todas sus fuerzas:
-              ¡YES!
                Y todos corearon como uno solo:
-               ¡FELIZ CUMPLEAÑOS! -


 *************












Capítulo I:

Virginia











El 13 de julio, cinco meses atrás, fue lunes, y amaneció frio y brumoso. Desde la tragedia de La Guaira en 1.999, el clima de la ciudad cambió, pero nadie sabía por qué. Jóse limpió el vidrio de la ventana con una servilleta de papel y miró hacia El Ávila, la emblemática insignia de la Gran Caracas.
                Durante diciembre del año anterior, 1998, una lluvia helada e inquietante lo persiguió por toda la región de la Gran Sabana; se encontraba vagando sin rumbo fijo y de aventón en aventón, hasta que llegó al insoportable calor de Santa Elena de Uairén. Total y extrañamente agotado, decidió volver en un autobús que, al detenerse en todas las terminales para recoger gente, tardó once horas en alcanzar Puerto Ordaz. El médico le diagnosticó Fiebre Amarilla, y pasó tres días en cama con un terrible dolor de huesos en todo el cuerpo. Al año siguiente, el deslave lo tomó por sorpresa, igual que a todos, regando las playas de Vargas con incontables trozos de personas; enterrando o desapareciendo a muchos. Las estadísticas no fueron fiables, y es que gran parte de las víctimas estaban de paso, celebrando la noche del viernes, o preparándose para disfrutar del fin de semana, alejados de la insoportable sensación de una Capital que cada vez se antojaba más pequeña. Un empleado de estadísticas del Ministerio de Sanidad le contó, un par de años más tarde -tomando agua potable mientras vigilaba a sus nietos, que chapoteaban inocentemente cerca de la orilla- que el número de muertos que se conocía y se daba al público, solo representaba el diez, quizás el 15% del total de fallecidos. Seis meses antes de la tragedia, el organismo había realizado un pequeño empadronamiento de los que vivían en la zona, y calculado con un margen de error muy pequeño, la cantidad de los que andaban de tránsito. Pero intentar corregir el desliz solo acarrearía más tristeza y dolor.
                El Abuelo siempre mencionaba una profecía de años atrás, donde un visionario alertó que el Mar finalmente llegaría a Caracas, y el día en que supuestamente sucedería, muchos abandonaron la Ciudad. ¿La predicción fue cierta pero mal interpretada?
               
                Desde aquellos trágicos días, el Valle de Caracas volvió a albergar una ciudad húmeda, melancólica, con cierta oscuridad que nunca se aclaraba del todo hasta ya avanzada la mañana. 
                Dejó los recuerdos a un lado.
                Pronto llegarían las lluvias que ahora azotan al país todos los años, obligando a los Gobiernos, tanto regionales como al nacional, a limpiar, casi siempre a la carrera, caños y desagües, sobre todo en los círculos de pobreza, donde la gente arroja a los vertederos todo lo que les da por botar, obstruyendo las quebradas e inundando y dañando las casas alrededor. Barrios completos se veían en apuros. Concientizar e introducir a las Comunidades en la solución del problema, era la estrategia diseñada por el Gobierno de la Revolución, pero todos sabían que requeriría de un trabajo lento y necesariamente constante para poder dar frutos.

                Abandonó los cristales con el humeante café aún sin terminar, tomó el control a distancia, encendió el reproductor automático y una suave música inundó el Pent-house. El edificio se encontraba, caminando, a unos diez minutos de la Estación del Metro de Chacaíto, en El Bosque; llevaba en la ciudad poco menos de dos meses. En una urbe donde el crimen se confunde con la labor cotidiana, el respeto mutuo es ley, así que para no delatar a ninguno de sus confidentes, había regado el chisme de que buscaba información sobre un tal Alejandro y su Secta. El mensaje había llegado. Lo sabía. Confiaba en que el otro no buscara confrontación, sino se pusiera nervioso y se equivocara. Eso le bastaría para desentrañar los secretos que guardaba tan férreamente.
                Se removió, inquieto.

                Finalmente estaba comenzando a obtener algo sobre el “por qué” de todo el maldito asunto, y ahora le salían con esto: “Sr. Jóse, necesitamos un pequeño favor...”

                ¿Quién sería la chica? –Se preguntó- ¿Y a quién se le habría ocurrido la brillante idea?
                Se llamaba Virginia. Solo eso. Acababa de graduarse en Comunicación Social en una Universidad Jesuita, privada por supuesto, y estaba, según le explicaron por teléfono, compilando información para un trabajo independiente.
                Un artículo, o algo así, sobre los aspectos socio políticos que inspiraron la Revolución Venezolana -de la cual mucha gente cercana a ella parecía hablar muy mal-, y su careo con la opinión que tenía al respecto, una Oposición que, aunque minoritaria, no bajaba por ello la guardia, ni dejaba de adversarle férreamente.

                Siempre odió la política, sabía lo que los aspirantes -todos- prometían durante las campañas, y lo que sucedía después, cuando llegaban al poder.
               
                Trabajo extra: cuidar a una pichón de reportero, ayudarla en su investigación sabría Dios de qué manera, y mantenerse alerta por si a alguien se le ocurría alguna estupidez.

                Riesgos innecesarios, pensó y, probablemente, por mero capricho.

                Se sirvió más café y volvió a la gran ventana que daba a El Ávila. Cuando estaba en Nueva Esparta lo añoraba, pero ahora que lo tenía en frente, sentía nostalgia por las cristalinas playas de la Isla y sus fantasmagóricas noches de luna llena.

                A mediados de noviembre de 2008, un padre agobiado por la desesperación, sostuvo una reunión con uno de sus clientes habituales. Sabiendo de sus conexiones con el mundo del crimen, le ofreció el mejor restaurant de El Hatillo -el suyo- a cambio de que le averiguaran por qué su hijo de apenas 15 años, recién cumplidos, se había suicidado. Del contratante solo sabía que se llamaba Giuseppe, un viejo portugués venido a estas tierras durante la década de los cincuenta.
                Del niño, que dejó junto a sus pies un viejo texto de la novela de Bram Stocker, “Drácula”, manchado con su propia sangre, en la portada y algunas páginas interiores.
                Él lo tenía.
                La policía -suponía el padre- agobiada por los crímenes diarios, cerró tajantemente el asunto como una muerte por depresión y problemas personales, comunes a tan temprana edad. Pero el señor Giuseppe se negaba a creerlo.
                Su esposa estaba enferma desde entonces, y como ya sus hijos mayores habían hecho vida propia, decidió jugársela con el negocio familiar.
                A finales de abril dieron con él, conviviendo definitivamente y desde hacía ya un par de años, con los diversos proveedores de servicios turísticos de las playas en Nueva Esparta: Taxistas, Vendedores ambulantes, Trabajadores de hoteles, Restaurantes, Casinos. Evaluando desde lo más bajo, las posibilidades de montar un negocio que pudiera florecer, buscando algún pequeño local, e intercambiando conocimientos con los turistas que llegaban de muchas partes, turistas que le contaban anécdotas o le permitían practicar su inglés.

                Miró el reloj en una esquina de la barra de la cocina, 07:25 de la mañana; iría al gimnasio, desayunaría después de una ducha, y volvería al departamento para dormir hasta media tarde. A eso de las cuatro debía reunirse con la muchacha.
                Apagó los equipos, las luces, tomó su celular, la cartera, y salió.
               
 (...)


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[1] Esta obra contiene en algunos casos, lenguaje propio de la calle, lenguaje que puede resultar ofensivo. Así mismo, por los conflictos que maneja, las situaciones que plantea y las opiniones que, al respecto, son expresadas por los diversos personajes que intervienen en la misma, no se aconseja su lectura a menores de edad. (N.A.)

[2] ADIESTRAR LA MENTE, de su Santidad, el Dalai Lama.  Ediciones Dharma 2004. Alicante, España. Depósito Legal A-658-2004.(N.A.)

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